Shadow of the Colossus, un clásico intemporal

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El 7 de febrero llega en exclusiva a PlayStation 4 el remake de Shadow of the Colossus y lo celebramos dedicándole un reportaje al juego del Team ICO.

Atención, este artículo contiene SPOILERS de Shadow of the Colossus.

Los recién llegados al mundo de los videojuegos tal vez solo conozcan al Team ICO por The Last Guardian, su más reciente obra de las tres que ha creado en sus poco más de veinte años de historia. Sí, a la compañía japonesa liderada por Fumito Ueda le gusta tomarse las cosas con calma, pero así les ha ido muy bien. Aunque la fundación del estudio se produjo en 1997, el primer videojuego no llegó hasta cuatro años después.

¿Su título? ICO, que da nombre a la propia compañía. Nos contaba una peculiar historia de un joven atrapado en un palacio que, por el camino se encontraba a otra presa a la que debía y quería liberar. El videojuego fue aclamado y bien recibido, pero no dejaba de ser una aventura de corte más o menos lineal en la que íbamos completando acertijos y fases de combate hasta llegar al final. Pero el siguiente juego lo cambió todo.

Ahora sí hablamos de Shadow of the Colossus, una obra maestra que fue considerada como tal prácticamente desde el momento de su lanzamiento, que se produjo otros cuatro años después, en octubre de 2005. Todo en el nuevo videojuego de Fumito Ueda recordaba a ICO, pero al mismo tiempo todo parecía diferente. Ahora éramos Wander, otro joven que cabalga hacia una tierra lejana y peligrosa para resucitar a su amada.

Aquella otra joven había perdido la vida en circunstancias conocidas, pero Wander quería hacer todo lo que estuviera en su mano para salvarla. Una voz poderosa, Dormin, nos daba la oportunidad de hacerlo: él la resucitaría si nosotros acabábamos con los dieciséis temibles colosos que poblaban aquella tierra sagrada. Sin más dilación, y en compañía de nuestro caballo Agro, nos disponíamos a cumplir era ardua misión.

La cosa en Shadow of the Colossus ya cambiaba. No era una aventura lineal, sino que nos metía de lleno en un gigantesco mundo abierto que, a diferencia del resto de los vistos hasta aquel momento, no estaba repleto de cosas que hacer. Era enorme, sí, pero solo lo era para aumentar nuestra sensación de soledad ante el peligro. Es cierto que por aquí y por allá podíamos encontrar tablas para guardar la partida o dar caza a unas lagartijas para incrementar nuestra barra de salud.

El camino desde un coloso a otro era bello, tranquilo, pero al mismo tiempo nos hacía reflexionar seriamente sobre lo que estábamos haciendo. ¿Acabar con dieciséis bestias que no hacen ninguna intención de acabar con nosotros hasta que nos adentramos en sus dominios para salvar a nuestra amada? Puede que mientras jugabas por primera vez te hicieras esa pregunta, pero nadie (o casi nadie) podía prever en qué acabaría todo.