¡Conquístame ese poblado!

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El auge de la estrategia en tiempo real nos permitió librar épicas batallas al mando de nuestros propios ejércitos. Pero no todos los días podíamos tomar las riendas de una civilización clásica entera y hacerla progresar a lo largo de los siglos hasta dominar el mundo. Esta era la propuesta de Age of Empires.

Levantar un imperio prácticamente desde sus cenizas y llevarlo hasta lo más alto es el sueño de cualquier hombre de pro para cualquier ámbito de la vida, pero siendo prácticos pocos negarán que los videojuegos son el camino más cómodo para ello. La desaparecida Ensemble Studios quiso ponernos el mundo en la palma de la mano, darnos la capacidad para emular a los grandes conquistadores de la historia y afrontar el contacto con otros naciones ya fuera para aplastarlas inmisericordemente bajo nuestro puño de hierro o para entablar relaciones diplomáticas con ellas que evitasen un innecesario derramamiento de sangre. Todo ello al frente de distintas facciones relevantes de la historia con sus respectivas culturas y disciplinas, tales como los egipcios, los griegos o los persas, pasando por sumerios, asirios o babilonios, e incluso las dinastías asiáticas de Japón, China y Corea por citar unos cuantos.

Age of Empires, publicado para PC en 1997 y exponente del género de la estrategia en tiempo real donde los haya, es a día de hoy un clásico con letras de oro. El juego de Ensemble Studios tomaba algunos elementos de otro gran ilustre como es Civilization y del que también os hablaremos próximamente. Pero allá donde la obra magna de Sid Meier se presentaba bajo la apariencia de una suerte de juego de tablero regido por turnos, Age of Empires nos soltaba frente a la plaza central de nuestro incipiente poblacho para que comenzásemos a gestionar nuestra civilización a sabiendas de que el resto de rivales estaba haciendo lo propio en ese momento, y que si no nos preparábamos como era debido podían lanzarse sobre nosotros en el momento menos pensado para reducir todo nuestro rastro a ruinas y cenizas.

Para evitarlo, debíamos ir aumentando nuestra población a base de construir casas donde poder alojar habitantes, a dichos habitantes ponerlos a trabajar para recoger recursos básicos como madera, comida, piedra u oro, y con estos recursos poder pagarnos nuevas construcciones que nos permitiesen crear más tipos de unidades, eminentemente militares, tanto de infantería, como de caballería o, ya más avanzado el juego, piezas de artillería o de asedio, pero también de apoyo como los monjes que podían curar a nuestras tropas e incluso convertir a otras unidades y darles cobijo bajo nuestra ala. Pero también era una opción investigar en mejoras y avances que nos hicieran más eficientes. Reunidas ciertas condiciones, podíamos avanzar hacia nuevas edades y contemplar como ante nuestros ojos lo que al principio eran tristes chabolas iban convirtiéndose en obras arquitectónicas propias de la cultura que gobernásemos.

El juego disponía de un modo campaña en el que se iban planteando una serie de misiones en mapas determinados, algo que para ir rompiendo mano no venía mal. Pero aquí se venía a cosas serias, señores. Por ello el verdadero atractivo de Age of Empires salía a reducir cuando volábamos en pedazos los corsés del juego y nos enfrentábamos contra el número de contrincantes de nuestra elección en una batalla de todos contra todos por la dominación global. Un todo vale en el que había varias maneras de conseguir la victoria. La más obvia, a través de la conquista. Pero existían otras más sutiles. Por ejemplo, levantar una maravilla y conseguir mantenerla en pie durante 2000 años nos aseguraba el triunfo y el reconocimiento como la mayor potencia mundial. Esto dejaba al jugador una manga ancha  que le permitía afrontar las partidas a su gusto, sin tener que padecer en exceso por si contaba o no con el ejército más grande sabiendo que siempre tenía otras vías para conseguir el éxito.

Age of Empires nos servía el mundo en bandeja para que pudiéramos conquistarlo a golpe de clic. Su éxito es incuestionable, no hay más que ver la repercusión que aún a dia de hoy mantiene esta licencia con sus secuelas. Y todavía una partida a su entrega original provoca tal adicción que es fácil quedar atrapado durante un largo rato antes de volver a mirar el reloj. La épica de la lucha supremacía mundial es lo que tiene. 

Juan Elías, colaborador de AlfaBetaJuega

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