Análisis de Candleman: The Complete Journey – Plataformas a la luz de las velas

 

 

Tan discreto y sutil como puede ser una vela que se consume mientras da vida a la llama que la corona, Candleman logró acaparar miles de miradas con su estreno en Xbox One durante 2017. Desarrollado por el estudio pekinés Spotlightor Interactive, su idea era tan sencilla y, a la vez, distinta, que se convirtió en uno de los lanzamientos callados más interesantes del año: el objetivo del jugador no era otro más que saltar y moverse por un escenario, pero envuelto en la total oscuridad.

La idea caló bastante entre la comunidad, hasta el punto de que, ahora, nos encontramos con un relanzamiento bajo el nombre de Candleman: The Complete Journey, una edición mucho más completa y lanzada en PC (con PlayStation 4 en el horizonte para este año en Europa) que incluye el DLC Lost Light, nuevos modos, un rendimiento mejorado y, por supuesto, un salto visual que le otorga compatibilidad con resoluciones 4K, esas que apuntan a convertirse en un estándar dentro de poco tiempo.

Apenas ha pasado tiempo desde que se estrenara la aventura original de esta velita, Candleman, y los cambios parecen suficientes para justificar una nueva oportunidad a conceder, sobre todo para aquellos que pasaran por alto su lanzamiento el año pasado. Sin embargo, ¿logra ser divertido?, ¿consigue cautivar al jugador con ese aire de cuento fantástico? La odisea de esta velita por alcanzar esa luz que brilla en el horizonte nos ha tenido unas buenas horas frente al ordenador mientras, entre plataforma y plataforma, recordábamos esas jornadas nocturnas en las que sales al pasillo completamente a ciegas y te chocas con todo.

Al menos aquí no tienes riesgo de golpearte con ningún mueble ni de despertar a los vecinos, pero sí de toparte con una propuesta que pueda colmar tu paciencia si no juegas con calma. Pero, no adelantemos acontecimientos.

«Sigue la luz». Esa frase tan usada en el mundo audiovisual, sobre todo para hablar de ese desconocido y temido viaje que realizamos al abandonar este mundo es lo que constituye la trama de Candleman: The Complete Journey. Aquí, el jugador encarna a una velita a la que, por comodidad y por intuición, vamos a denominar Candleman, en su viaje por alcanzar la luz de un faro que brilla en la lejanía. Su objetivo es llegar a ese sitio misterioso, seguir la luz con el fin de, quien sabe, quizá llegar a brillar con la misma intensidad que ella sin miedo a perecer.

A partir de ahí, comienza un viaje en el que nuestra pequeña y fugaz velita abandona el barco donde se encuentra para perseguir ese lejano y casi onírico destino. La historia se narra como si de un cuento de fantasía se tratara, y lo cierto es que tiene todos los elementos para parecer uno. Puede parecer simplona y aburrida a simple vista, pero el toque que aportan la voz en off, las breves secuencias cinematográficas e incluso los nombres de los capítulos, que construyen frases con las que seguir explicando qué sucede, le dan un toque mágico e incluso nostálgico. 

Y comienzas a darte cuenta de que, quizá, Candleman esconde algo más, esconde un pequeño mensaje sobre la búsqueda de un imposible y lo camufla en algo que parece una historia con la que dormir a un niño que se niega a cerrar los ojos. Tiene un espíritu que logra calar en el jugador y que, en poco tiempo, le hace querer seguir adelante para ver cómo prosiguen esas líneas y como esta pequeña vela con patas es capaz de hacer lo posible por cumplir su nuevo cometido.

De esta forma, y como buen viaje en el que nos encontramos, la acción no se reduce solo a las bódegas de un barco. En nuestro camino nos topamos con hermosos jardines repletos de flores que iluminan una pantalla normalmente  engullida por la oscuridad, libros que vuelan, hojas que se extienden bajo nuestros pies (o patitas) e incluso librerías donde la magia lo impregna todo para hacernos volar entre el aire que emana de las botellas, o entre los conductos de gas que amenazan con derretir nuestra cera por completo.

Sin quererlo, hemos introducido los dos elementos clave que definen la jugabilidad de Candleman: The Complete Journey: la oscuridad y la cera. Nuestro objetivo es superar cada nivel, encendiendo el mayor número de velas por el camino; pero este avance no se reduce a un mero paseo en el que combinar saltos y explorar mecánicas elaboradas a partir del diseño de niveles. No. Aunque seamos una vela viviente, la cera que nos conforma se consume, reduciendo la duración de nuestra llama a diez segundos en total y, a consecuencia de esto, tenemos que acostumbrarnos a usarla solo cuando es debido, aventurándonos en más de una ocasióna movernos en zonas completamente a oscuras.

Aquí llega el factor más arriesgado de este título. El jugador está sometido a un constante salto de fe, lo que puede conllevar a más de un fracaso que, en ocasiones te haga comenzar el nivel desde el principio. Gestionar debidamente el uso de la luz para encender esos puntos de paso (algunos, muy pocos, se convierten en checkpoints) no es algo aconsejable, es algo obligatorio. Y, evidentemente, esto hace que explorar en busca de recovecos donde encontrar zonas que oculten otra vela a encender sea mucho más complicado, gracias también a que la cámara es algo que no podemos manejar a nuestro antojo.

En cierto modo, a base de caer y repetir, el proceso de memorización de escenarios es la forma más recomendable de avanzar. Candleman logra que esto ocurra de forma instintiva, o como consecuencia de un desesperante ciclo de muerte y reintento. Afortunadamente, es más lo primero que lo segundo, ya que el diseño de los mapeados no es injusto; aunque sí exigente. Teniendo unas mecánicas tan simples, que se apoye en esto es algo que le confiere un mayor interés y es lo que logra hacerlo tan interesante, sobre todo cuando poco a poco va apretando más y más las tuercas de quien juega, endureciendo la dificultad.

Pero, aparte de sus mecánicas y el diseño de sus niveles, merece una especial mención el diseño artístico. Estamos ante un título bastante honesto, que no puede presumir precisamente de abrazar los mayores avances en terreno gráfico y, aún así, encandila. El aire místico y nostálgico que encandila al pequeño Candlema y al misterioso mundo por el que se mueve casi a ciegas logra hacer muy bien dos cosas: tener una identidad propia y, sobre todo, grabarse en la memoria de quien juega.

También, claro está, ayuda un genial dominio de las luces y sombras, como algún que otro uso de partículas bastante interesante. Pero, lo que de verdad logra destacar casi con matrícula de honor es su apartado sonoro. Y no nos referimos a la banda sonora, sutil, melancólica y minimalista, sino a sus efectos sonoros.

Quizá sea el elemento que más logra la genial inmersión con la que Candleman: The Complete Journey te atrapa en su mundo. Los efectos de sonido son prácticamente perfectos. Si andas sobre papel retorcido, oyes el crujir a cada paso, si está endurecido notas cómo el sonido cambia por algo más seco y plano. La interacción de nuestra vela con cada entorno queda más que patente a través del sentido auditivo. Y, ciertamente, pocas veces hemos visto, o más bien oído, un despliegue tan bueno en este sentido. De hecho, es algo que se percibe al poco tiempo de jugar. Sinónimo de que, o se hace fatal o se hace genial, y en este caso es lo último.

Jugabilidad: Candleman solo necesita dos acciones para construir una premisa jugable que te obligue a aprender y afrontar cada nuevo desafío con ganas en lugar de con frustración. Solo puedes saltar e iluminar, pero ahí entran en juego el uso de la oscuridad, el límite de tiempo para la luz de nuestra vela y un diseño de niveles que evoluciona de la mano del jugador, con una curva de dificultad bien ajustada. Se le puede reprochar una falta mayor de dificultad, pero se le perdona por el genial uso de recursos y el constante factor novedad.

Duración: Casi tan breve como la vida útil de nuestra velita. Completar la historia principal, con el DLC incluido, puede llevarse consigo unas 4 horas aproximadamente. Si el jugador va a más y decide encontrar todas y cada una de las velas repartidas por los niveles, la cosa puede irse incluso por el doble. No hay que volver a memorizar los niveles, pero conseguiar algunas de estas es algo bastante exigente y que requiere de un buen estudio de los elementos que hay repartidos por el escenario.

Gráficos: Humilde, pero efectista. Plasmar un mundo que se encuentra casi sumido en la oscuridad no requiere de muchos alardes técnicos, y Candleman: The Complete Journey no debe presumir de ello, aunque sí de clavarse en tu retina. Una vez ves a esa vela moverse, acompañada de un genial juego de luces y sombras y de un desfile de efectos que, insistimos, aunque humildes, logran su cometido a la perfección, te das cuenta de que no puede hacer más, pero no lo necesita para quedar en tu memoria.

Sonido: La banda sonora logra reforzar el toque melancólico y la sensación de cuento de esta historia; pero no es ella la que más destaca en este apartado. Los efectos de sonido se llevan la palma, ofreciéndonos justo el apoyo más necesario para alguien que no puede ver lo que le rodea: escuchar hasta el más mínimo detalle. Están lo suficientemente conseguidos como para hacerte saber sobre qué superficie te mueves y qué hay cerca tuya. Impresiona ver cómo algo tan humilde logra ser tan rico en un aspecto en el que muchos se descuidan por completo.

Conclusión: Candleman: The Complete Journey es un plataformas que se construye a partir de una idea tan sencilla y tan contrapuesta al género como es no saber hacia dónde te mueves. Un juego que refleja la mezcla de originalidad, humildad y buen hacer tan propio de los indies de calidad y que, por consiguiente, logra colocarse entre esos que merecen una visita. Puede que sea sencillo y que no suponga un gran reto para los que ya tienen tablas en esto de pegar saltos; pero su espíritu y propuesta te atrapan hasta que te dejas llevar, casi sin darte cuenta, por este pequeño cuento sobre una velita y un faro.

Juan Antonio Fonseca Serrano

Saltando sobre tortugas en los suburbios de Midgar, con una guadaña cerca del corazón, desde finales de los 80. Juego a lo que puedo, junto letras sobre lo que me apasiona y siempre tengo un ojo en las redes.

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