Análisis de Sea of Solitude – Un océano de oscuridad

Si no doliera, no estaríamos vivos.

Sea of Solitude: imagen capturada por la redacción de Alfa Beta Juega

Electronic Arts lleva varios años haciendo un buen trabajo en su división EA Originals. El apoyo del gigante americano ha llevado a pequeñas —y no tan pequeñas— obras como Unravel, A Way Out o Fe a trascender en un mercado en el que la masificación hace que las oportunidades sean muy limitadas. En esta ocasión, el turno es para Sea of Solitude, el proyecto con el que Jo-Mei Games logró que se nos encogiera el corazón durante el E3 2018. Aquella tarde presenciamos un anuncio escueto pero muy contundente, tal vez revelador de lo que ahora tenemos entre manos. Y es que Cornelia Geppert, creadora del título, nos invita a la reflexión y nos pide que acompañemos a Kay, su protagonista, en un viaje marcado por la aparición de los fantasmas del pasado.

Navega hacia la luz, Kay

La joven que protagoniza el viaje que estamos a punto de emprender sufre depresión. Algo terrible capaz de destruir la vida de la persona que la sufre y afectar gravemente a las de su entorno. Podéis haceros una idea de quién —o qué— es esa entidad oscura de grandes proporciones y aspecto terrorífico que la amenaza desde el momento en que fue anunciado el juego hasta los primeros compases de la versión final. Y es que Sea of Solitude no se toma demasiado tiempo en ofrecernos pistas ni invitarnos a que indaguemos en la dramática situación de Kay; directamente nos enseña todos los elementos que pretende mostrar y nos propone convivir con ellos y hacerles frente. Esto es un arma de doble filo, ya que apenas se reserva sorpresas para el final, aunque probablemente se trate de una metáfora que refleja la manera más eficaz de abordar una situación así: poniendo nombre y apellidos al problema desde el primer momento.

El aspecto de Kay no es demasiado esperanzador, ya que más que una mujer, lo que vemos es una sombra. Una silueta incapaz de irradiar belleza; incapaz de brillar. El extraño mundo en el que se encuentra nos muestra una perfecta unión entre color y oscuridad, posiblemente representando algo alegre y positivo que intenta salir, pero que acaba siendo devorado, una y otra vez, por un océano de tinieblas. Otra metáfora. ¿Sus habitantes? Monstruos. Criaturas difíciles de describir que conocen muy bien a Kay. En Sea of Solitude todo son metáforas y representaciones de algo que todos —o casi todos— hemos experimentado alguna vez en nuestras vidas.

Sea of Solitude: imagen capturada por la redacción de Alfa Beta Juega

¿Se puede luchar contra un monstruo? Rotundamente sí, aunque aquí no sirve de nada empuñar una espada o dispararles una flecha. Nosotros ponemos nuestro granito de arena en la batalla, pero solo Kay puede asestar el golpe final… si es que es logra hallar el único punto débil de un enemigo implacable que representa la peor cara del ser humano. Sea como fuere, no todo iba a ser luchar. De hecho, el juego nos propone un viaje con billete solo de ida y un destino incierto pero que, paradójicamente, resulta agradable de emprender.

Sea of Solitude: imagen capturada por la redacción de Alfa Beta Juega

A los mandos, Sea of Solitude plantea una aventura tradicional en la que exploramos, resolvemos algún que otro acertijo y nos enfrentamos a pequeñas secciones plataformeras. Todo ello sin demasiada inspiración y lo que es peor, sin demasiada variedad. Por suerte, las carencias en términos de jugabilidad no son suficientes para ensuciar lo que mejor funciona en la obra de Jo-Mei Games: el viaje. La dirección de arte, los pensamientos en voz alta de Kay e incluso la compañía de los monstruos terminan dando lugar a una experiencia muy enriquecedora que, a pesar de tratar un tema tan delicado como es la depresión, resulta sorprendentemente agradable.

Luces y sombras, la metáfora

Sea of Solitude tiene algunos problemas y no hace prácticamente nada por remediarlos. Para empezar, el esquema jugable nos deja una monotonía que podría convertirse en algo bastante molesto para un determinado tipo de jugador. Kay busca una luz al final de un túnel oscuro que no parece tener fin, y nosotros hacemos lo mismo con el mando en nuestras manos. Un elemento muy recurrente es la clásica mecánica de perseguir un punto brillante que no hace más sino emplazarnos a seguir su estela de nuevo. Una y otra vez.

No es de extrañar que un videojuego que presume de su factor narrativo como principal protagonista termine descuidando un poco las sensaciones que es capaz de transmitir en términos jugables, pero, asimismo, tampoco habría supuesto un gran esfuerzo apostar por ofrecer un poco de riqueza en lo que a variedad de situaciones se refiere. Activar algún mecanismo, localizar una llave o retorcer un poco la manera de visualizar el siguiente paso… Elementos que habitualmente encontramos en obras relativamente similares como las de Team ICO o Playdead, entre otros estudios.

Sea of Solitude: imagen capturada por la redacción de Alfa Beta Juega

Por suerte, hay que decir que los controles responden muy bien y desplazarnos por el escenario mientras buscamos coleccionables resulta muy gratificante. Por un lado, los mensajes en botellas aportan detalles al trasfondo del juego, mientras que las gaviotas que debemos encontrar nos obligan a escalar los tejados o encontrar algún que otro camino oculto. No es demasiado complicado desbloquear el 100%, pero su búsqueda nos permite desconectar por un momento del martirio mental propiciado por la tormenta de emociones que envuelve constantemente a Kay; nos permite descansar un instante para que seamos capaces de admirar la belleza del escenario que nos rodea, a pesar de saber que una bella estampa no es más que un mero recuerdo de tiempos mejores.

Sea of Solitude: imagen capturada por la redacción de Alfa Beta Juega

El viaje llega a su fin

Resulta complicado imaginar un escenario en el que Sea of Solitude no sea capaz de conquistar a todos aquellos que disfrutaron de obras como The Stanley Parable, The Cat Lady e incluso That Dragon, Cancer. Cuando uno decide abordar el título de Jo-Mei Studios —con Cornelia Geppert a la cabeza—, debe ser consciente de lo que está a punto de encontrarse: un videojuego discreto e incapaz de llamar la atención por su propuesta jugable, pero con argumentos más que suficientes para que sea recordado gracias al mensaje que logra transmitir.

Kay no tarda ni cinco minutos en ver cómo se materializan sus peores recuerdos encarnados en monstruos de pesadilla y no sería de extrañar que el jugador que se pone a sus mandos haga lo propio con los suyos. Porque todos tenemos malos recuerdos y no sabemos a ciencia cierta si sería mejor enterrarlos para siempre… o dejar que aparezcan y mirarlos de tú a tú. Sea of Solitude acierta y falla por momentos, pero logra su propósito en cada instante, que no es otro que transmitir.

Roberto Pineda

Sci-Fi & Horror. Escribo cosas donde me dejan. Consumo más almas de las que he cosechado a lo largo y ancho de Boletaria, Lordran, Drangleic, Yharnam y Lothric. Mi gato se llama Sif. Verdiblanco.
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