Aquellos campeones y sus fuertes patadones

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Ruge el público, suena la campana y comienza el camino para ser el mejor de los mejores. Desde Francia, a comienzos de los noventa, nos llegaba un simulador de kickboxing heredero de la antigua escuela.

Dentro de todas las modas y tendencias que afloraron a finales del siglo XX entre la muchachada, no hay que obviar el boom de las artes marciales. No te dan el carnet de chaval de los setenta/ochenta si no reúnes una serie de requisitos, y uno de los imprescindibles es conocer a un amigo o familiar que tuviese unos nunchakus, preferiblemente fabricados por él mismo con cinta aislante de por medio. Un torrente de películas de acción y más concretamente de kung fu tenía buena parte de culpa de que, de golpe y porrazo – y nunca mejor dicho – a la juventud le diera por querer emular a Bruce Lee.

Pero a falta de dojos de kung fu, bueno era el gimnasio del barrio donde por lo general los jóvenes podían ir a tomar lecciones de kárate a una tierna edad. Después de Bruce Lee, ser Chuck Norris tampoco está mal a fin de cuentas. Claro está, tiene el inconveniente del cansancio y alguna que otra lesión involuntaria, de modo que para aquellos menos propensos a la acción en vivo pero interesados igualmente en la materia, los videojuegos ofrecían un interesante término medio.



Y además, a comienzos de la década los juegos de kárate parecían ser un filón surgido en las recreativas y que se extendió por los ordenadores personales. Se trataba de juegos que seguían las directrices de Karate Champ y que, por tanto, basaban su repertorio de golpes en las direcciones del joystick y el botón de acción. Y así íbamos convalidando el cinturón negro real con el virtual hasta que un día apareció un tal Street Fighter II y nos abrió las puertas a un nuevo mundo de acción y trompazos al que las artes marciales “realistas” no estaban invitadas.

 


Pero antes de desaparecer, uno de los últimos coletazos de estos simuladores de artes marciales llegó con un cartucho publicado en 1992 por Electro Brain. Se llamaba Best of the Best Championship Karate, y recuperaba esos combates deportivos basados en el repertorio de movimientos técnicos, exigiendo de nuestra parte el no lanzarnos a lo loco, sino pararnos a pensar y elegir sabiamente nuestro movimiento. El título pretendía hacer referencia a una película, Campeón de Campeones (Best of the Best), con Eric Roberts y James Earl Jones entre su reparto. Pero en su propio nombre, Best of the Best Championship Karate ya nos estaba mintiendo dos veces.

Para empezar, Best of the Best Championship Karate no tiene apenas nada que ver con la película en cuestión. Si acaso, que en ambos hay una competición y en ambos su protagonista es un artista marcial americano, pero ahí terminan las similitudes. Porque la segunda divergencia es que, a pesar de su título, no es el kárate el protagonista en Championship Karate. Su lugar lo ocupa el emergentemente popular kickboxing, un arte marcial mixto nacido de la combinación de varias disciplinas entre las que sí, estaba el kárate, pero también el Muay Thai o el tradicional boxeo de toda la vida. No, Best of the Best no era lo que parecía, pero todo tenía una explicación. Best of the Best Championship Karate no era otra cosa más que un título alternativo para Panza Kick Boxing, un simulador lanzado en 1990 por la compañía francesa Loriciels que nos ponía en la piel del tres veces campeón del mundo de esta modalidad André Panza. Las cifras del hombre que daba título al juego son terroríficas: 114 combates, 109 victorias. Con razón Panza era el rival a batir.

 



Pero la tarea no era nada fácil. Nuestro papel era el de un modesto luchador principiante que se debate en el circuito profesional de kickboxing y que cuenta con un repertorio de golpes con el que abrirse paso hacia la gloria. Nuestro papel consistía en ir desafiando a los adversarios que formaban parte del circuito para derrotarles y ocupar su lugar en la clasificación hasta obtener el derecho a enfrentarnos con el demoledor Panza. Nuestro aspirante partía de base con unos porcentajes de fuerza, resistencia y reflejos, los cuales mejorábamos con un entrenamiento consistente en tres minijuegos y ganando los combates oficiales. Sin embargo, las derrotas harían mella en nuestras cifras.

Los combates se celebraban según la entidad del rival en varios escenarios. En los comienzos, partíamos en un modesto ring de gimnasio donde solo el entrenador nos observa sin mucho sofoco. Pero si jugamos bien las cartas podemos llegar a pelear sobre un ring en mitad de un estadio lleno hasta los topes de público. Con cada golpe debidamente propinado restábamos salud a nuestro contrincante, al igual que él hacía lo propio, representándose tanto su condición como la nuestra en una serie de focos que se van apagando conforme más recibimos. Si pasamos un tiempo sin ser golpeados podemos recuperar algo de energía, y nuestro propósito será noquear al rival de manera que bese la lona y el árbitro, un señor graciosamente rechoncho, haga la cuenta hasta diez.

Como en una competición real, lanzar golpes sin ton ni son no es precisamente rentable en este juego. Aparte de que los golpes fuertes se ven venir desde lejos y su ejecución es lenta, el adversario puede contraatacar antes con unos rápidos puñetazos, o cortarnos la progresión con alguna otra técnica. Por lo tanto, es recomendable encontrar una secuencia de golpes que vaya de menos a más en cuanto a potencia y al revés en velocidad. En este sentido, Best of the Best/Panza Kick Boxing llegaba un poco tarde en su relanzamiento del 92 a los fans que estaban cautivados por la intensidad de la recreativa de lucha de Capcom, pese a que no pretendía entrar en ese estilo de juego.



Si lo hacemos lo suficientemente bien, eventualmente nos auparemos al top 10. Y entonces podremos recibir una invitación para el Kumate, una competición clandestina donde se lucha con los puños desnudos (normalmente llevaremos guantes de boxeo) y que supondrá mejorar enormemente nuestras habilidades si ganamos, pero que precisamente por eso será mucho más complicada. Los rivales del Kumate son unas malas bestias pardas que no se andan con chiquitas, y no hay que tomarse a la ligera este evento. Pero si pretendemos derrotar a Panza y su 99% en las tres características, nos conviene dominarlo.

El Panza Kick Boxing original – que cambió por primera vez su título al ser llevado a Estados Unidos – tuvo su mayor éxito en Commodore Amiga, donde se recuerda como uno de los mejores simuladores de artes marciales que recibió la máquina. Se trataba de un juego con animaciones rápidas y gráficos bastante decentes, algo que se diluiría en otras adaptaciones. Los nombres de los luchadores cambian en las conversiones a consola por carecer de los derechos de André Panza, pero también lo hacen las pruebas del entrenamiento, y se sacrifica un poco de la velocidad en los combates. Sin embargo, la esencia del juego se mantiene incluso en versiones para máquinas más limitadas como la NES o la portátil Game Boy. Y aun así la pequeña de Nintendo se las apañaba para recrear las animaciones de los golpes.

Puede que Best of the Best Championship Karate no fuese el mejor juego de lucha en su tiempo, y que quisiera acogerse a una jugabilidad que amenazaba con quedarse arcaica a no mucho tardar. Pero hasta la llegada de los UFC, nos daba una de las opciones más similares a labrarnos una carrera en una competición deportiva de artes marciales. Clemente ya lo sabía bien: patadón y “p’arriba”.

Juan Elías Fernández

No te quedes solo en el juego:

Película: Campeón de campeones, de Bob Radler

Canción: Stan Bush – Fight to Survive
 

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