Hazañas bélicas

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Alístate, decían. Verás mundo, decían. En los noventa nos pusimos a los mandos de un pelotón con una serie de misiones y dispuestos a morir como héroes por cumplirlas si eso era preciso. Eran valientes, eran audaces, eran carne de cañón. Y esto era Cannon Fodder.

Antes de la irrupción de sagas de estrategia en tiempo real como Command & Conquer o Age of Empires, los juegos de guerra, los wargames, como se les llamaba, eran algo casi tabú entre la chavalada de principios de los noventa. No porque fuera algo prohibido, sino porque se antojaba como algo sesudo, complicado y de nicho, solo apto para aquellos que sentían fascinación por las hazañas militares de Rommel, Montgomery, Eisenhower y demás genios militares. El común de los jóvenes, ya se sabe, era más de la opinión de que quería diversión y a ser posible la quería para ayer. La impaciencia hizo que muchos se perdieran unas cuantas joyas del género estratégico y táctico. Y entonces llegó Sensible Software.

Este estudio británico llegaba ya con la vitola de haber tenido algunos éxitos, no demasiados, pero el más sonado de ellos había sido sin lugar a dudas Sensible Soccer, y su enjundia había sido lo bastante grande como para estar muy pendientes de lo que tuvieran estos ingleses entre manos. Su proyecto comenzaba con un nombre provisional bastante revelador, Cannon Fooder (Carne de Cañon), y a pesar de que se le asociaba eminentemente al simulador de balompié, parecía que Sensible Software podía volver a terrenos ya explorados por el estudio en sus épocas anteriores.



Precisamente, uno de sus juegos de cierta aceptación, Mega Lo Mania, era un juego de estrategia en el que se nos proponía adoptar el papel de dioses con el objetivo de conquistar una serie de islas que conforman un planeta con la mecánica ahora habitual de construcción y microgestión. Cannon Fodder sonaba a algo bélico, o bien de estrategia o bien de acción. Resultó ser las dos cosas a la vez, y eso que faltaban años para que apareciera el Commandos de nuestros paisanos Pyro Studios. Cannon Fodder fue un torpedo a la línea de flotación de los que asociaban la temática bélica con juegos muy especializados.

El juego llegó a las tiendas a finales de 1993, y seguramente su tono sorprendió a propios y extraños desde el primer momento. En Cannon Fodder manejamos un ejército al que poco a poco se van uniendo más reclutas conforme tenemos éxito en las misiones, y en donde debemos dirigir y hacer actuar a los hombrecitos que lo forman para cumplir los objetivos. Sin embargo, el diseño diminuto y simpático de las tropas, un tanto reminiscente de los futbolistas de Sensible Soccer, contrastaba con los alaridos que soltaban al morir, si es que llegaban a hacerlo, pues a veces se quedaban cruelmente agonizando casi sin poder moverse por sus heridas y esperando a que le diésemos un final piadoso. La guerra, aunque se represente de manera graciosa, es así de cruel y Sensible Software no quería que lo olvidásemos.

Pero al margen de hacer gala de un cierto tono humorístico, una de las cosas que conquistaba de Cannon Fodder era su manejo. No era perfecto, ni mucho menos, y a veces jugaba bastante en nuestra contra, pero su concepto estaba lo bastante simplificado como para que se pudiera manejar con ratón o con un pad de consola. A nuestras órdenes, las tropas se iban moviendo a los puntos indicados del mapeado, disparaban donde apuntaba un punto de mira, lanzaban granadas o cohetes si disponíamos de ellos, conducían vehículos, nadaban, se dividían en grupos y, en definitiva, se comportaban como la maquinaria bien engrasada que un ejército requiere. ¿Por qué había veces en que se convertía en un estorbo? Pues porque los decorados contaban con tipos de terreno, elevaciones, obstáculos y demás que hacían que este tipo de control tuviera que ser ejecutado con cierta precisión para no quedarnos atascados, descubiertos o demasiado cerca de una explosión inminente. En cierta forma un fastidio, pero por otro lado, un motivo más para ir con cuidado y medir los pasos.



A lo largo de 23 misiones divididas cada una en varias fases, nuestros soldaditos iban aumentando su rango conforme acumulaban éxitos, suponiendo que siguieran vivos, y más reclutas hacían cola frente al cuartel para alistarse y ver mundo, lo que también propiciaba que el pelotón aumentara de tamaño y los caídos tuvieran recambios. Pero no sin que contasen con una mención póstuma en una lista de valerosos soldados que dieron su vida por la libertad y la paz. No obstante, con cada nueva misión también entraban en juego nuevos elementos como nuevos tipos de terreno, estructuras, armas o vehículos que nos podrían la tarea más difícil.

Pero pese a que Cannon Fodder llegaba a presentar escenarios muy interesantes, ni mucho menos espantaba a los jugadores dándoles mucho más de lo que pudieran mascar de buenas a primeras. De hecho, los primeros mapas son un verdadero paseo militar, valga la expresión, para familiarizarse con el control y dar buena cuenta de las tropas enemigas. Diminutas tropas enemigas que estallarán en un desgarrador grito y un charquito de sangre al recibir nuestros disparos. Hay algo perverso en la diversión que ofrece Cannon Fodder, con una temática que se presenta de manera un tanto distendida, pero que en el fondo recoger un tono y un mensaje antimilitarista, hasta el punto de que uno llega a plantearse si es moralmente aceptable disfrutar tanto de una guerra.

Y es que este es precisamente el punto que se destacaba en la prensa de la época. Cannon Fodder era uno de los juegos “de tiros” que no metía de por medio ni alienígenas, ni robots ni ningún otro elemento irreal que apelara a la abstracción y al surrealismo para justificar el baño de sangre. En su lugar, dentro de su peculiar diseño, mostraba un entorno relativamente realista. “La guerra nunca había sido tan divertida” era su slogan, y ya decía mucho de por sí. Porque durante la fase de turno todo es diversión, disparos y explosiones, y completamos los objetivos y hay gran regocijo, pero… luego se muestran las consecuencias.

Las bajas con nombre propio junto a unas amapolas y el campo de cruces cada vez más nutridas que sirve de fondo a la cola de voluntarios llegan a tocar algún cable en el cerebro para conseguir lo que en realidad pretende Sensible Software con esta ironía en forma de juego, que no es otra cosa que, pese a todas la evidencias, un alegato en contra de la locura que es la guerra. Hasta veremos un marcador de muertes en el que, como si de un encuentro deportivo se tratase, se muestra el conteo de bajas provocados por nuestro “equipo” y los “visitantes”.



Si finalmente la idea caló en el nutrido número de jugadores que se hizo con Cannon Fodder en sus Commodore Amiga, PC, Atari ST, Super Nintendo, Mega Drive y, posteriormente, CD32, Jaguar, 3DO y un port para Game Boy Color, es algo que queda para cada uno. Pero aunque retorcido, hay un placer culpable en cada partida a Cannon Fodder, incluso a día de hoy. La guerra es muy perra, pero es que Cannon Fodder era muy divertido, el condenado. En efecto, la guerra nunca había sido tan divertida. Tanto, que quizá no debería serlo.

Juan Elías Fernández

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No te quedes solo en el juego:

Película: La Chaqueta Metálica, de Stanley Kubrick

Cómic: Las Aventuras de la Brigada de Fusileros

Canción: Status Quo – In The Army Now

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