Colmillos llenos de caries

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Drácula regresa a nuestras consolas con el objetivo de acabar con el mismísimo Satanás y redimirse de su cruel destino. Una bonita analogía con lo que realmente nos depara Castlevania: Lords of Shadow 2.

En el año 2010 llegó al mercado Castlevania: Lords of Shadow, la reinvención de la popular saga vampírica por parte del estudio español Mercury Steam. Los de Alcobendas dejaron el pabellón bien alto con un excelente título que volvió a impulsar a la franquicia al trono que se merece. Tras un coqueto Castlevania: Mirror of Fate, exclusivo en un principio de Nintendo 3DS y posteriormente porteado a las consolas de sobremesa, la trilogía de las aventuras del malogrado Gabriel Belmont llegan a su fin

Es difícil soportar el peso de una serie y conseguir que mantenga el nivel en varias entregas. Al contrario de lo que se podía pensar, aquí se ha ido de más a menos. Castlevania: Lords of Shadow 2 es el reflejo de un trabajo superado por la presión. El tener la obligatoriedad moral de querer innovar sin abandonar las raíces de un nombre consagrado. El resultado es una confusión total, y eso es lo que nos encontramos constantemente en el juego. No es un completo desastre, pero está muy lejos de lo que se esperaba. Y eso es algo que deben asumir desde Mercury Steam, comenzando por Enric Álvarez. Un poco de autocrítica no viene mal, ya que siempre se aprende de los errores.

Si no habéis atizado con el látigo en las anteriores entregas de esta trilogía, es mejor que lo hagáis antes de acercaros a Lords of Shadow 2. La trama argumental sigue los acontecimientos de dichos juegos, así como multitud de personajes y ciertos guiños. Incluido uno magistral que hace referencia al magnánimo Castlevania: Symphony of the Night, obra cúlmen de la saga.

Así pues, todo comienza con el epílogo del primer Lords of Shadow, en el que Gabriel Belmont ya está transformado en Drácula. Luciendo un aspecto en el que impera la más absoluta debilidad, Zobek, su mentor, hace acto de presencia para intentar ayudar al Príncipe de las Tinieblas. Ambos hacen un pacto en el que si el protagonista acaba con Satán,  pondrá fin a su inmortalidad y a su tormento por dicha maldición.

Drácula no está en condiciones de rechazar la oferta, pero antes debe recuperar los poderes perdidos tras su letargo, ya que sin ellos será imposible luchar contra los tres acólitos de Lucifer y todo el mal que impera por los universos en los que se desarrolla la aventura. Al guion, prometedor desde sus inicios, le cuesta bastante arrancar. Pasan bastantes horas de batallas sin un motivo demasiado coherente hasta que vamos encontrando cierta justificación, recreada magistralmente con los lazos familiares del Conde. Especialmente reflejados en su hijo Trevor, cuyo embarazo fue oculto por su mujer tras conocer el trágico destino que le aguardaba al primero de los Belmont.

Esta relación fraternal con su retoño es el principal sustento sobre el que se basa la ambientación de la aventura, con saltos dimensionales que alternan entre la actualidad y otros universos creados por las fantasmales apariciones de Trevor. Esto provoca que el desarrollo se aleje del marco lineal de otras ocasiones para ofrecernos unas mecánicas de mundo abierto que siguen la estela de lo visto en títulos como Darksiders, al mismo tiempo que nos muestra reminiscencias a ese espíritu denominado como “Metroidvania”, en el que los más aventureros podrán explorar los escenarios prácticamente a sus anchas con el fin de obtener todos los objetos y habilidades del juego para así poder obtener el clásico 110%.

Es cierto que esto provoca que en ocasiones el desarrollo se vuelva algo confuso. Aunque en el mini-mapa se nos muestra casi siempre hacia dónde debemos ir, el diseño de los escenarios, a pesar de resultar arquitectónicamente maravillosos, denotan cierta dejadez. Resulta fácil perderse en determinadas ocasiones debido a las vagas explicaciones que recibimos. Algo parecido ocurre con los puzles que hay durante la aventura. Más que rompecabezas, son pequeños impedimentos que normalmente se resuelven con los poderes del protagonista y que de haberse diseñado con mejores intenciones no sacarían de quicio al jugador. Esto ocurre reiteradamente en las cinco o seis primeras horas de juego. Algo que frustra a cualquiera y puede ser un motivo contundente para dejar el juego en la estantería con todo merecimiento.

Hay que tener mucha paciencia con Castlevania: Lords of Shadow 2, tratando de imperar los aspectos positivos en pos de los numerosos fallos que posee, que por si fuera poco se recrea en ellos. Afortunadamente, en la segunda mitad de la aventura todo se vuelve algo más directo, con multitud de combates que son la máquina de respiración asistida de este enfermo terminal. Aunque ni mucho menos son perfectos, son los ojos por donde hay que mirar a la aventura para ser capaces de llegar hasta el final.

Una de las mayores quejas de la primera entrega era la cámara fija. Para la ocasión, Mercury Steam ha escuchado a los usuarios y ha implementado un sistema de cámara libre. No es excesivamente caótica y acabas acostumbrándote, pero su ubicación a la hora de trepar en las fases de plataformas es verdaderamente incómoda y ortopédica. Además, en combate va por libre en muchas ocasiones, centrándose en el enemigo que le apetece y no en el que tenemos centrada nuestra ira.

Nuestro Conde favorito posee tres tipos de armas con los que debe hacer frente a la multitud de enemigos que pretenden acabar con él. La principal es el Látigo de Sombra, ideal por su largo alcance y por su disponibilidad total. Por otro lado tenemos la Espada de Vacío, cuya principal habilidad es la de recuperar vida absorbiéndola de nuestros rivales. En último lugar están las Garras del Caos, un demoledor ataque cuerpo a cuerpo. El problema de utilizar estas dos últimas armas es que consumen nuestra barra de magia, por lo que hay que tratar de utilizarlas con sentido común. La única forma de recargarlas es por medio de unas estatuas cuya presencia es testimonial, con determinado ítem o manteniendo al máximo la barra de concentración encadenando golpes sin recibir ninguno. Esto acarrea que los enemigos liberen orbes. El problema es que en determinados momentos es obligatorio utilizar este tipo de magias para proseguir, provocando no tener posibilidad de hacer absolutamente nada si en ese momento las tenemos agotadas. Un servidor tuvo que reiniciar un par de veces desde el último punto de control por esto mismo.  

Avanzando en la aventura podemos ir mejorando las habilidades y desbloqueando nuevas técnicas para nuestras armas. Este sistema es todo un acierto, ya que nos obliga a probar cosas nuevas y a transmitir una sensación positiva al ir obteniendo recompensas y métodos más variados para El Señor de la Oscuridad nos deleite con su estilo.

Otro quebradero de cabeza son los Quick Time Events. Cuando dejamos a un enemigo aturdido, tendremos la posibilidad de chupar su sangre para restaurar unos puntos nuestra salud. Esto nos muestra secuencias espectaculares y sangrientas, pero pueden durar unos cinco o seis segundos, algo que en pleno frenesí corta el ritmo de raíz. Y eso es un pecado en un hack’n’slash, que de por sí deben ser frenéticos. Es cierto que se pueden desactivar, pero estas escenas, y algunas a la hora de presentarnos escenarios, frenan de golpe el ímpetu del que está a los mandos.

Ser capaces de perdonar estos errores es la única forma de disfrutar el juego. También nos encontramos con varios aciertos. Las batallas contra los jefes de la segunda mitad del juego –insistimos que las siete u ocho primeras horas de aventura son horrendas en todos los aspectos- son brillantes. ¿Por qué? Van directamente al grano. Obvian de alardearse en situaciones innecesarias para ofrecernos un espectáculo visual mientras hacemos gala de nuestra habilidad delante de enemigos de tamaño descomunal. Además, el diseño de estos es fantástico, destacando especialmente cierto enfrentamiento en una sala de teatro.

Y sí, el talón de Aquiles de Castlevania: Lords of Shadow 2 son las fases de sigilo. Ya dejando a un lado que somos el todopoderoso Drácula, una increíble deidad a la que nadie puede hacer frente, pero por exigencias del guion tenemos que escondernos como seres miserables y mundanos de ciertos enemigos. Eso queda a un segundo plano cuando, y volvemos a lo de antes, la estructura de este tipo de fases es paupérrima.

Básicamente, todo se reduce a convertirse en rata, lanzar vampiros para distraer y acercarnos por detrás de nuestro rival para poseerlo. Solamente hay una forma de progresar en estos tramos, ya que misteriosamente desaparecen los poderes de nuestro protagonista y no hay ninguna posibilidad de hacer frente a los enemigos. Solo queda ver cómo se va la vida de un ser inmortal delante de un mísero guardián.

Y hablando de las fases de infiltración, es inevitable hacer referencia a cierto tramo ante uno de los jefes finales. Que alguien nos explique por qué debemos avanzar sigilosamente por un jardín repleto de hojas que delatan nuestra presencia, en un frustrante nivel en el que un enemigo nos devolverá al comienzo del nivel solo con tocarnos. Una fase que no aporta absolutamente nada, ya que en la sección siguiente, ¡voilá! Volvemos a tener todos nuestros poderes y con ellos hacemos añicos en un momento al ser que nos ha sacado de nuestras casillas. Es todo un sinsentido. El problema, tanto en las fases en las que hay que pasar desapercibido como en las que no, es que resulta una constante jugar secciones en las que se aprecia con pasmosa facilidad que están alargadas porque sí.

Por último, queda hablar del apartado técnico, que resulta sobresaliente. Ante tanta negatividad, se ha hablado demasiado poco de lo brillante que resulta Castlevania: Lords of Shadow 2 a nivel artístico. Gráficamente, a pesar de los continuos tiempos de carga disimulados por interruptores o manivelas, está a la altura de los mejores de la generación que estamos dejando atrás. El diseño de todos y cada uno de los personajes es formidable, especialmente los bosses. Y por supuesto la arquitectura, que mezcla diversos momentos temporales, se envuelve a la perfección en el trasfondo. La banda sonora, compuesta por Oscar Araujo, es de largo lo mejor que se esconde en la aventura.

José L. Ortega

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Valoración final

Jugabilidad: Una de cal y otra de arena. El mundo libre es una buena apuesta pero resulta algo confusa. Los combates son de lo más entretenidos, aunque con ciertas carencias que aminoran bruscamente el ritmo.

Gráficos: No podemos decir que son el techo de la generación que estamos dejando atrás, pero está cerca. El acabado, el diseño de los personajes y la arquitectura de los escenarios es brillante.

Sonido: Oscar Araujo vuelve a dar un recital en la banda sonora. Las voces de los personajes, en perfecto inglés con textos subtitulados en castellano.

Duración: Completar la aventura principal puede costaros cerca de veinte horas. El problema es que le sobran diez. La vida útil se aumenta si queréis conseguir los objetos ocultos.

Conclusión

Sería injustificado decir que Castlevania: Lords of Shadow 2 es un desastre, porque no lo es. Pero sí dista mucho, muchísimo de lo que se esperaba de él. Sus descomunales errores imperan ante los aspectos positivos. Porque no solo son simples fallos, son defectos en los que incluso se recrea en muchas ocasiones a lo largo de todo el juego. Y ahí no entran solo las fases de sigilo, sino multitud de elementos que provocan que el ritmo de la aventura aminore hasta convertirse en un título que no aporta prácticamente nada. Tedioso durante muchos de sus tramos, es un título entretenido y disfrutables si sabéis echar a un lado la multitud de problemas que arrastra. Puede divertir más o menos, pero desde luego que el bueno de Drácula se merecía algo más.

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Si te ha gustado te gustará

No te quedes solo en el juego

  • Una película: Entrevista con el vampiro, de Neil Jordan
  • Una canción: A bad dream, de Keane

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