El mundo en tus manos

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A comienzos de los noventa empezamos a ver plasmadas algunas maniobras que darían pie a nuevos géneros. Unir las bondades de los juegos de mesa con los videojuegos de estrategia fue una de ella. La hizo Sid Meier en Civilization, y nos demostró que conquistar el mundo podía ser apasionante.

Hay nombres de la historia de los videojuegos que quedan asociados a irremediablemente a un tipo de juegos. Cuando nos topamos con el de Sid Meier, es inevitable pensar en juegos de estrategia y en una compañía, Microprose, de la que fue uno de los fundadores. La asociación salta sola porque precisamente este sello fue el culpable de muchos de los clásicos de este género que se desarrollaron para ordenadores domésticos, especialmente de 16 bits, y que acabaron robando no pocas horas de nuestro tiempo libre con la excusa de “un turno más y lo dejo”, esas famosas últimas palabras del jugón inocente.

Sid Meier, canadiense de nacimiento, se crió dando rienda suelta a una afición desmedida por los juegos de mesa, el gran hobby de su vida. Y en él fue en lo primero que pensó cuando, siendo programador en una época en la que la informática de consumo estaba bastante en pañales, el cerebro de Meier vio en los computadores de entonces un medio perfectamente capaz de darse la mano con sus queridos juegos de mesa. Al fin y al cabo, si un programa era una sucesión de instrucciones debidamente organizada y articulada según un lenguaje de programación, las reglas de un juego de mesa no dejaban de obedecer a un abanico de posibles maniobras según determinadas condiciones. En otras palabras, se podría trasladar este reglamento al software para que hiciera a la vez de árbitro y contrincante en las partidas.

Con esta idea en la mente y veintiocho primaveras de edad, Meier consiguió convencer a su socio, el militar Bill Stealy, perteneciente a las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, para fundar Microprose. ¿Y qué interés podía tener un mando militar en meterse en el negocio de los videojuegos? Nada menos que la posibilidad de poder realizar simuladores, el otro gran campo en el que la empresa conseguiría despuntar entre el resto. El representar el manejo de diversos tipos de vehículos, ya fueran cazas, tanques y hasta submarinos, sirvió para que Sid Meier empezara a entrar en el radar del sector del videojuego y tomara posiciones para soltar su primer zarpazo demoledor con Pirates! y con Railroad Tycoon, el primer gran éxito de la estrategia de gestión empresarial. ¿Podía ser divertido llevar un negocio de ferrocarriles? Y tanto que sí, y de qué manera. Meier parecer capaz de convertir cualquier cosa en un juego adictivo solo con su toque.

Habiendo ya ciertos rastros de ese amor hacia los juegos de mesa en su primer gran éxito, Sid Meier se lanzó de cabeza a este mundo a la hora de plantear su obra magna, Civilization, un juego que ha dado pie a una saga que perdura hasta nuestros días, y de la que justamente estamos esperando su siguiente entrega, Civilization Beyond. Pero volvamos a los principios de los noventa para encontrarnos con un joven Sid que anda devanándose los sesos para crear un juego que haga justicia a su amor de infancia. Quizá en los clásicos estuviera la respuesta, y por ello Meier acudió a un juego de tablero, también llamado Civilization, del que, como reconocería años más tarde, tomaría algunos elementos para crear un videojuego con la conquista del mundo como meta.

Pero mientras los juegos del género 4X – llamado así por el uso de caracteres como la X para la representación esquemática en pantalla de las unidades y otros elementos del juego – nos planteaban una meta de dominación global a través del camino bélico, Sid Meier dio una vuelta de tuerca en Civilization introduciendo muchísimos elementos innovadores. Para empezar, el juego nos narraban en su introducción la creación del mundo y la aparición de las primeras civilizaciones, en uno de cuyos líderes nos encarnaríamos para guiarla hacia la gloria entre sus contemporáneas, empezando en el año 4000 a.C. y siguiendo a lo largo de sucesivos siglos. Esto se podía conseguir con la buena y vieja supremacía militar, aplastando al resto de rivales y demostrándoles quien manda, o bien por una vía mucho más pacífica como es la del progreso. Y es que para ganar en Civilization, otras opciones pasaban ocupar el primer puesto en la tabla de puntuaciones llegado el año 2050 de nuestra era, límite temporal del juego, o bien hacer lo impensable y ser la primera civilización de las 14 disponibles en conquistar las estrellas consiguiendo el primer viaje interestelar a Alfa Centauro.



Las acciones en Civilization se llevaban a cabo por turnos, y conforme estos avanzan los años pasan y nuestras civilizaciones, en virtud de nuestra gestión, los recursos que tengamos, los edificios que hayamos construido y las investigaciones que hubiéramos realizado, progresarían en una manera o en otra descubriendo nuevos conocimientos como la moneda de cambio, las religiones, o incluso formas de gobierno como la monarquía o la democracia. Con el paso del tiempo, el pueblo también podía estar contento o descontento, algo que podía traducirse en revueltas afectando a nuestra prosperidad, de ahí que no solo tuviésemos que preocuparnos de ser los mejores y más listos antes que nadie.

Hay muchos factores a tener en cuenta en Civilization, y ese era el principal elemento que nos cautivaba frente a la pantalla. Porque hasta el momento era inaudito andar controlando la evolución de una nación entera más allá de realizar campañas militares, y sin embargo, Sid Meier nos estaba enseñando que alcanzar acuerdos de paz con los vecinos a través de la vía diplomática podía ser muy beneficioso. El amplio rango de opciones de Civilization hacía que pudiésemos personalizar nuestro propio estilo de juego, además de la manera en la que avanzaba nuestra civilización gracias al intercambio de tecnologías y a la construcción de una de las Maravillas del Mundo, que nos otorgaba unos bonificadores determinados. Y todo ello sin necesidad de tener el mayor arsenal, aunque indudablemente eso también ayudaba.

El reto de Civilization consistía en cuál sería nuestra manera de progresar frente al resto de civilizaciones controladas por el ordenador. Si queríamos ir demasiado rápido era posible que los enemigos explotasen nuestras debilidades, pero si nos dormíamos en los laureles por dejar áreas de progreso desatendidas, nos podíamos ver en un escenario en el que todavía siguiésemos con tropas de bárbaros con lanzas y a lo sumo a caballo enfrentándose con tanques y cazas modernos. Esta era una de las grandezas del juego de Sid Meier. Civilization nos ponía el mundo en la mano, pero a veces el mundo era un bocado mayor de lo que podíamos tragar. ¿Seríamos un líder justo y amante de la paz o aplastaríamos bajo nuestra bota a todo aquel que se atreviera a desafiarnos? La respuesta a esta pregunta era lo que nos hacía pasar mañanas, tardes y noches moviendo fichas sobre un mapa generado en la pantalla del ordenador.

Como nota curiosa, el gran salto con tirabuzón vino cuando Civilization, el videojuego que tomó elementos de Civilization, el juego de mesa, se convirtió en Civilization, el juego de mesa basado en el videojuego. Una carambola que seguro que el mismo Sid Meier hubiera encontrado divertida en sus años mozos. Aunque pudiendo ser el amo del mundo gobernando a unos chinos que rigen por la masonería, todo es posible.

Juan Elías Fernández

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No te quedes solo en el juego:
 

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