Oficial y caballero

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En un momento en el que Konami le había cogido el truco a los juegos deportivos y al mismo tiempo los hombres de uniforme triunfaban gracias al cine, los japoneses nos dejan una recreativa mítica que provocó las bajas de incontables joysticks y teclados. Un minuto de silencio por un Quickjoy II para Amstrad que sirvió con honores antes de entrar a rememorar el arcade Combat School.



Entre las cosas más bonitas que rodeaban a los videojuegos en los ochenta se encontraban los nombres que los propios jugadores les daban a los géneros a nivel coloquial. Los nombres oficiales, por así decirlo, tardamos en aprendernos porque por entonces no estábamos para anglicismos. Así pues, a los shoot’em ups se les conocía como “matamarcianos”, a los juegos de tipo laberinto se les conocía como “comecocos” en honor al Pac-Man, estaban los “yo contra el barrio” con Double Dragon a la cabeza y los “rompeladrillos” inspirados por Breakout y asentados con Arkanoid. Y luego estaban el terror de los joysticks y teclados, los “machacabotones”, juegos generalmente de índole deportiva en los que las pruebas se superaban, como regla habitual, girando frenéticamente el mando y presionando los botones al compás.

Konami se asentó, precisamente, no con un juego de este tipo sino con toda una saga de ellos, la iniciada por Track & Field, que se extendería durante varios juegos a lo largo de diversas generaciones hasta llegar a las reediciones para smartphones. Entre Track & Field y Hyper Sports, los recreativos se llenaron de máquinas que simulaban unas olimpiadas en las que el atletismo y demás disciplinas hacían resentar los muebles, los controles y las manos tanto como las piernas de las mejores gacelas humanas. Sin embargo, y aparte de que Epyx tomase nota para su serie Games, el enfoque más original de Konami en este género fue cuando las olimpiadas y los campeonato se convirtieron en una mili en toda regla. Era 1987 y llegaba Combat School acompañado de los ecos de películas como Top Gun.



Nick y Joe desean servir a su país, pero su país no admite alfeñiques. Por ello, han de superar las pruebas estrictas del servicio militar y ascender de rango para, una vez graduados con honor, enfrentarse a la misión de sus vidas cuando el mejor de los dos deba eliminar a un grupo terrorista que ha tomado al asalto la Casa Blanca.



Aquí tenemos a uno de esos juegos que si tienes menos de 30 años es posible que te diga poco o no te diga nada. En cambio, si allá por el 87 ya estabas cargando cintas en tu ordenador o visitando recreativos, Combat School estaba entre la flor y nata de los videojuegos publicados para ordenadores domésticos, y al mismo tiempo era una de esas máquinas que sabía llamar la atención en los salones. Nuevamente se trata de una conversión de arcade, el combo ganador para asegurarse ventas – aunque luego a veces la calidad no acompañara. Suerte que este no fue uno de esos casos, y Konami recurrió a los servicios de la excelsa Ocean para trasladar el arcade que en Norteamérica se conocía como Boot Camp a los Spectrum, Amstrad CPC y Commodore 64.

Combat School, como los juegos deportivos de los que es primo hermano, consiste en una serie de pruebas para las que se requiere agilidad, coordinación y una muñeca y falanges de titanio si se quiere salir victorioso y no perder en el camino el uso de alguna de las manos. La versión para recreativa apoya fuertemente su control en los botones, pero la limitación que suponía el paso a los sistemas de 8 bits, donde se usaban joysticks de un solo botón, provocó que las mecánicas cambiaran levemente para que en ciertas pruebas se llenase la barra de energía que hace moverse a nuestro recluta a base de mover el mando en círculos de manera frenética. Pero nuestro ímpetu extendía cheques que nuestros mandos no podían pagar, y no fueron pocos los que se quedaron partidos en dos en la mano de un cariacontecido jugador. Y si era uno de esos caros joysticks con disparo rápido y demás parafernalia que tampoco nos libraba de tener que darle con ganas a la palanca, pues doble drama.



Nick y Joe han de superar 7 pruebas para, primero que nada porque eso lo fundamental, licenciarse de la escuela militar y pasar a ser boinas verdes con rango y galones. Lo primero, una buena carrerita de obstáculos en la que nuestro recluta, contra la CPU o contra el segundo jugador, tiene que correr como si no hubiera un mañana mientras salta vallas en su camino y atraviesa un tramo desplazándose a través de los barrotes de una escalera horizontal. Como sucede con el resto de pruebas, hay una marca que tenemos que igualar como poco para poder superarla con éxito, y la diferencia con la que la batamos se traducirá luego en tiempo extra, hasta 5 segundos, para la siguiente prueba. Por contra, si fallamos tendremos un castigo también en función de por cuánto nos quedemos cortos. Si es por mucho, el sargento nos dirá que volvamos con nuestra mamá, así tal cual, y el ejército de los Estados Unidos nos expulsará de sus filas por patanes. Pero si es por una diferencia razonable, tendremos una repesca en la que habrá que hacer un número determinado de flexiones en barra antes de que acabe el tiempo.

Las pruebas de Combat School van alternando entre el estilo deportivo y el lado más militar, siguiendo a esta primera carrera unas prácticas de tiro. Luego tendremos una carrera al estilo iron man, no el superhéroe, sino a través de un trayecto de resistencia que incluye lanzarse al agua y remar mientras evitamos troncos. Tras otra práctica de tiro contra objetivos móviles, es el momento de que hable la testosterona y nos midamos a nuestro compañero en un pulso, en una prueba que en el modo de dos jugadores sirve, además de para que uno de los dos tome cabeza, para que el ganador se lleve, si puede un empujoncito en forma de segundos de bonificación. Segundo que se aprovecharán en un tercer simulacro de tiro donde hay que fijarse bien en no disparar a las siluetas de los superiores antes de pasar a la prueba final, un combate cuerpo a cuerpo contra el instructor.



En función de lo bien que se hayan hecho las pruebas, los jugadores terminarán con un rango. El que consiga el mayor de ellos (si los dos terminan en el mismo rango lo dirimen con otro pulso) será el encargado de plantarse en la Casa Blanca y asumir la misión, solo y desarmado, de neutralizar una banda terrorista que se infiltrado dentro con puñales y cócteles molotov, derrotar a sus líderes y salvar a los rehenes. La única fase de acción arcade, si bien muy breve, en este juego de temática militar. Al final hay un poco de todo, pero lo que no falta es el buen hacer de Konami, porque lo cierto es que hasta a los más objetores de conciencia, Combat School les puede parecer un título muy destacable. Además de un apartado gráfico bien representado para su añada, el juego tiene una banda sonora bastante reseñable en algunas pruebas. Y el tema que suena en Amstrad CPC durante la carrera de obstáculos es de los que se queda grabado en el recuerdo.

En Wisconsin debe haber más que vacas y señoras de vida alegre, pero en Combat School solo hay lugar para gente determinada a defender la libertad, la justicia y la tarta de manzana, aunque eso signifique dejarse los cartílagos en el empeño. Así que alístate en la escuela militar de Konami. Verás mundo.

Juan Elías Fernández

Se parece a: Si te gusta juega a… No te quedes solo en el juego: 

Track & Field

Hyper Sports

Película: El sargento de hierro

Cómic: Historias de la puta mili

Canción: Status Quo – In The Army Now

Juan Montes

Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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