Análisis de Crest – Como Dios

Al principio todo era agua, y estábamos solos. Poco a poco comenzaron a surgir tierras y en ellas unos pequeños seres que desconocían quiénes somos. Simplemente nos conocían a través de sombras, aunque notaban nuestra presencia. Estas criaturas fueron denominadas humanas, con un sentido de la moralidad un tanto frágil y quienes desconocían el camino a seguir. Nuestra misión entonces fue guiarlos en esa travesía a la que llaman vida y tratar de que estén lo mejor posible.

Pero claro, la decisión que tomamos hoy puede que no sirva para mañana, porque un poder ilimitado garantiza omnipotencia y omnipresencia, pero no infalibilidad. Este es el punto de inicio de Crest, un simulador de religión que pone a nuestro mando una civilización a la que habrá que guiar a través de órdenes que tendrán que ir cambiando en función de sus necesidades. Pero también tendremos que lidiar con el libre albedrío que cada persona posee y que podrá hacer que su integridad corra peligro. ¿Serás capaz de asumir esta responsabilidad?

Dios, Alá, Zeus, Júpiter, Odín. Estos son algunos de los nombres que han recibido las deidades a lo largo de la historia de la humanidad, esos entes superiores a nosotros que nos vigilan y en ocasiones juegan con nuestro destino a través de sus decisiones. No vamos a sumergirnos en debates existenciales, pero sí profundizar en Crest, un videojuego en donde asumiremos el papel de un dios. Esto supone tener poder de decisión sobre la humanidad, algo que a priori puede parecer sencillo, pero que en el futuro puede complicarse. Tener a tantas personas a nuestro cargo no es tan sencillo si no se sabe qué es lo que les conviene. Al fin y al cabo acabamos siendo un líder, la gran esperanza de esos individuos que pueden perder la fe si las cosas se empiezan a poner cuesta arriba.

Crest comienza mostrándonos una pequeña civilización en un área determinada. Será entonces cuando tengamos que sumergirnos en un tutorial que se antoja como imprescindible. Tratar de comenzar la partida sin estas nociones básicas es enfrentarse a una dura misión sin las instrucciones básicas. En estos primeros pasos aprenderemos cómo dar órdenes a las personas a nuestro cargo. Por ejemplo, habrá que indicar a nuestros súbditos dónde buscar comida y en qué zonas. Pero también habrá otras formas de influir en nuestra civilización a través de acciones propias de dioses para demostrar quién manda.

Pero nuestra misión es clara: escribir normas, mandamientos que indiquen a nuestros súbditos qué deben hacer, o ser una deidad malvada y condenarlos a una existencia repleta de penurias. En cualquier caso, estas normas no son inamovibles. Podremos cambiar lo que les ordenamos a estas personas en función de las circunstancias de cada caso. Lo que sirve en un momento, puede dejar de ser efectivo en el futuro, lo que significa tomar nuevas decisiones con las que afrontar esta nueva situación. Porque aunque nuestro poder sea el de un dios, no todo lo que rodea a las vidas a nuestro cargo es controlable.

La meteorología, los recursos y el entorno serán cambiantes en cada partida. Nada será igual cada vez que juguemos a ser dios y habrá que leer cada situación antes de decidir qué leyes escribimos entre los mandamientos que han de seguir nuestra civilización. Si nos perdemos en estas circunstancias, los nuestros tampoco sabrán orientarse y acabarán mal. A medida que avancemos, aprenderemos de cada situación. Esto supone nuevas maneras de comunicarnos con las personas y transmitir nuevas órdenes para adaptarse a los cambios. Pero cuidado, tantas alteraciones pueden hacer que los humanos se cansen de nosotros y pierdan la fe, haciendo menos caso a lo que les dice esta deidad y dejándose guiar por su instinto.

En ese sentido, el libre albedrío será otro punto que tendremos que tener en cuenta. Nosotros dictamos las normas, pero de los humanos depende cumplirlas. En ocasiones nos encontraremos con que las personas no cumplen con lo ordenado y se embarcan en su propia aventura. Podremos dejarlos para ver hasta dónde ser capaces de llegar o actuar con nuestra ira para indicarles que no aprobamos su reacción, recibiendo de este modo un castigo. También es bastante notorio el sistema de Inteligencia Artificial que tiene la civilización de este mundo y que pretende recrear la relación entre un dios que dicta normas en un lenguaje poco claro y un individuo que entiende y ejecuta en función de cómo es capaz de descifrar esta comunicación.

Nuevamente el libre albedrío juega un papel muy importante porque cada orden que demos será entendida de un modo distinto. De hecho no será raro ver cómo una persona hace todo lo contrario de aquello que les decimos, avanzar en el juego y ver las formas de reaccionar nos dará la oportunidad de saber transmitir mandamientos de forma más efectiva. Aunque quizás sea demasiado tarde para este cambio de perspectiva y nuestro pueblo. Si conseguimos entender estos códigos de comunicación, terminaremos por adelantarnos a sus necesidades y reaccionando antes de los problemas.

A nivel gráfico, Crest no brilla precisamente. Este es el aspecto más débil de juego. Los entornos se presentan como toscos y repletos de aristas y otras formas geométricas que no son precisamente ‘realistas’. Tampoco las formas humanas pueden considerarse como adaptadas a los cánones de lo que debe ser una persona. La simetría tampoco está muy lograda y los individuos serán habitualmente mucho más grandes que los edificios o los árboles. En cualquier caso, en este título prima la experiencia de simulador de deidad que en recrear escenarios preciosistas. Eso sí, el mapa será bastante amplio y se recrearán distintos ambientes que afectarán de formas muy variadas a las personas que los pisen.

En el apartado sonoro, Crest tampoco brilla mucho y los efectos de sonido que guíen las partidas serán tan básicos como los gráficos. Quizás estos dos últimos puntos lastren un poco la experiencia de juego y de simulación. No hay que dejarse engañar por estos dos puntos tratados con menos cariño. Este título cumple con la misión de hacernos entender la visión de un dios que trata de comunicarse desesperadamente con los humanos a su cargo. Una labor muy tediosa como iremos descubriendo a lo largo de las partidas.

Por último, destacar el alto nivel de rejugabilidad que posee Crest. Este título nos permitirá regresar una y otra vez a ser un dios con el fin de entender lo que necesita nuestro pueblo y adaptarnos a estos requerimientos. ¿Preparado para ser un dios? Las cosas no van a ser tan sencillas como esperas.

Jugabilidad. Es el punto fuerte del juego, existen muchos simuladores en el mercado, pero ninguno nos hace sentir como un dios. La jugabilidad de este título nos propone una interesante pregunta, ¿y si alguna deidad nos está aconsejando cómo proceder pero no le estamos haciendo caso al no entenderla? Juega, evoluciona y aprende. Es la única forma de tener éxito, aunque como verás, esto no es precisamente fácil.

Gráficos. No es el punto fuerte del juego, pero los desarrolladores han sabido salvar la papeleta. No nos encontraremos gráficos realistas, pero sí con formas que recuerdan a los motivos tribales encontrados en muchas religiones del mundo. Una forma de adaptar los escasos recursos a un juego que es puro simbolismo.

Sonido. El apartado más débil. Escasa variedad y efectos de sonido. En ocasiones se vuelve demasiado aburrido por la falta de ritmo que se consigue gracias a este aspecto, aunque sin embargo su jugabilidad consigue rescatar la atención del jugador cuando ve que las cosas no están saliendo como uno querría.

Duración. Algunas partidas pueden parecer muy breves, pero no os preocupéis. Crest destaca por su alto nivel rejugabilidad. Cada vez que reiniciemos nuestra experiencia la viviremos de forma distinta y con nuevos aprendizajes que podremos aplicar en cada contexto. Cada partida puede durar en torno a los 45 minutos, aunque de tener éxito puedes alargarla mucho más. Dependerá del modo en que entiendas a tus súbitos.

Conclusión. Crest es un interesante título para aquellos que disfruten de los simuladores y de los títulos de estrategia. Una buena forma de entender lo que supone ser un dios que trata de comunicarse con sus ‘hijos’ mientras estos pueden entender, o no, estos mandamientos. Ensayo y error, esta es la mecánica de este juego en donde habrá que comportarse como un líder, si estamos perdidos, habremos condenado a nuestro pueblo. Pero si damos con la tecla y acertamos, podremos hacerles disfrutar de una existencia placentera en esta tierra.

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