Patos por el mundo

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Pese a que no tiene precisamente el perfil de un aventurero hecho y derecho, el pato Donald ha tenido sus pinitos en los videojuegos y en ellos ha recorrido bastante trayectoria en cuanto a visitar parajes exóticos y obtener objetos preciados. Especialmente en los sistemas de Sega, donde parece que el ave marinera más famosa del mundo no tiene ni un momento de respiro.

El pato Donald es de esos personajes que no necesitan ningún tipo de presentación. Es muy fácil visualizarlo con sus enormes ojos, su plumaje blanco y su chaqueta y su gorro de marinero. Ahora bien, según de qué medio se conozca a Donald es donde surgen las diferencias. Lo normal es tener la impresión de los cortometrajes animados de Walt Disney, donde al pobre pato le hacían pasar las de Caín entre las ardillas Chip y Chop o sus propios sobrinos trillizos, eso cuando su propia tozudez no le mete en algún brete. En cómics, sin embargo, y gracias a los maravillosos lápices de Dan Rosa entre otros autores, Donald tiene toneladas de vicisitudes a sus espaldas para todos los gustos. Quizá esta vertiente sea la que Sega tuviese más presente a la hora de convertir a Donald en su héroe plataformero, como también hiciera con el mismísimo Mickey Mouse.

Como decíamos, el orejudo roedor que es la imagen de Disney por excelencia fue todo un acierto en su fichaje para la familia Sega desde el magnífico Castle of Illusion. Y claro, Donald no podía ser menos, que para eso era la otra mitad del dúo dinámico de Disney. Solo un año después de Castle of Illusion, en 1991, Donald tenía para él solito dos juegos, uno para Mega Drive titulado QuackShot y otro para Master System y Game Gear llamado The Lucky Dime Capers. Ambos eran juegos de plataformas donde el palmípedo refunfuñón se metía a ir por el mundo haciendo de Indiana Jones.

De modo que tras seguir la senda del éxito, especialmente en el juego para ocho bits, que había inaugurado Mickey, lo suyo era llevar a cabo una secuela. Aunque lo cierto es que anteriormente coprotagonizaría con el propio ratón la cuarta entrega de la serie Illusion, World of Illusion, pero Donald tenía todos los números para regresar en solitario en otra alocada correría alrededor de variados parajes para sacar al tío Gilito de un embrollo. Así es como en 1993 llega al catálogo de Master System y Game Gear Deep Duck Trouble, Starring Donald Duck.



Gilito McPato siempre ha tenido algo más de urraca que del animal que le da el apellido, y en su último viaje por el mundo no ha tenido otra ocurrencia que traerse un colgante místico encontrado en una isla misteriosa. Estas cosas no suelen acabar bien, y el pobre Gilito lo comprueba en sus carnes cuando empieza a hincharse y flotar como un dirigible víctima de la maldición que le ha caído encima por tener las manos largas. Una vez más, al pobre Donald le toca bailar con la más fea y deshacer el follón en el que se ha metido su tío volviendo a recorrer sus pasos y devolviendo el colgando a donde le pertenece. Por suerte, el tío Gilito llevaba un diario de su aventura en el que detalla su viaje, por lo que la menos Donald sabe por dónde buscar: siete niveles que incluyen bosques, volcanes, zonas árticas y el fondo del mar.



Aún hay quien le cuesta creer que Sega tuvo una época dorada en los años noventa en la que estaba en estado de gracia, y la verdad es que echando la vista atrás no se le puede culpar. Pero la realidad es la que es, y ésta no es otra que el hecho de que los nipones también supieron dejar unas cuantas joyas de grandes quilates en sus máquinas de ocho bits, y curiosamente relativas a licencias. Astérix es un caso claro, uno de los juegos más unánimente aclamados de Master System por sus gráficos y su jugabilidad. La misma línea que seguiría el mencionado Castle of Illusion, uno de los mejores juegos que Mickey Mouse ha tenido el honor de protagonizar, y el propio precursor de este juego, The Lucky Dime Capers.

Deep Duck Trouble se adhiere bastante al estilo de estos juegos en lo que al apartado visual respecta. Es más, seguramente sea uno de los juegos más bonitos que se pudieran jugar en una Master System o Game Gear. No solo tenemos un sprite de Donald que es que da gozo verlo, sino que además los decorados, con los alardes justos y los detalles necesarios, echan mano de la paleta de colores de Master System de una manera exquisita para saber entrar por el ojo a la primera de cambio.

Y al margen de eso están las geniales animaciones del protagonista, que se agarra sus archifamosos rebotes con cada impacto que le resta uno de sus tres puntos de vida (a recuperar mediante comida encontrada en cofres), echa a correr como alma que lleva el diablo cuando se traga una guindilla o cuando la situación lo requiere, o simplemente se queda esperando a que le demos una orden. En ese aspecto es especialmente gracioso que, en virtud de en qué zona se encuentre, Donald se ponga a sudar como un pollo sofocado de calor o tiemble como una campanilla al estar sometido a un frío polar. Esto, en 1993 nos hacía mucha gracia, llámanos ingenuos, pero es la clase de detalles que hacía simpático un juego.



Ahora, también es verdad que con respecto al anterior título, Deep Duck Trouble innovaba más bien poco. Es más, se suprimía el poder hacer uso de, por así llamarlas, las “armas” que Donald blandía en la anterior aventura, como la maza o el frisbi. En su lugar, Donald la puede emprender a patadas con los bloques que se encuentre, cada uno con consecuencias diferentes según su tipo, y que nos vendrán bien para alcanzar otras zonas o abrirnos camino. Pero poco más, Deep Duck Trouble apunta a ser un juego algo más blanco y para todos los públicos, y por eso aunque en total son 21 niveles, a tres secciones en cada una de sus 7 zonas, no es un juego que se haga especialmente difícil.

Eso sí, sigue habiendo jefes de nivel, aunque más que enzarzarse en un enfrentamiento directo, Donald bastante tiene con salvar el pellejo en una situación que le supera y que para nosotros se traduce en un nivel diferente del resto en su desarrollo, generalmente consistente en una carrera con scroll continuo en el que el pato corre por su vida escapando de la amenaza del custodio de la zona, que además esconde un objeto clave para culminar la aventura.

Aunque poniéndolo la lado de Lucky Dime Capers parece que haya perdido fuelle, no hay que perder de vista los méritos propios de Deep Duck Trouble, que lo convierten en un juego más que digno de contar con uno de los personajes animados más queridos y famosos en todo el mundo. Un juego que llega para dar el canto del cisne, o quizá del pato, de las consolas de ocho bits.

Juan Elías Fernández

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The Lucky Dime Capers, Starring: Donald Duck


Película: Patoaventuras, la película

Canción: Disco Duck

Juan Montes

Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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