Un mono legendario

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Ahí donde le veis, Donkey Kong fue uno de los primeros y más exitosos trabajos de Shigueru Miyamoto en Nintendo. El gigantesco macaco era en realidad el malo de la historia en la que un por entonces carpintero en pantalones de pana que luego se pasaría al ramo de la fontanería y que todavía atendía al nombre de Jumpman saltaba sobre barriles y otros obstáculos en pos de alcanzar a la pobre Pauline, objeto de deseo del engorilado simio, valga la redundante expresión. Si os contamos que quizá ni Donkey Kong ni nuestro querido Mario hubieran existido de no ser porque Nintendo no consiguió la licencia de Popeye, habiendo pasado a ser en tal caso el marinero y su archienemigo Brutus, seguro que más de uno os dejábamos con los pelos de punta. Pero eso es otra historia.

En la que nos atañe, el camino de este King Kong digitalizado se cruza con el de un grupo de desarrollo que conseguiría gran fama durante la década de los ochenta. Ultimate era el nombre con el que se conocía a la que en realidad era Ashby Computers & Graphics Ltd., una empresa formada por los hermanos Stamper que legó a los ordenadores de ocho bits y en especial al Spectrum una serie de juegos con un diseño que hizo cambiar la perspectiva de la industria en más de un sentido.

La técnica Filmation era el sello distintivo de Ultimate, que presentaba unos juegos en vista isométrica basados en la exploración de decenas de pantallas con el salto como principal acción y que contaban con la recogida y uso de objetos como medio para resolver los puzles que permitían avanzar.

Los destinos de ambos protagonistas se unen en 1994 cuando Ultímate, convertida en la compañía que hoy conocemos como Rare, se encarga del desarrollo de un par de juegos para Nintendo cuyas primeras imágenes hacen pensar que estamos ante la siguiente generación de consolas, la de los 32 bits. Unas imágenes con los por entonces muy de moda gráficos renderizados cautivaban a público y prensa.

En unas, unos luchadores de fiero aspecto y unas iniciales, KI, de un misterioso proyecto que llevaba por nombre Killer Instinct y que aseguraba querer merendarse con patatas a esos advenedizos de Street Fighter II y Mortal Kombat. En otras, una figura más familiar. Un mono que, pese a vestir una elegante corbata nos recordaba poderosamente al mico trepador de edificios con el que Mario, perdón, Jumpman se batía el cobre. Donkey Kong iba a volver, y lo haría como nunca.

Finalmente no fue la traída y llevada Ultra 64 la que acogió a ambos juegos, sino la venerable Super Nintendo, en un alarde técnico impensable por entonces, pero del que la consola demostró ser bien capaz. Donkey Kong Country significó la vuelta al estrellato de un personaje que pese a haber tenido su propia serie de animación dentro del programa Saturday Supercade de la productora Ruby-Spears permanecía en la memoria como un segundón, un simple malo final para lucimiento del valiente y bigotudo Jumpman. Nada de eso, dijo Rare. No se renunció al pasado del personaje, pero sí que se le dio la fama que merecía al convertirlo en protagonista de uno de los mejores juegos de plataformas jamás creados.

Donkey Kong Country ya rinde homenaje a Donkey Kong en su propia intro, una secuencia en la que el simio, ahora un achacoso viejuno, rememora tiempos mejores en su escenario, junto a una vieja gramola. De repente, un radiocasete a toda pastilla turba su paz y aparece de la nada un nuevo Donkey Kong más joven, más dinámico, con un atrevido tupé y una corbata roja. Fuera lo viejo, paso a lo nuevo, parecía querer decir la secuencia. La reimaginación de Donkey Kong estaba llena, precisamente de novedades, pasando a establecer una mitología propia para el personaje y su entorno.

 

 

 

De esta forma se nos revelaba que era Cranky Kong, el vejete cascarrabias que no pierde ocasión de contar batallitas videojueguiles cual abuelo Cebolleta, el Donkey Kong original. Donkey Kong era su descendiente, un gorila más bien tirando a vividor que solo se preocupa de amasar plátanos como si el mundo fuera a terminarse tras el telediario. Le acompaña su amigo Diddy Kong, un pequeño mico que iba a hacer las veces de jugador 2. Funky Kong, con su servicio de transporte entre fases, o Candy Kong, que se encargaba de guardar la partida, completaban el nutrido plantel del juego en comparación con el original.

A partir de aquí, y bajo la simple premisa del hurto de la enorme reserva bananera de Donkey Kong, con furioso resultado, comienza un arcade de plataformas con una jugabilidad exquisita. Con un botón para correr o coger objetos y otro para saltar, una combinación que funcionaba fantásticamente en este género.

Si le sumamos el sencillo sistema de relevo entre personajes, ya que ambos estaban presentes a la vez, y que cada uno tenía sus características (Donkey era más fuerte y pesado mientras que Diddy era ágil y rápido), la cosa adoptaba una mayor profundidad. Enfrente, y poblando los varios niveles de la isla natal de Donkey Kong, el malvado King K. Rool y su banda de sicarios plagando de trampas el camino. En cada nivel había tipos de enemigos diferentes y adaptados a dicho terreno, presididos por un jefe de nivel de gran tamaño y mecánica específica para ser derrotado.

Completar cada nivel al 100% exigía descubrir los muchos secretos que escondía el juego, dándole una vida ciertamente enorme, como si de por sí el cartucho no cundiera bastante. La dificultad no era un paseo precisamente, pero las vidas extra no eran difíciles de conseguir si uno sabía dónde mirar. Cien plátanos, una vida. Todas las letras de la palabra KONG, una vida. El ítem del globo rojo con la cara de Donkey, una vida. Hacían falta, creednos, pues niveles como los de las vagonetas eran perfectamente capaces de sacar de quicio al más pintado en las primeras ocasiones.

Añádase a los gráficos revolucionarios y el magnífico control una banda sonora de lujo con temas aún hoy memorables y tenemos un combinado explosivo, digno de pasar a la historia como el gran juego que fue por entonces. Largo y tendido se podría hablar de Donkey Kong Country y de sus dos secuelas, pero lo mejor que os podemos decir es que este juego está disponible en la Consola Virtual, y que si por alguna extraña razón –admitimos como excusas abducción alienígena, nacimiento posterior a 1994 o fobia a los primates – no habéis jugado jamás a este juego, estáis a tiempo de corregir uno de los mayores errores de vuestra vida. Hablamos de un título indispensable en el catálogo de Super Nintendo, y eso, socios, es mucho decir.

 

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No te quedes solo en el juego

Película: King Kong (Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, 1933)

Canción: Apeman – The Kinks

Novela: El Planeta de los Simios (Pierre Boulle)

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