Guantazos ochenteros

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Saber artes marciales y tener una novia potente en los ochenta era una invitación a que una banda de delincuentes la secuestrase y nos obligase a atravesar la ciudad en su busca. Y nosotros encantados de la vida. Si no, no hubiésemos tenido Double Dragon.

Es posible que el primer contacto con el género de los beat’em up, o lo que se llegó a conocer como juegos de “yo contra el barrio”, lo tuviésemos con este arcade de Technos, que supuso toda una revolución en los salones. Tamaño festival de tortazos y patadas era apabullante, y casi el mismo impacto que los macarras enemigos se llevaban en sus jetas lo recibíamos nosotros en la mente con tan solo el primer vistazo a su modo de demostración. Una música que hoy recordamos como mítica comenzaba a sonar, veíamos como se producía el rapto de la pobre Marian y la posterior salida de los protagonistas en pos de venganza, se liaba la mundial en plan calle a ritmo de kárate a muerte en la ciudad que tocase y nosotros ya rebuscábamos en el bolsillo los cinco duros que nos permitiesen repartir manteca a derecha e izquierda en esa maravilla.

Tres botones y un mando es lo que necesita un hombre para impartir justicia en la barriada. Con estos controles, un botón más de lo que estábamos acostumbrados por aquel entonces, podíamos lanzar puñetazos, propinar patadas o dar saltos. Pero es que usados en combinación se nos abría un repertorio de llaves y movimientos que sacaban el pequeño Chuck Norris que llevábamos dentro. Además de una elegante patada giratoria como broche a una serie de éstas, del socorrido codazo, que con los enemigos que se acercaban demasiado por detrás permitía que corriese el aire de nuevo, o de esa gran estrella de la acción y las artes marciales que es la patada voladora, podíamos, por ejemplo, agarrar de la cabeza al desdichado que tuviésemos a mano y dejarlo bien guapo con una serie de rodillazos a la cara para rematar la faena lanzándolo por los aires. Y todo ello era, además de brutal, condenadamente divertido. Sobre todo a dos jugadores.

No había mucha más trama en Double Dragon que la que veíamos en esa escena inicial. Ni falta que le hacía, al fin y al cabo aquí de lo que se trata es de liarse a soplamocos, no de recitar a Shakespeare. Billy y Jimmy Lee, hermanos y de profesión duros, salían a buscar a Marian, la novia de Billy que ahora estaba  en poder de Willy y su banda, los Black Warriors. Enfrente, toda una horda aparentemente inacabable de matones, delincuentes y demás escoria de escasa fibra moral, con mención especial a las señoritas de vida alegre, o al menos se les suponía, que no dudaban en acudir a la refriega látigo en ristre para ser uno de los enemigos emblemáticos de este juego.

Porque ya que hablamos de armas, conviene resaltar que en Double Dragon no solo nosotros, los justos y heroicos protagonistas, teníamos el derecho a apropiarse de las armas que se encontrasen tiradas por el suelo, sino que estas había que arrebatárselas previamente a los enemigos, quienes a su vez las podían recuperar. Un baile de armería que daba un componente extra a esta ciencia de los sopapos, el estar pendiente de que algún mastuerzo con mala idea no se hiciese con ese bate que hace apenas un par de segundos nos sacaba de apuros y se pusiera a darle uso. Por suerte o por desgracia, los enemigos de cada uno de los cuatro escenarios preferían centrarse en nosotros, quedando para la posteridad Abobo, el grandullón de dos por dos metros que hacía que Mr. T pareciera un pelele.

Double Dragon sentó unas bases grabadas a fuego que luego aprovecharían otros juegos como Streets of Rage o Final Fight, normas que no solo definían un género, sino que aseguraban diversión a raudales. No en vano se llevó a multitud de sistemas: Spectrum, Amstrad CPC, MSX, Commodore 64, Atari ST, Amiga, PC, Atari 2600 (algo que parecía impensable), NES, Master System, Megadrive, Game Boy, Atari Lynx y posteriormente Game Boy Advance. En la época del miedo a salir de noche, nosotros nos lo cobrábamos por el día en los recreativos, porque que te saliera de una esquina el punky del barrio ya era otro cantar, pero al menos en las máquinas no nos vacilaba nadie.

Juán Elías, colaborador de AlfaBetaJuega. 

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