La especia debe manar

Dune, la obra de Frank Herbert sobre la hegemonía galáctica sustentada en una sustancia prodigiosa, rompió moldes en el cine cuando fue adaptada por David Lynch. Pero sus adaptaciones a videojuego también ha dado que hablar. Dune II: The Battle For Arrakis, sin ir más lejos, es uno de los precursores más claros de los actuales RTS, los juegos de estrategia en tiempo real. Y hoy vamos a recordar por qué.



Cualquiera que fuese preguntado por ello situaría la época del advenimiento del género de la estrategia en tiempo real entre mediados y finales de los años noventa. No es para menos, puesto que es cuando empiezan a aflorar sagas como Command & Conquer, Warcraft o Age of Empires que son auténticos estandartes de este género. Pero sin embargo, el invento no era nuevo. Juegos de estrategia en tiempo real los había antes, herederos de los wargames y con el dinamismo de prescindir de los turnos, lo cual era un arma de doble filo. Los más dados a elaborar estrategias bien ponderadas y meditadas con calma ante el teatro de operaciones aún no estaban muy convencidos de lanzarse a algo que requería estar siempre prevenido y actuar rápido, y es que hace falta que la jugabilidad acompañe. Por suerte, Westwood Studios supo pavimentar el camino.

Esta mítica compañía sería precisamente la que crearía el mencionado Command & Conquer, pero además había tratado con licencias como Dungeons & Dragons y nos brindaría una magnífica aventura gráfica basada en Blade Runner. Dune, ya llevada al videojuego anteriormente por Cryo en una extraña aventura centrada en la historia de Paul Atreides que requería recorrerse el planeta para ir haciendo alianzas, fue otra de las licencias que pasó por Westwood, y lo que hicieron fue quedarse con la parte militarista de la obra de Frank Herbert, sus característicos vehículos y tropas y el leitmotiv de la especia melange como eje central de la economía galáctica para brindar un juego de estrategia en el que está en juego el control del planeta Arrakis en una carrera por el dominio de la especia con traiciones y sangre de por medio.
 



Quien controla la especia controla todo. Pues la especia conocida como melange es el único medio que queda para el viaje intergaláctico en una época donde la humanidad ha renegado de cualquier inteligencia artificial. Una droga que permite llevar la mente humana a su máximo potencial y obtener la facultad de “plegar” el espacio para visualizar los trayectos y llevarlos a cabo con mayor eficacia que cualquier ordenador. La especia es única y no se puede sintetizar, solo crece en el planeta Arrakis, también llamado Dune por ser un mundo desértico poblado solo por sus moradores, los fremen, y enormes gusanos de las arenas que viven en el subsuelo. Un subsuelo del que mana la especia que el Emperador necesita a toda costa. Por ello, por orden de Frederick IV de la casa Corrino, se otorgará el gobierno de Arrakis a la casa noble que consiga recolectar mayor cantidad de especia para el Imperio, y con ello el control del tráfico y producción de la sustancia más valiosa y adictiva del universo. Pero quién sabe lo que pasa por la mente de un emperador desesperado…



Dune es una obra complicadísima de adaptar, y a la vista está que la película de David Lynch, que hace un buen trabajo pero no es para todos los públicos, y las sucesivas miniseries televisivas, de resultados bastante discretos, no han terminado de conectar con el gran público. Y primer videojuego, francamente, tampoco. Cryo hizo un título interesante, pero un poco demasiado sui generis y al que no es fácil entrarle al trapo. Por ello, Westwood optó por cambiar el punto de vista y hablar un idioma que todo el mundo entiende. El de la carrera por la supremacía.

Dune II: Battle for Arrakis fue el título que en Europa recibió el juego Dune II: The Building of a Dynasty, pero nomenclaturas al margen lo importante es su género. Es un juego estratégico que allá por su 1992 decide no sujetarse al desarrollo por turnos y dejar que la acción tomara un papel más prominente. Pero al mismo tiempo, teníamos que estar tan pendientes de la gestión de nuestras instalaciones como de la presencia y posibles ataques de tropas enemigas que quisieran destruir nuestra base. Y es que Dune II es una sucesión de misiones en una campaña en la que el Emperador nos solicita unos objetivos en forma de una cantidad mínima de especia cosechada, un cupo que nuestros rivales también han de llenar, a menos que se rompa la baraja y empìecen las hostilidades.

Siguiendo las reglas estipuladas por Frank Herbert en su novela, Dune no es un mundo al uso, y menos para llevar a cabo una explotación y una guerra. Al mando de una de las tres casas nobles en liza, los Atreides, los Harkonnen y los Ordos, nuestro trabajo consiste, primordialmente, en desplegar refinerías de especia para recolectar la sustancia anaranjada de las dunas de Arrakis y procesarla para su suministro. Pero para esto, primero hay que procurarse suelo firme, puesto que recordemos que Dune es, básicamente, arena. Así pues, lo primero de lo que disponemos, y tal como sucederá en sucesivos juegos del género, será de un centro de mando desde el que podremos llevar a cabo construcciones, primero básicas y luego más avanzadas, que tendremos que sustentar sobre bloques de cemento. Cada construcción ocupa un número de bloques que podemos ignorar bajo pena de que la construcción necesite reparación inmediata, algo en lo que podemos considerar incurrir si tenemos prisa. Una vez levantada, podremos aprovecharnos de sus características ya sea para alimentar otros edificios gracias a la energía eólica recogida por los atrapavientos, descubrir parte del mapa con un sistema de radar, recolectar especia con las cosechadoras de la refinería o formar tropas de infantería o vehículos de asalto desde instalaciones militares.



Estos serán nuestra mano derecha por si alguna de las casas rivales viene a buscar bronca. Las unidades de infantería serán nuestras típicas tropas de a pie, hombrecitos blindados que dispararán y patrullarán a nuestras órdenes y que pese a que son lentos tienen una mayor movilidad que les permite superar los parajes rocosos que puedan aparecer en el terreno. Los vehículos, en cambio, tienen que sortear tanto este tipo de terreno elevado como los edificios, pero a cambio son más rápidos. La especia es el oro de este juego, y conforme más recojamos y tengamos en nuestro poder, podremos permitirnos más mejoras en nuestras construcciones que desbloquearán unidades específicas de cada casa, como el tanque Devastador Harkonnen, el Saboteador Ordos o el Tanque Sónico de los Atreides. A todos ellos, como al resto de instalaciones, se les controla de manera muy simple a base de clics, primero para seleccionar la unidad y luego para activar la orden de entre todas las disponibles en un menú, haciendo su manejo muy sencillo. Sin embargo, los curtidos en RTS posteriores echarían de menos el poder seleccionar múltiples unidades para dar instrucciones en grupo, algo que se puede hacer con la sencilla regla de “sigue al líder”, es decir, ordenar algo a una unidad y hacer que el resto tenga como orden moverse al mismo punto de que dicha unidad. No pasa nada, tres años después todo sería más fácil.

Si hay algo que es característico de Dune son sin duda los gusanos de arena, y éstos están presentes en Dune II, pudiendo causar un verdadero destrozo. En la novela, ya se cuidaban los recolectores de recoger los bártulos y largarse antes de que aparecieran los gusanos a perseguir a quienes andaban por sus dominios. También son familiares vehículos como los ornitópteros, una especie de cazas con un curioso diseño similar a algo a medio camino entre un ave y un insecto. Todo ello, y otros elementos familiares para el lector de Herbert está presente, y algo más. Al igual que en la fuente de inspiración del juego, hay más de lo que parece de por medio. Y es que después de algunas misiones podremos ver que el Emperador tiene sus propios planes y que no le tiembla la mano a la hora de tomar cartas en el asunto con sus poderosas tropas de élite Sardaukar en el caso de que una de las facciones se vuelva demasiado poderosa.

Previamente a que las guerras tiberianas nos tuvieran absortos y de que los babilonios se pusieran a recolectar madera, oro y comida como locos antes que llegaran los egipcios a montar gresca, Dune estaba en juego y era un chanchullo que nos encantaba a los usuarios de PC de hace 25 años. Tanto que incluso Megadrive se apuntó a la diversión con una grandísima versión que permanece en muchos tops de cartuchos de la consola de Sega. La especia no solo abre la mente en Dune II, también muestra el camino a todo un género. La especia, pues, debe manar.

Juan Elías Fernández

 

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