Usando la cabeza

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La era de los ocho y dieciséis bits dejó algunos títulos realmente antológicos, especialmente en el género de moda por entonces, las plataformas. Uno de ellos, Dynamite Headdy, nos hizo perder la cabeza.
 
En esta ocasión, y como hacemos cada semana cuando echamos un vistazo atrás al pasado de los videojuegos, nos vamos a remontar a 1994. Por aquellas fechas, y a falta de foros de Internet, los chavales mantenían un acalorado debate en patios de colegio, calles y hasta revistas de la época: ¿Super Nintendo o Mega Drive? Al margen de las preferencias, lo cierto es que dicho debate daba de sí por el mejor de los motivos, y es que ambas máquinas tenían argumentos a su favor en forma de buenos juegos.
 
 
Uno de los campos de batalla preferidos por las compañías fueron los juegos de plataformas. Los arcades en general eran la elección preferida de los jugones a la hora de pasar sus horas frente a la pantalla, y si había colorido y saltos de por medio, mejor que mejor. Sega y Nintendo ya se enzarzaron en este terreno con Alex Kidd y Super Mario Bros. respectivamente, una fiesta a la que luego se unió Sonic y en la que Kirby también tenia algo que decir. En apariencia, Nintendo tenía más fondo de armario por donde tirar, y posteriormente aparecerían dos grandísimos títulos protagonizados por Yoshi y por Donkey Kong que serían sendos pelotas. Pero Mega Drive no se quedó tampoco a verlas venir, al menos no en este año del 94. Gracias a Treasure, una compañía que ya había dado el fabuloso Gunstar Heroes y que en el futuro le aguardaba el también genial Alien Soldier, las consolas de Sega, ya fuera la de 16 bits o sus hermanas de 8, iban a disfrutar de uno de los mejores juegos de plataformas de la década.
 
Dynamite Headdy es un título que a primera vista puede resultar bastante raro, y lo cierto es que el inclasificable anuncio de televisión que lo promocionaba en nuestros televisores no ayudaba a quitar esta etiqueta. Al contrario, se revolcaba en ella casi con pasión. Lo único que nos quedaba claro es que el punto focal del juego residía en un personaje estrafalario con la habilidad de cambiar de cabeza, ganando con ello diferentes poderes. Suena un poco a Kid Chameleon, de tan solo un par de años antes, pero sin querer desmerecer lo más mínimo al juego del Sega Technical Institute, ya le hubiera gustado a Kid Chameleon parecerse más a este cartucho. La publicidad fue muy agresiva, posiblemente una de las campañas más machaconas de aquel entonces, con difusión en todo tipo de medios y hasta con su propia cinta promocional incluyendo un par de temas del juego en una cara y un par de mixes (al menos uno de ellos de Street Fighter II) en la otra. Si no habías oído hablar de Dynamite Headdy, es que no estabas al día de los videojuegos.
 

De modo que Dynamite Headdy era lo más, o eso parecía. Casi daba la impresión de que si poseías una Mega Drive (o una Master System o una Game Gear posteriormente) y no tenías el juego estabas desperdiciando la máquina, o peor aún, tu vida. Quizá hoy lo llamaríamos hype y lo veríamos con una mezcla entre escepticismo y una pizca de cinismo. Lo realmente bueno de todo esto es que, por una vez, toda esa propaganda mediática cumplía lo que prometía. Dynamite Headdy era un juego como ninguno, pese a lo común de su género y lo tampoco excesivamente brillante de su premisa. Lo que lo hacía especial es que era un derroche de imaginación de principio a fin, un desfile de creatividad y de rotura de convencionalismos que se mantenía durante todo el juego.

 

 

 
 
Para empezar, el juego que vemos evolucionar ante nuestros ojos está representado como si fuera un teatrillo de marionetas, con decorados que vemos moverse, cambiar e incluso caerse sin ningún disimulo para dejar ver focos, cuerdas y demás tramoya. Precisamente las marionetas son las protagonistas, y es que su argumento nos cuenta que el malvado rey de su país, un tal Dark Demon, ha decidido aumentar la plantilla de sus tropas del terror con sus propios habitantes. Desde este punto, en Dynamite Headdy lo mismo podemos vérnoslas con redondos soldados embutidos en un casco como encontrarnos luchando contra un caballo gigantesco, un muñeco de poses con afición a disfrazarse o con el insistente y testarudo Maruyama (Trouble Bruin en occidente) un gato que es nada menos que el oficial de élite de Dark Demon, además del enemigo declarado de Headdy. Y encima cuenta con una canción propia, ¿se puede molar más en los noventa?
 
Bueno, Headdy tampoco se queda manco. Manco precisamente, no. Pero sí que se le va  a ir bastante la cabeza literalmente, y es que su testa es la mejor arma de nuestro protagonista. No solo nos sirve para golpear, lanzándola en las ocho direcciones de rigor, sino también para activar interruptores o alcanzar plataformas elevadas con la ayuda de Hangman, otro de los personajes que veremos por el juego. Y gracias a la colaboración de Headcase, Headdy podrá cambiar de cabeza temporalmente o hasta que volvamos al modelo normal con el botón A para aprovechar sus respectivas habilidades especiales. La variedad de cabezas que encuentra Headdy le permiten variantes como aumentar su alcance y velocidad, lanzar tres cabezas en abanico en lugar de una, usar disparos teledirigidos, disminuir de tamaño, volverse invisible, rodearse de un campo de esferas destructivas y algunas otras tan estrambóticas como quedarse roque en mitad del juego para recuperar energía, volverse lento y pesado (y feo, todo hay que decirlo) o acceder a fases de bonus en las que deberemos encestar a cabezazos varios balones de baloncesto a cambio de dígitos que posteriormente permitirán acceder a un final especial.
 
 
El magnífico aspecto jugable de este cartucho venía acompañado por un no menos impresionante apartado técnico, que demostraba que una Mega Drive bien empleada era capaz de cosas la mar de interesantes. Un colorido inusitado a lo largo de todo el juego, una banda sonora excelente y con un estándar de calidad muy alto para las capacidades de la consola, y ciertos momentos como el juego de perspectiva de los inicios del tercer acto en el que la plataforma en la que estamos comienza a rotar amenazando con hacernos caer daban a este título una patina especial y una seria razón para adquirir la consola y emplear las tardes jugando a este título. Posteriormente, Dynamite Headdy fue portado a Master System y Game Gear, y, ya en nuestro siglo, llevado a la Consola Virtual de Nintendo como testimonio de esta época de videojuegos más imaginativos. Aunque no podemos pasar la ocasión sin mencionar que Puppeteer, el juego para PS3 protagonizado, nuevamente, por marionetas, nos recuerda inevitablemente al bueno de Headdy. Sin entrar en odiosas comparaciones, el héroe sin cuello y con la pluma en la cabeza no debe quedar sin su merecido homenaje. Hasta Maruyama se merece un club de fans. Si tenéis ocasión de recuperar este juego, no os lo penséis dos veces. Pero sujetaros bien la cabeza.
 
Juan Elías Fernández, colaborador de AlfaBetaJuega
 
 
No te quedes solo en el juego:
Canción: Master of Puppets – Metallica
 
Película: Los Muppets, de James Bobin

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