El alumno aventajado de Street Fighter

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Durante muchos años, Capcom dominó los salones arcade y el género de la lucha uno contra uno con Street Fighter. Pero sus competidores no iban a quedarse de brazos cruzados. Fatal Fury fue su primer gran competidor y una recreativa para el recuerdo.

Desde finales de los años 70 y comienzos de los 80, la competencia por despojarnos de nuestras monedas en los salones recreativos fue feroz. Multitud de compañías presentabas sus credenciales, algunas muy poderosas. De ellas, son solo un puñado las que al final quedan en nuestra memoria y a las que reconocemos por haber creado sagas que, a día de hoy, siguen siendo legendarias. Compañías como Konami, Taito o Capcom, un trío de nombres que tardaría en acudir a cualquier mente. Pero conforme se acercase la década de los noventa iba a añadirse otro nombre a la refriega, uno que iba a abrirse camino a base de bofetones a palma abierta.

La empresa Shin Nihon Kikaku ya había tenido sus buenos éxitos años atrás. Recreativas como el veteranísimo Vanguard, Athena, Alpha Mission o Ikari Warriors incluso habían conseguido esa especie de graduado cum laude que era dar el salto a los sistemas domésticos para alborozo de los usuarios de ordenadores, que se abalanzarían sobre ellos con la intención de dar un respiro a sus ahorros. La Shin Nihon Kikaku, más conocida por sus siglas SNK, le estaba cogiendo el gustito a eso de llenar los salones con sus muebles arcade, y allá por 1988 ya cavilaba un sistema revolucionario para este tipo de negocio: un mueble con juegos intercambiables. Una placa en la que el dueño del local podría insertar hasta seis cartuchos que creyera convenientes. Pero ¿por qué pararse ahí? A la gente le gustan las adaptaciones domésticas de los arcades, ¿y si les diesen su propia placa arcade en forma de consola?

Madre mía, se decían en SNK, menudo pelotazo estamos fraguando aquí. No contaron con que Capcom iba a lanzar en 1991 un misil de varias decenas de megatones que les iba a asegurar la conquista de cada salón recreativo habido y por haber. En marzo de ese año, un tal Street Fighter II aparece en los catálogos, desembarca en prácticamente todos los locales y comienza a atraer gente que no para de dejarse en ella sus ahorros como si no hubiera un mañana. La estrategia de SNK pronto adoptó un nuevo y muy claro objetivo a corto plazo: hay que hacer uno de esos.

Plantar cara a Street Fighter II es, visto en perspectiva, una tarea de locos, y estamos seguros de que en 1991 ya se lo olían. Pero desde luego también sabemos que eso no detuvo a SNK en su afán de combatir el fuego con el fuego. Por eso, su respuesta no se hizo esperar. En noviembre de 1991 aparece la primera competencia seria de la saga Street Fighter y la licencia que iba a ser su gran rival durante el resto del siglo XX. Un buen día, los jugadores que acudieron a su salón recreativo habitual vieron una nueva máquina de lucha, “a lo Street Fighter”, que decíamos. No iba a ser la única, pero sí que iba a tener algo especial. Se llamaba Fatal Fury, Garou Densetsu en su versión original, y para ser francos era brutal. De ella, en un principio, tampoco sacábamos mucho en claro. Al parecer íbamos a participar en un torneo llamado King of Fighter. Bueno, cualquier excusa sirve para liarse a mamporros, así que merece la pena probar.

Lo que descubríamos una vez echados los cinco duros requeridos era que Fatal Fury iba a ser algo diferente dentro de su campo. El atractivo de Street Fighter II es innegable, y buena parte de la culpa la tiene su jugabilidad. Y sin embargo, no deja de ser un juego un tanto caótico por cuanto a que nuestra labor consiste únicamente en escoger un personaje, derrotar a cuantos salgan al paso y proclamarse vencedor. No conocemos el por qué hasta que vemos los finales de cada personaje, ni tampoco sabemos a ciencia cierta su trasfondo hasta ese momento.

En cambio, Fatal Fury funciona como una especie de película de acción oriental donde el espíritu de la venganza está presente en todo momento. Solo tres son los aspirantes entre los que podemos elegir para proclamarnos Rey de los Luchadores: los hermanos Andy y Terry Bogard y el amigo de la familia Joe Higashi. Cada uno tiene su estilo de lucha propio, sin embargo la máquina solo nos indica que con un botón damos un puñetazo, con otro una patada y con el tercero haremos un agarre. La intensidad de la pulsación determina también la potencia del golpe, algo que ya choca con los 6 botones del mamut videojueguil de Capcom.

 

De esta manera vemos a Terry, Andy o Joe combatir contra una primera serie de cuatro tipejos, cuyo inicio de secuencia podemos elegir, y con los que lucharíamos en sus respectivos escenarios, unas pantallas que, para aportar el punto distintivo al juego, tenían dos niveles de profundidad entre los que podíamos movernos incluso atacando. Esto, desde luego, no lo veíamos todos los días allá por la época. Tras cada uno de estos enfrentamientos, el protagonista de turno era observado por un hombre misterioso con turbias intenciones. Poco a poco íbamos sabiendo más de este caballero y de su relación con la familia Bogard, con la que tuvo algo más que palabras 10 años atrás.

Derrotados los cuatro primeros rivales, otros nuevos tomarían su lugar. Cada dos combates, además, contábamos con una ronda de bonus en forma de minijuego en el que debíamos ganar un pulso a una máquina, tras lo cual el juego nos da un caramelito en forma de revelación: los personajes tienen movimientos especiales y se nos enseñará a ejecutar tres de ellos a lo largo de la partida. Así, no solo vamos conociendo más a los personajes sino que vamos progresando con ellos, descubriendo su potencial en la primera partida y poniéndolo en práctica en las sucesivas. Y ojo, porque el repertorio de técnicas especiales no se limitaba a estas tres. Alguna más había por ahí que quedaba a la experimentación o al boca a boca entre jugadores. En cualquier caso, Fatal Fury estaba siendo una caja de sorpresas.

En total eran 8 combates los que disputábamos en Fatal Fury contra otros tantos rivales algo menos estrafalarios que la troupé de Capcom y de los cuales algunos han quedado en el olvido y otros se han consolidado en progresivas entregas. Uno de los que caló hondo entre la chavalada de la época fue Tung Fu Rue, un anciano calvo de blancas barbas que recordaba ligeramente al Duende Tortuga de Dragon Ball. El parecido alcanzó niveles preocupantes al ver que el maestro Rue era capaz, igual que el viejo Roshi, de transformarse en un musculoso mostrenco que además parecía ser capaz de lanzar ráfagas de energía. Podéis adivinar el mote por el que se le conocía en los salones.

El gigantón Raiden, el macarra Billy Kane o Duck King y su cresta fueron otros de los que pasaron el corte. El destino no fue tan benévolo con el boxeador Michael Max, el luchador de capoeira Richard Meyer o el maestro de muai thai Hwa Jai, que desbloqueaba todo su poder al pimplarse una botella de licor que le arrojaban desde el público. Nunca os olvidaremos. No del todo. Al final esperaba el malvado americano Geese Howard, mandamás de todo y culpable del asesinato de Jeff Bogard diez años antes, que no nos lo pondrá nada fácil para que llevemos a cabo nuestra justa venganza.

De Fatal Fury se decía que sus golpes dolían. Quizá era por sus gráficos, que para la época era de lo mejorcito, o por su sistema de audio, que no solo hacía sonar esos golpes de una manera realmente contundente sino que además los acompañaba de músicas y gritos digitalizados. Un apartado sonoro que alcanzaba su cúlmen en momentos como la banda sonora de uno de los escenarios en la que pueden oírse unos cánticos, algo muy sorprendente y resultón por entonces pero que no era la primera vez que SNK ponía en práctica. Fatal Fury no apuntaba a ser un mero calco de Street Fighter II, sino que pretendía mejorarlo, tomar algunas de sus –pocas- flaquezas y sacarles partido. En algunos aspectos lo consiguió, en otros se quedó por el camino, pero en líneas generales SNK dio con la senda correcta.

La franquicia Fatal Fury, y de rebote King of Fighters, había llegado para dar mucha guerra en los sucesivos años. Y también en los hogares, ya que Takara se encargó de la conversión a Megadrive y Super Nintendo, en versiones un tanto rebajadas con respecto al original con personajes de menos y la ausencia de ese segundo nivel de profundidad. La experiencia genuina quedaba para la Neo Geo, la consola de los ricos, que sí disponía del juego tal cual lo veíamos en las recreativas. Capcom y SNK, Street Fighter y Fatal Fury, un duelo de titanes que dominó los arcades durante años y que nos dividió en dos bandos, el de la jugabilidad incomparable de la lucha callejera y el del explosivo apartado técnico de la furia fatal. Sea cual sea el vuestro, os espera la acción más trepidante y el reconocimiento al luchador más fuerte del mundo.

Juan Elías Fernández, colaborador de AlfaBetaJuega

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No te quedes solo en el juego:

Película: Contacto sangriento, de Newt Arnold

Canción: Joe Espósito – You’re The Best Around

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