Tras los pasos de Link

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Mientras The Legend of Zelda recogía halagos para la Nintendo Entertaintment System, la Master System de Sega intentaba que sus propios héroes siguieran sus esquemas. Pero Golvellius: Valley of Doom fue algo más que uno de los clones de Zelda.

Pocas cosas fascinan a la chavalada como las historias épicas. Especialmente si dichas historias están situadas en un mundo fantástico. Leer literatura fantástica es algo que a todos nos ha gustado en mayor o menor grado de jóvenes. Luego, los juegos de rol introdujeron la posibilidad de poder jugar a estas aventuras con nuestra imaginación. Posteriormente, los videojuegos aportaron además una vuelta de tuerca con referentes visuales y una interacción más palpable. Al fin éramos el héroe que afilaba su espada y salía a la búsqueda de gloria y riquezas, y lo mejor es que podíamos desempeñar ese papel cómodamente sentados y un con refrigerio a mano.

El género de las aventuras es antiguo y variado, pero baste decir que desde que los videojuegos empezaron a dar muestras de ser un medio de masas estuvieron presentes. Primero con aventuras conversacionales como Colossal Cave o su derivado Zork, a finales de la década de los setenta. Poco después con Adventure para Atari 2600 o Rogue, título que dió pie a todo un subgénero. Las adaptaciones de las obras de J. R. R. Tolkien primero y de Dungeons & Dragons después no tardaron en asomar, y el campo de las aventuras y los juegos de rol había quedado abonado. En Japón, este tipo de ambientaciones medievales fantásticas tenía su público, y eso se tradujo en sus desarrollos para videojuegos.

De hecho, la serie Wizardry iniciada en Apple II fue un verdadero pelotazo al ser llevada a Japón a través de los ordenadores MSX. En esta plataforma aparecerían también algunos juegos que mezclarían elementos de las aventuras con la acción más pura, creando una mezcla única y bastante más fácil de pasar para un público más casual que no quisiera complicarse haciendo mapas, liándose con perspectivas en primera persona en las que había que tener un ojo puesto en una brújula o combates más estratégicos. Un tipo de juegos en los que uno podía sentir que estaba haciendo el trabajo de un héroe, que podía atravesar un laberinto y, gracias a la espada que se obtiene cuando le das un cáliz al duende que guarda la cripta de etcétera, etcétera, al final acababas teniendo la lucha de tu vida y todas las vueltas que habías dado recogiendo objetos y matando enemigos habían valido la pena. Maou Golvellius fue uno de estos juegos.

Desarrollado originalmente por Compile para MSX, Maou Golvellius, o simplemente Golvellius, se lanzó en 1987 y era una videoaventura de reglamento, con todos los elementos que uno podía esperar de un producto de este tipo. Había demonios, un reino en peligro, una princesa a la que rescatar, un rey en apuros y un héroe que emprende un viaje crucial para dar solución a todos estos males, que no son pocos. La culpa de todo la tiene Golvellius, un demonio al que el protagonista, Kelesis, debe derrotar para conseguir volver a su tierra natal con el remedio para su rey, gravemente enfermo. Un remedio en busca del cual partió la princesa, pero ésta no volvió, así que podemos matar varios pájaros de un tiro.

Viendo que Golvellius iba camino de ser un clásico del MSX, y observando las no pocas similitudes que guardaba este juego con The Legend of Zelda, uno de los referentes de la consola Nintendo Entertaintment System, Sega optó por licenciar el juego en 1988 para darle vidilla al catálogo de su Master System, que aunque iba a recibir el excelso Wonder Boy in Monsterland ese mismo año, no iba hacerle ascos a un cartucho que a primera vista es un clon de su referente directo. Pero si algo nos han enseñado los Transformers es que mucha veces hay más de lo que se ve a primera vista. Esta versión se tituló Golvellius: Valley of Doom, y mantuvo su jugabilidad original al tiempo que recibía un lavado de cara para aprovechar la capacidad técnica de la consola de Sega.



Los paralelismos con Zelda ya empiezan desde el primer momento, donde, igual que en el juego de Nintendo, lo primero que hacemos es entrar en una cueva donde una anciana nos dice que es peligroso ir solo que cojamos lo que nos da. No con esas palabras, pero en esencia es lo mismo. Felizmente, aparte de la consabida espada también nos da unas botas, parte de nuestro equipo de aventurero que irá engordando con el tiempo. Pero lo que viene a continuación sí que puede dejar descuadrado al que espere un calco absoluto de Zelda.

Y es que si bien en los breves segundos que hemos estado fuera de la cueva, y en los que, por otro lado, no hemos tenido control del personaje, la acción se ha visto desde una perspectiva cenital, ahora el juego entra en materia como un arcade con scroll lateral. Kelesis salta por plataformas y sacude espadazos a dos alturas, dependiendo de si estamos de pie o agachados. Es más, en cuestión de minutos hacemos frente a una enorme serpiente que bien podría ser un jefe de zona. La cosa promete.

Una vez fuera empieza lo que de verdad es Golvellius: Valley of Doom. Nuestro cometido en el juego va a ser recorrer el mundo, para lo cual tendremos que derrotar a una serie de, ahora sí, jefes de zona que nos van a abrir accesos a nuevas áreas. Pero para dar con ellos necesitaremos por un lado fortalecernos y por otro conseguir información de cómo llegar hasta ellos. En cada una de las pantallas que forman el mapa hay una especie de gruta que solo se hace visible después de matar a algunos de los enemigos que se materializan. Dentro de ella pueden haber hadas que nos dan valiosas – o no – indicaciones, ancianas que nos venden objetos u otros personajes que nos ofrecen curas o conocer la contraseña que, si estiramos la pata en el juego, nos pueda devolver a este mismo punto en otra sesión.

Durante buena parte del juego vemos a Kelesis en esta perspectiva cenital recorriendo pantallas interconectadas, y es cuando innegablemente más se parece a Zelda. Es una etapa, sin embargo, más de lo que se denomina “farmeo”. Y es que hay algo curioso en Golvellius, y es un límite a la cantidad de oro que podemos llevar encima. Este límite aumenta comprando biblias a las ancianas, pero hasta encontrar la siguiente nuestra capacidad de derroche se verá mermada. En realidad, no hay mucho más en lo que gastar en dinero inicialmente, salvo pociones que nos garantizan el rellenado de nuestra barra de salud cuando ésta llegue a cero y que nos permitirán aguantar más impactos. Pero conforme avancemos veremos que para hacernos con ciertos objetos tendremos no solo que ahorrar sino romper ese dique en la cartera que nos impide acumular la riqueza suficiente para hacernos con ellos.



Encontrada la cueva donde nos veremos con el jefe, el juego vuelve a cambiar de perspectiva, regresando al scroll lateral o bien simulando ser un arcade vertical en el que Kelesis camina sin parar atravesando un recorrido en el que van surgiendo enemigos, como si fuera una especie de shoot’em up cuerpo a cuerpo. Antes de vernos las caras con el jefe, un enemigo de mayor tamaño aparecerá no tanto para impedirnos llegar sino para darnos la oportunidad de derrotarlo y rellenar nuestra salud antes de enfrentarnos al verdadero enemigo. Y cuando éste caiga, nueva zona y vuelta a empezar.

La gracia de Golvellius está en esta variedad de mecánicas y en el tener que ir con cien ojos rebuscando en todas las pantallas para no dejarnos nada. No obstante, no es ni mucho menos perfecto. Se puede llegar a hacer repetitivo fácilmente y no es especialmente enrevesado más allá del método de prueba y error hasta dar con la cueva indicada y hacernos con los objetos necesarios.

Pero sin embargo, y pese a estar inspirado por Zelda, Golvellius terminaba siendo un juego entretenido y disfrutable que conseguía desmarcarse por un cuerpo del clásico de Nintendo. Lo bastante para dejarnos ese regustillo agradable de las buenas aventuras de acción añejas. Además, algunos de los diálogos eran un tanto cómicos, como cuando damos con un hada adicta a los cucuruchos de helado que no para de comer mientras nos da la información, o soportar los insultos de una anciana que nos echa con cajas destempladas cuando no queremos comprarle algo (“cretino de primera clase” es de lo más suave que nos pueden llamar). Conocer Golvellius es quererlo, y de hecho tuvo un curioso efecto búmeran volviendo a MSX2 en un remake del remake, Shin Maou Golvellius, que simplemente adaptaba los gráficos mejorados de la versión Master System y cambiaba algunos sprites. Quizá el pecado de Golvellius fuera parecerse demasiado a la que hoy es una vieja gloria, pero no quita para estar ante un buen cartucho.

Juan Elías Fernández

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No te quedes solo en el juego:

Anime: Record of Lodoss War

Canción: Nickelback – Hero

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