Corrupción en Miami, a lo bestia

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Rockstar es, a día de hoy, una de las compañías de videojuegos más reconocidas de la industria. Buena culpa de ello la tiene la saga Grand Theft Auto, en especial desde su tercera entrega. A ella volvemos para sumergirnos en la ciudad del vicio, en plenos años ochenta. Bienvenidos de nuevo a Vice City.

Grand Theft Auto llegó armando un cierto revuelo. Nos pilló un poco a pié cambiado, porque en aquella época, 1997, el común de los usuarios de PC tenía la cabeza en otras cosas. Los juegos de estrategia acaparaban buena parte de las horas de ocio y un juego en el que podías robar coches y atropellar peatones ciertamente se salía de la norma. La inevitable ola de controversia, alimentada por la cercana publicación de Carmageddon pocos meses antes, no tardó en hacerse patente en los medios de comunicación. Padres y educadores llevándose las manos a la cabeza, presentadores de televisión de mirada penetrante proclamando el fin de las buenas costumbres, cadáveres y sangre pixelada… ¿Puede haber mejor publicidad para un juego en la década de los noventa?

Grand Theft Auto, de los por entonces DMA Design, terminó de abrir de un puntapié la puerta que Carmageddon había dejado ya entornada. Su perspectiva cenital no parecía nada demasiado especial, pero qué divertido era aquello de ser malo. También lo era su secuela, cómo no, y más si teníamos a alguien a mano con quien montar una red de área local y enfrentarnos en multijugador. GTA apareció medio escondido en los discos duros de más de una universidad y hasta de alguna que otra empresa donde anodinos contables de 9 a 2 y de 3 a 6 se convertían en implacables delincuentes durante la hora de la comida. ¿Qué más se puede pedir?, decíamos. DMA Design, a punto de convertirse en Rockstar North, sonreía para sus adentros y preparaba la respuesta.

Y la respuesta llegó por todo lo alto bajo el título de Grand Theft Auto III, la entrega que dio forma a los GTA como los conocemos hoy en día. Un motor en tres dimensiones con una ciudad, Liberty City, enterita para nuestras fechorías y una trama que nos zambullía en el submundo de sus habitantes de más baja estofa. GTA III nos hacía sentir como auténticos delincuentes y eso nos encantaba. Y sin embargo, lo mejor estaba por llegar. La serie no solo dio el salto a consolas sino que comenzó a dar pie a varias entregas paralelas a este tercer episodio, entregas con un sabor muy particular, pero posiblemente no al nivel de la que nos ocupa. Un viaje a los locos años ochenta, en toda la extensión de ese concepto, que cristalizó en el hortera y sencillamente genial Grand Theft Auto: Vice City.

Estamos seguros de que este juego necesita poca presentación, pero no estará de más recordar a Tommy Vercetti, un matón al servicio de la mafia que vuela desde Liberty City a Vice City para recoger un importante alijo de cocaína. Por desgracia para Tommy, la ley de Murphy se cumple cuando unos invitados inesperados y sus fusiles automáticos llenan de plomo a los involucrados en el intercambio, salvándose Tommy por los pelos solo para darse cuenta de que está metido hasta el cuello en un problema gordo.

La familia del hampa quiere su cocaína, o en su defecto su dinero, y ahora Tommy no tiene ninguna de las dos cosas. Alguien se la ha jugado a los capos y por extensión a él, así que nuestro amigo Vercetti no tiene más remedio que comenzar a tirar del hilo para desenmarañar una madeja de corrupción, vicio y delincuencia  oculta para una capa de lujosas fiestas, coches deportivos y chicas explosivas en patines.

De modo que a través de una sucesión de misiones principales que harán avanzar la trama, así como de otras secundarias que nos permitirán sacar unos dólares adicionales, Tommy Vercetti recorrerá la ciudad, un claro sucedáneo de Miami así como Liberty City lo es de Nueva York, a bordo de cualquier vehículo al que le echemos el guante al más puro estilo de GTA, es decir, preferiblemente por las malas.

El progreso en las pesquisas de quién tiene la droga y la millonada en dólares nos llevará a conocer a más personajes que a su vez nos encomendarán misiones adicionales, ramificando la trama y sacando provecho tanto de la ambientación como de la portentosa y retorcida inspiración de Rockstar, unos maestros a la hora de sacar punta a sus ambientaciones. Moler a palos a un mafioso en plena partida de golf con un buen hierro del ocho, cargarnos a un tipo de poco fiar con una motosierra o volar un edificio en construcción depositando cargas explosivas con un helicóptero de radio control son solo un par de situaciones de las que hacen que Vice City deje huella.

 

Las misiones principales, sin embargo, se mueven en su propia capa independiente dejándonos que hagamos lo que queramos cuando no estamos en una de ellas. Tommy recibirá también encarguitos por otros medios, o podrá incluso buscarlos por sí mismo, por ejemplo robando un taxi y ejerciendo en negocio en sustitución del dueño. Nuestras acciones, no obstante, no pasarán desapercibidas a los ojos de la policía, y si nos pillan delinquiendo nos iremos ganando estrellas que harán que los chicos de azul nos busquen cada vez con más ahínco hasta que o bien les demos esquinazo cambiando de apariencia o repintando el coche en un taller, o demos con nuestros huesos en comisaría, de donde saldremos previo soborno.

Las refriegas en las que nos metamos también pueden acabar malamente si no tenemos cuidado, así que mejor ir preparado. Tommy puede disponer de un pequeño arsenal en el que caben destornilladores, bates, martillos, puños americanos, pistolas, escopetas, ametralladoras, bates, y un amplio etcétera que nos permitirá repartir estopa allá por donde fuéramos. Ya sea con el clásico puñetazo, atropellando a nuestras víctimas repetidamente hasta que dejen de levantarse o haciendo una pasada con el coche mientras descargamos una lluvia de balas por la ventanilla, nuestra ira criminal encontrará varios medios de expresión. Pero ojo con recibir más de la cuenta, o castigar el vehículo demasiado hasta hacer que explote. Si la salud de Tommy llega a cero acabará en el hospital.

El control de GTA: Vice City permite llevar a cabo todas estas acciones en su debido momento sin mayor complicación, entrando en el juego muy fácilmente. Y si hablamos de meternos de lleno en la década de los ochenta, no puede faltar la música. Entre las experiencias que recordaremos cuando seamos viejos de nuestra etapa jugona, arrancar a un tipo del volante de su deportivo descapotable para apropiarnos de él y conducir a lo largo de la ciudad escuchando en su radio temazos como Self Control de Laura Branigan, Video Killed the Radio Star de los Bungles o 2 Minutes to Midnight de Iron Maiden ocupara seguro uno de los lugares de honor. Y qué decir de la mítica Radio Espantoso. Rockstar supo dotar a su juego de una de las mejores bandas sonoras a través de cada una de las emisoras disponibles.

Vice City era un juego como no habíamos visto. Sí, Grand Theft Auto III le marcó el paso, pero caramba, es que este era pura ambientación, "eighties" rezumados a cubos desde la propia intro del juego y en cada uno de sus detalles para acercarnos esa época de corbatas de teclas de piano y loco, loco desenfreno a través de la atrayente historia de un criminal. Un cruce a lo bestia entre Corrupción en Miami y Scarface que no da tregua. Y nos encanta. Tommy Vercetti, viejo granuja, tú sí que molabas.

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No te quedes solo en el juego:

Película: El precio del poder, de Brian de Palma

Canción: Lionel Richie – Running With The Night

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