¡No te dejes el sombrero!

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Indiana Jones y El Reino de la Calavera de Cristal llegó a los cines en 2008. Para la mayoría del público quedó como la cuarta película del aventurero por antonomasia, y podrá gustar más o menos. Pero para algunos de nosotros, la cuarta gran aventura se vivió hace años. En 1992, para ser exactos, y se llamaba Indiana Jones and The Fate of Atlantis.

Indiana Jones es un nombre que irremediablemente quedará unido al buen cine de aventuras por los siglos de los siglos. Una figura icónica con la silueta de ese Harrison Ford en sus años mozos, embutido en una cazadora de cuero y blandiendo un látigo mientras hace malabarismos para no perder su querido sombrero Fedora. ¿Cómo no iba a pasarse por el terreno de los videojuegos?

Y por supuesto, lo hizo. Cada una de las por entonces tres estupendas películas del arqueólogo fue llevada a nuestro ámbito en distintos formatos. La primera, En Busca del Arca Perdida, como un cartucho para Atari 2600. Le siguió Indiana Jones y el Templo Maldito, que nació en los arcades para luego ser convertida, según dictaban los cánones, a los sistemas domésticos. Y por último, Indiana Jones y la Última Cruzada dio pié a unos juegos arcade y a una excelente aventura gráfica a cargo de LucasArts. Este último género le sentaba al doctor Jones como un guante. Valía la pena explorar este terreno, así que ¿por qué no otra aventura? Pero esta tenía que ser algo grande, una que tuviese poco o nada que envidiar a sus predecesoras del celuloide.

Para ser francos, Indy tuvo un par de aventuras originales en Atari 2600 (Indiana Jones and The Lost Kingdom) y en PC en forma de juego conversacional (Indiana Jones and the Revenge of the Ancients). Pero ninguna como la que en 1992 presentaba Indiana Jones and The Fate of Atlantis, para PC (con voces en la versión en CD-ROM), MAC y el ordenador japonés FM Towns, un juego realizado de tal modo que los que pudimos jugarlo en su momento sentimos que, de alguna manera, teníamos una película de ventaja sobre el resto. Desde la misma presentación, con la fanfarria característica compuesta por John Williams sonando de fondo y el instante en que Indy entra en un polvoriento desván en busca de una estatua, sabemos que estamos a punto de vivir algo como no habíamos visto antes.

Y, ciertamente, el espíritu de las películas estaba presente en el guión de Indiana Jones and the Fate of Atlantis. Ya desde la misma intro, en la que trompazo tras trompazo vamos familiarizándonos con la interfaz point and click del sistema SCUMM al tiempo que avanzan los créditos, vemos detalles que al igual que en el cine, nos conseguían sacar una sonrisa. Lo mejor estaba por venir. La misteriosa estatua que Indy busca a revolcones por los almacenes del Barnett College ha despertado un gran interés en un tal señor Smith, hombre hosco que apesta a la legua que no es trigo limpio. Efectivamente, el tal Smith resulta ser un pérfido nazi (¡no podían faltar!) que no tenía tanto interés en la estatua como en unas cuentas de un raro mineral que se encontraban dentro.

El profesor Henry Jones, no le llaméis Junior, reconoce al fin la pieza como parte de los objetos pertenecientes a una excavación en Islandia en la que tomó parte junto a su antigua compañera Sophia Hapgood, quien ahora se dedica a dar conferencias de parapsicología haciéndose considerar una médium y dando charlas magistrales sobre el continente sumergido de la Atlántida, cuna de una civilización avanzadísima que habría dejado restos de su tecnología tras sucumbir a un gran desastre natural. Restos que el Tercer Reich pretende apropiarse para asegurarse la invencibilidad.

 

 

Con este punto de partida, una de las aventura gráficas de los noventa, y en ese sentido LucasArts tiene unas cuantas muescas en su revolver, da comienzo para llevar a la pareja protagonista por varios rincones del globo, desde el elegante Montecarlo a parajes como Creta o Argelia en busca de las pistas para encontrar la Atlántida. Una búsqueda a la que nosotros mismos le poníamos el nivel de dificultad, puesto que Indiana Jones and The Fate of Atlantis podía afrontarse de varias maneras diferentes. Podíamos ir a las bravas y liarnos a mamporros con cualquiera que nos impidiera el paso, algo que, de salir ilesos nos abriría puertas, pero también podíamos optar por la parte pacífica y tratar de resolver los numerosos puzles que el juego plantea para poder seguir avanzando. Igualmente, podemos hacer esto solos o en compañía de Sophia, quien nos prestaba su ayuda en determinados momentos.

Estos distintos caminos tenían como consecuencia varios finales alternativos. Tres, para ser precisos, contando la posibilidad de que Indiana Jones, cuesta asimilarlo, pudiera morir en el intento, cosa que sí, podía suceder. Esta era una aventura para hombres, socios. Dependiendo de las decisiones del propio jugador, la experiencia era una u otra, pero en cualquier caso, un apetitoso sándwich puesto al alcance de un famélico soldado, o un buen derechazo a la mandíbula del mismo, al final terminaban siendo igual de efectivos.

Todo ello con el manejo simple y eficaz de las aventuras gráficas de LucasArts con el motor SCUMM, es decir, moviendo el cursor hacia el objeto a interactuar y haciendo clic habiendo seleccionado previamente la acción a realizar. O haciendo un clic derecho directamente. Nuestro progreso en la aventura registraba una puntuación, el Coeficiente Indy, que se nos enseñaba al final y que sobre un baremo de 1000 puntos nos mostraba lo buen Indiana Jones que habíamos sido y nos invitaba a mejorarlo en otra nueva intentona.

Posiblemente no hubiera hecho falta el Coeficiente Indy para darle un motivo de rejugabilidad al juego. Guiños casi continuos a la mitología de las películas y a sus situaciones contribuían a meternos de lleno en el universo de Indiana Jones, con momentos como la consabida fobia a las serpientes, el grabado de la mismísima Arca de la Alianza ante la que el doctor Jones se limita a decir “Esto ya lo he visto antes”, chascarrillos de otro personaje de Harrison Ford como es Han Solo (“Vendo estas bonitas chaquetas de cuero”) o la observación al coger una taza tallada en piedra (“Este NO es el cáliz de un carpintero”).

Indiana Jones and The Fate of Atlantis era, a nuestros ojos, la cuarta película que el personaje debió tener, y que por otro lado estuvo a un tris de ello. No es ningún secreto que el guión de una adaptación al cine de este mismo argumento circuló por los cajones de varias despachos de Paramount Pictures. Al final lo único que obtuvimos fueron alienígenas con cráneos cristalinos, pero no importa. Los jugadores de los noventa ya habíamos encontrado la Atlántida y vivido una gran aventura. Mucho bien, doctor Jones.

 

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Canción: No puede ser otra que The Raiders March (John Williams)

Cómic: Indiana Jones y las Llaves de Atlantis / Ómnibus Indiana Jones

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