Y Godzilla se comió la Neo Geo

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Enormes monstruos emergen del fondo del mar para arrasar todo a su paso ante la impotente mirada de la humanidad. Un gran desastre apocalíptico, pero a la vez todo un espectáculo reflejado por SNK en su recreativa y posterior cartucho King of the Monsters.

En Japón hay un término, kaiju eiga, que define el género de las películas de monstruos gigantes, englobando toda la extensa saga fílmica de personajes como Godzilla o Gamera, célebres anfibios gigantescos que gustan de vez en cuando de emerger de las aguas frente a la bahía de Tokio, darse un garbeo por el centro de la ciudad y liarla bien parda.

Ahora bien, el espectador medio verá claramente a unos señores en trajes de goma pisoteando una maqueta, pero los fans de este género, y los hay bastantes, celebran este desfile de destrucción simulada. A Guillermo del Toro no le ha pasado desapercibido y ahí tenemos su próximo proyecto, Pacific Rim, precisamente empleando el término kaiju para designar estas criaturas hostiles. Los monstruos gigantes, pues, son un exponente del entretenimiento.

Si unimos los videojuegos a la ecuación nos encontramos con varios títulos en los que nos podemos meter bajo la escamosa o peluda, según el caso, piel de estos enormes mastodontes hambrientos de caos. En Commodore 64 teníamos un curioso juego de estrategia con el nombre de Crush, Crumble’n Chop, donde manejábamos a estas criaturas y sus habilidades propias para destruir una ciudad. En Rampage, un clásico de las recreativas, podíamos convertirnos en un enorme simio, lobo o lagarto y derribar edificios mientras nos merendábamos a sus aterrorizados habitantes como tentempié para recuperar fuerzas y seguir con la destrucción.

Pero buena parte de la diversión de este género también radica en los monster mash, es decir, los enfrentamientos entre criaturas gargantuescas sin más fin que la destrucción del adversario para poder dominar lo que quede. Esta idea, surgida de buena parte de las películas del mencionado Godzilla, fue la que SNK adoptó en 1991 para su recreativa King of the Monsters, título que precisamente hace referencia al lagarto mutante favorito de Japón.

Imaginaos por un momento, en plenos comienzos de los noventa, al jugador que se acerca a este mueble y que se encuentra de bruces con un juego en el que no solo no nos toca, para variar, salvar el mundo, sino que nuestra misión es destruirlo y machacarlo a conciencia tomando la forma de uno de estos grandes monstruos, con cuantas más víctimas mejor. Y que en medio de todo esto, el resto de los engendros titánicos se enzarza con nosotros en un combate de lucha libre en toda regla en el que el vencedor es aquel que consigue derrotar y conseguir un reglamentario conteo de 3 segundos sobre el vencido. En medio de todo ello, se pueden conseguir mejoras y emplear los superpoderes propios de cada ser. Una locura, ¿no? Pues así era King of the Monsters, un juego que dejó su huella no solo en los núcleos urbanos digitales sino también en el catálogo de SNK y de su consola Neo Geo.

Lo primero que hacíamos en King of the Monsters antes de pasar a la acción y el aplastamiento era seleccionar cuál de los 6 temibles monstruos íbamos a controlar. Los candidatos eran Geon, un enorme saurio inspirado en Godzilla; Woo, un gorila gigantesco reminiscente de King Kong; Poison Ghost, un ser de apariencia viscosa inspirado en Hedorah, personaje procedente también de las películas del gran G; Rocky, un golem gigante hecho de piedra; Beetle Mania, un descomunal escarabajo posiblemente inspirado en Megalon, otro compañero de tortas del lagarto nipón; y Astro Guy, un tipo con un marcado aire a lo Ultraman.

Cada uno de ellos tenía su propia habilidad especial que activaríamos manteniendo presionado el botón de ataque durante unos segundos hasta que el monstruo empezase a parpadear, y esto sería prácticamente la única distinción entre ellos puesto que más allá no había especial diferencia. La preferencia estaba en decantarse por los ataques especiales de cada uno de ellos, que evolucionaban a cada nuevo nivel conseguido al conseguir llenar una barra de poder mediante la recolección de ciertas esferas que aparecían cuando conseguíamos ejecutar un contundente ataque sobre nuestros rivales.

 

Pero al margen de habilidades especiales como ráfagas de energía o similares, en un combate de lucha libre que se precie no podían faltar las consabidas llaves. King of the Monsters nos invitaba, de hecho casi más bien nos obligaba, a acercarnos a nuestro rival, golpearlo e intentar hacerle una presa para a continuación levantarlo por los aires, realizarle un súplex dorsal, lanzarlo contra los edificios, o lo que a nuestro monstruo se le pasase por la cabeza en el momento en pleno frenesí de pulsación de botones.

Cuanto más castigo reciba el monstruo, más cansado estará y menos resistencia opondrá hasta llegar a un punto en el que podremos ejecutar la sumisión y comenzar el conteo cuando este se encuentre de bruces en el suelo, como si se tratase de Hulk Hogan y compañía en esos trajes de látex de la Toho. Pero en el wrestling no es extraño ver como los luchadores sucios hacen uso de sillas plegables y otros elementos.

En King of the Monsters también podíamos ayudarnos de objetos, solo que estos serían los propios edficios que podíamos arrancar de cuajo, e incluso algún que otro incauto vehículo militar que tuviera el descaro de pasar cerca. Porque estos incordios de humanos iban a estar ahí disparando en un vano intento por detenernos, como si eso hubiese funcionado alguna vez. No se les puede culpar por intentarlo.

El principal atractivo de King of the Monsters era este, básicamente. La lucha descerebrada entre varios monstruos gigantes con poderes. Un argumento que en 1991 se bastaba, pero que visto con unos ojos algo más experimentados hubiese resultado falto de profundidad y repetitivo. Y es que no hay mucho más. No hay una historia en el juego, solo un combate tras otro a lo largo de seis ciudades japonesas con sus monumentos más emblemáticos. Y francamente, tampoco hacía mucha falta.

No le pedíamos mucho más a la vida por aquel entonces que poder arrasar Kyoto mientras nos liábamos a bofetadas con un mono gigante, ya fuera solos, contra otro jugador o hasta en compañía de éste, puesto que el juego contaba con un modo cooperativo. SNK lo sabía, y por eso King of the Monsters, además de en su versión doméstica para la elitista Neo Geo, fue portado por Takara para Super Nintendo y Megadrive, dejándose por el camino a los pobres Woo y Poison Ghost.

Recientemente, King of the Monsters ha sido rescatado en el recopilatorio SNK Arcade Classics Vol. 1 para Wii, PS2 y PSP, demostrando, como ya lo hizo la aparición de su secuela King of the Monsters 2: The Next Thing, que este extraño arcade era uno de los títulos distintivos de SNK. Para echarnos el pique con un colega ya iba fenomenal pero es que además nos pirrábamos por hacer el monstruo y arrasar todo a nuestro paso. Los adolescentes de los noventa éramos así.

Juan Elías Fernández Fabra, colaborador de AlfaBetaJuega

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No te quedes solo en el juego

Película: Godzilla: Final Wars, de Ryuhei Kitamura

Canción: Lordi – Supermonstars

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