Análisis de Max The Curse of Brotherhood para Switch – De hermanos y lápices

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Press Play tenía clara la idea de usar un rotulador mágico desde hace tiempo. En enero de 2010 el estudio lanzó Max & The Magic Marker, un videojuego que mezclaba las plataformas con los puzles con una jugabilidad que convertía a un rotulador de color naranja en el auténtico protagonista, en lugar de ese niño de mismo color de pelo. Ambos compartían sitio para dar nombre en el juego, y ambos colaboraban en una experiencia original.

La fórmula funcionaba, pero necesitaba más solidez y contexto. Y esto fue lo que llevó al mismo estudio a desarrollar Max: The Curse of Brotherhood, un título que comparte protagonistas, pero que presentaba un acabado muchísimo más sólido en todos y cada uno de los sentidos y que ahora, gracias a la labor del estudio español Stage Clear Studios, ha llegado a Nintendo Switch para traer su pequeña riña de hermanos.

Que en el nombre se haga referencia a los términos maldición y fraternidad es algo que deja claro por dónde van los tiros al mirar a la historia. El argumento de Max: The Curse of Brotherhood comienza con una pequeña disputa entre dos hermanos (Max, el mayor, y Felix, el menor) que acaba con la apertura de un portal interdimensional que arroja a ambos a otro mundo. Así, como el que busca en Google una receta para preparar una comida, el mayor de los dos lee un hechizo que hace que este vórtice se abra y comiencen las andanzas de ambos en un lugar completamente desconocido… y hóstil.

Azar o no, al poco se descubre que, realmente, hay un ser malévolo en este nuevo mundo que quiere hacer de Felix su nuevo cuerpo para seguir reinando y controlando sus hordas de criaturas (logradamente horrendas). Su apariencia es, cuanto menos, buen ejemplo de lo que podemos esperar del lado antagonista; aunque su nombre también refuerza que, en el fondo, esto no es más que una historia de dos pobres críos.

La historia y su desarrollo son justo lo que puedes esperar de un juego en el que el villano se llama Mustacho. Es un escenario justo y suficiente para tener una motivación con la que el jugador quiera avanzar y poner fin a todo, un justificante para conocer también de dónde sale ese rotulador mágico tan importante para las mecánicas de juego. Desde luego, mejor no esperar un guión complicado y enrevesado. Estamos ante un plataformas, lo suyo es entretener al jugador haciendo que pulse botones y se estruje ligeramente los sesos con sus puzles, no con sus giros de guión.

Decir que Max: The Curse of Brotherhood es solo un título de plataformas no es justo, también lo es de puzles. Aunque la constante de los saltos es algo siempre presente, con situaciones de todo tipo para que el jugador luzca sus habilidades en todo momento usando cuerdas, cajas, esquivando enemigos y aprovechando todo lo que se le cruce; también hay infinidad de momentos en los que sacar partido del lápiz mágico se convierte en algo absolutamente necesario. Momentos que, además, se van acentuando hasta apoderarse casi por completo de la jugabilidad.

Para muestra, un botón, una de las primeras cosas que haces como Max es huir de un monstruo gigantesco que te persigue. Sin embargo, cuando llevas ya algunas horas a tus espaldas, te ves inmerso continuamente en situaciones en las que tienes que aprovechar ese poder mágico para generar torres de tierra, lianas, flujos de agua o combinarlo todo para dar pie a todo un efecto mariposa. El equilibrio entre el plataformeo y los puzles (ambientales, no literales) poco a poco se decanta más por el último de ambos elementos, aunque el primero siempre está ahí, de fondo. Ayuda a todo esto un diseño de niveles que no suele flaquear, salvo en un par de niveles, manteniendo siempre tanto el interés como la exigencia. Aún así, hay cierta sensación de repetición que, si bien no es algo que se le pueda acusar totalmente, sí que se marca en la recta final del juego.

Y llevamos hablando todo el tiempo de él, pero no explicándolo. El rotulador mágico es nuestra principal forma de interactuar con el entorno. Con él, podemos crear pilares, corrientes y muchos más elementos que ayuden a nuestro protagonista a salir de todos los apuros con los que se cruza. Hasta ahora, era algo que se realizaba combinando dos botones tanto para dibujar como para borrar; sin embargo, en el Modo Portatil de Switch cuenta con un acertadísimo aliciente, su manejo a través de la pantalla táctil. Es una vía mucho más directa e intuititva, usarla se convierte en algo más natural que hacerlo combinando botones y palancas. De hecho, habría sido toda una locura no implementar un control de este tipo para una mecánica así. De nuevo, muy acertado.

Todo esto se une a una gran cantidad de coleccionables repartidos por todos los niveles (divididos en diferentes puntos de control y, a su vez, en capítulos) para que los amantes del «completismo» tengan una buena cantidad de horas. Muchos de los objetos ocultos obligan a volver sobre tus pasos, repetir algún nivel solo porque, por fin, se te ha encendido la bombilla con ese rompecabezas que no te veías capaz de superar.

El mundo, aunque segmentado por estos niveles tan propios de la vieja escuela, goza de una ambientación que mezcla constantemente la magia y la fantasía con la hostilidad más visceral. El contraste entre escenarios y enemigos es algo que lo demuestra constantemente y que te deja bien claro que no estás ahí para hacer amigos. Por otra parte, las capacidades del Unity Engine logran un acabado bastante robusto que, si bien pierde los 60 fotogramas por segundo de otras versiones para limitarse a los 30, es capaz de mostrar algunos efectos de luz bastante interesantes y un conglomerado que llama bastante la atención.

En conjunto, tiene un aire que recuerda muchísimo a otros plataformas de la década de los 90. Aquellos que tenían cierto aire de soledad pero que nunca perdían ese atisbo de inocencia y esperanza tan propios del niño que los protagonizaba, y protagoniza en esta ocasión. Si jugasteis a Heart of Darkness en su momento, es posible que tengáis muchísimas reminiscencias cuando os pongáis a los mandos con Max: The Curse of Brotherhood; aunque aquí no hay un ejército de sombras que quiera devorarte.

Jugabilidad: introducir un lápiz mágico es abrir una puerta a jugar con el escenario como una entidad externa, no como una pieza más en su interior. Hay segmentos bastante exigentes para los plataformeros, unidos a puzles que te pueden tener un buen rato dando vueltas y pensando (sobre todo para conseguir objetos secretos). Una pena que a la larga se pueda hacer algo repetitiva la mecánica de creación y borrado, evidenciando la resolución de rompecabezas. Por otra parte, usar el lápiz con la pantalla táctil es mucho más fácil y acertado que con los botones. Una total libertad de uso para este elemento mágico habría sido sensacional.

Duración: bastante escasa, hasta el punto de que completar la historia principal puede ser algo que te lleve entre dos o tres tardes bien dedicadas. Lanzarse a sacar el 100% con los objetos secretos es algo que puede aumentar este aspecto en tres o cuatro horas más, alcanzando una cifra mucho más interesante. No te va a tener pegado a la pantalla durante semanas.

Gráficos: uno de los aspectos que más llama la atención. Su estilo y diseños podrían pasar perfectamente por los de una película de animación, algo que queda bien claro en sus secuencias cinematográficas. Esta vez la tasa de fotogramas se reduce a los 30 para funcionar sin problemas en la consola de Nintendo; pero los demás aspectos traen un apartado visual que luce bastante bien y que trae a unos personajes y entornos realmente originales.

Sonido: existe y está ahí; pero dista mucho de ser algo memorable. Las melodías acompañan en los niveles aunque no tienen una gran presencia. A destacar el doblaje al inglés, bastante acertado (con algún pequeño problema de sincronización ocasional) y algunos efectos de criaturas y de elementos del entorno.

Conclusión: Max: The Curse of Brotherhood nos demuestra que por un hermano somos capaces de hacer cualquier cosa, incluso de lanzarnos a un mundo completamente desconocido y peligroso y aprender a usar un lápiz mágico. Un buen plataformas que, lejos de rozar la excelencia, sabe aprovechar aquello que lo construye para desmarcarse un poco más del resto. El formato portátil le sienta genial tanto a nivel gráfico como jugable (gracias a la pantalla táctil). Si te gustan el plataformeo y los puzles, merece que le des una oportunidad; si ya lo tienes en otra plataforma, no lo merece tanto.

Juan Antonio Fonseca Serrano

Saltando sobre tortugas en los suburbios de Midgar, con una guadaña cerca del corazón, desde finales de los 80. Juego a lo que puedo, junto letras sobre lo que me apasiona y siempre tengo un ojo en las redes.
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