Romperse los dientes nunca fue tan divertido

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El estudio indie británico Roll7 nos propone un ejercicio de nostalgia que pretende aunar en sí mismo varios aspectos olvidados en el sector del ocio electrónico a día de hoy. El universo del skateboarding, un aspecto visual con tintes retro y una dificultad que nos hará recordar a los clásicos de antaño dan como resultado a OlliOlli.

Porque bien es cierto que muchos nos adentramos en el universo de la tabla y las cuatro ruedas con la saga Tony Hawk. Sin el juego de NeverSoft quizá no se nos habría pasado por la cabeza realizar nuestras peripecias con un monopatín, ni hubiéramos adquirido conceptos técnicos como los “Grind”, los “KickFlips” o los propios “Ollies”. Sin embargo, el título que nos ocupa se desmarca de lo habitual, ofreciéndonos un desarrollo 2D de scroll lateral que provoca que inevitablemente se nos venga a la cabeza un clásico como Canabalt debido a los paralelismos que guardan entre sí.

OlliOlli es un título particular, tanto por su aspecto como sobre todo por su mecánica. No os dejéis engañar por su presencia visualmente simplona, ya que este título indie es todo un reto que pondrá a prueba nuestra paciencia y que nos hará pensar que quizás sea más sencillo salir al parque a realizar acrobacias con la tabla que llegar de una pieza al final de cada nivel del juego. Eso o que nuestra pobre PS Vita acabe hecha añicos debido a la frustración.

Este título no está creado para todos los paladares. Aquellos que pretendan encontrar un producto con diversión sin complicaciones y piruetas impresionantes con facilidad ya pueden ir dejando de leer. Aquellos más orgullosos tendrán en OlliOlli una droga que les hará estar al límite tanto de la desesperación como de la mayor de las satisfacciones al completar con éxito un desafío. Un frenesí de sensaciones de pureza procedente de la vieja escuela. De esas que parecían haber quedado en el olvido. Y ahí es donde radica el gran éxito de esta propuesta

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Insistiendo en que las apariencias engañan, es un hecho con el que nos damos de bruces (algo que es más que una metáfora en este juego) en cuanto tomamos el control de nuestro pixelado skater. El obligadísimo tutorial ya nos hace ver que, pese a tener que utilizar sólo unos pocos botones, la tarea que se nos encomienda es harto complicada. En OlliOlli la supuesta sencillez se basa en la utilización del joystick analógico, los gatillos superiores y el botón X de la portátil de Sony. Hasta aquí puede parecer que está chupado, pero ni mucho menos.

Obtener éxito significa saber medir con precisión milimétrica el 'timing' de todos y cada uno de los saltos, “grindeos” o incluso el momento de aterrizar en el suelo para no perder equilibrio ni velocidad. El personaje se mueve de forma automática y su velocidad incrementa en caso de ejecutar cada acción correctamente, lo que a su vez eleva la dificultad, ya que hay un menor tiempo de reacción a la hora de realizar el siguiente movimiento. Un ejercicio de coordinación que con la práctica se realiza prácticamente de forma instintiva, pero que necesita de muchas, muchas horas para ser dominado con cierto brío.

Antes hemos comparado a OlliOlli con la franquicia Tony Hawk, pero sus mecánicas guardan muchas más semejanzas con la serie de skate de Electronic Arts. Esto es debido al protagonismo incontestable del joystick analógico, con el que se realizan absolutamente todas las acrobacias. Y aquí es donde encontramos el mayor inconveniente del juego. Las culpas se podrían dividir a partes iguales entre los desarrolladores por empeñarse a hacerlo así y a Sony por el diseño de la consola y el pequeño recorrido de dicho botón. Resulta un problema muy importante a la hora de ejecutar las complicadas maniobras como medias lunas o giros de 360º con un stick tan pequeño. Esto no hace más que agravar la dificultad del juego, aunque realmente no se nos ocurren demasiadas ideas para poder paliarlo. Quizá la utilización del joystick analógico derecho habría ayudado a ofrecer un título ciertamente más accesible.

OlliOlli presenta un total de cincuenta niveles repartidos en cinco escenarios (Urbano, Chatarrería, Puerto, Base y Neón). No están todos activos desde un principio, por lo que hay que ir desbloqueándolos de manera progresiva tras completar cada fase llegando de una pieza al final de cada nivel. Pero no es lo único que tendremos que hacer. Cada pantalla nos pide un total de cinco desafíos diferentes (250 en total) que habrá que realizar para completar la aventura al 100%.

Estos retos son variables y constan en realizar una acrobacia en concreto, recoger diversos ítems escondidos por la pantalla u obtener una puntuación mínima estipulada. Ya os aseguramos que necesitaréis decenas de intentos para completar todos los requisitos de un solo nivel.

Para aumentar la vida útil del juego y enganchar a los usuarios, el estudio británico ha ideado un sistema que es todo un acierto. Es el Grind Diario. Con ello, se nos presenta un escenario que cambia cada día y que nos ponde a prueba con los jugadores de todo el mundo para ver si somos capaces de obtener la mejor puntuación. Se puede ensayar todas las veces que creamos convenientes, pero sólo se permite un intento para realizarlo. Una prueba de fuego para ver si somos presas del pánico escénico o para ver si la presión nos ayuda a sacar el máximo partido de nosotros mismos.

Por último, tenemos el modo de juego Spot, que también tiene componente online y que nos insta a conseguir la puntuación máxima en un fragmento concreto de un escenario, que suele englobar unos diez segundos. Eso sí, en ambos modos, ver las monstruosas puntuaciones de los mejores jugadores resulta bastante deprimente para los skaters más humildes como nosotros.

Como ya hemos dicho, OlliOlli presenta una factura técnica de lo más simple, que a su vez lo convierten en algo tremendamente brillante. El aspecto Old School le sienta de fábula y le aporta un toque distinguido entre su colorida propuesta. También acompaña la música, que si bien no incluye demasiados temas ni éstos son conocidos, engloba diversos géneros tan variados como el hip hop o el dubstep que acompañan a la perfección el chirrido de las ruedas o los golpes al besar el suelo.

Por José L. Ortega

 

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Valoración final

Jugabilidad: Ofrece una propuesta sencilla y directa con el simple uso de unos pocos botones para realizar unas cuantas decenas de piruetas. Sería tremendamente efectista si el joystick analógico no tuviera tanto protagonismo, ya que resulta bastante incómodo a la hora de ejecutar las maniobras más complicadas.

Gráficos: El juego posee un look retro bastante colorido gracias a la amplia paleta de colores que ofrece. No os dejéis engañar por su amasijo de píxeles de la vieja escuela. A pesar de su aparente simpleza, no se nos ocurre otro aspecto visual que le sentara mejor a un título como OlliOlli.

Sonido: Como buen título independiente, no cae en el manido recurso de acompañar con temas musicales conocidos. Aunque sí que es verdad que el número de canciones es escaso, la variedad en el género de las mismas y que no se repitan de manera constante en un nivel son todo un acierto.

Duración: La que vuestra paciencia os permita. Si os hacéis con el control del skate antes de estampar la consola contra la pared, tenéis ante vosotros multitud de horas delante de PS Vita desbloqueando los cincuenta niveles y realizando los 250 desafíos. Por su fuera poco, el Grind Diario resulta una forma tan original como convincente para poneros a pruebas ante los mejores patinadores del mundo.

Conclusión

Lo positivo de los juegos independientes es que nos llegan propuestas tan interesantes como OlliOlli que de otra forma pasarían desapercibidas. Quizás se aleje del concepto portátil de echar una partida esporádica sin muchas complicaciones, pero el simple hecho de ser un reto tan exigente hace que su atractivo aumente. Está claro que no será del agrado de todos los públicos, pero con un poco de entrenamiento de los pulgares y una piza de paciencia, por tan solo 9'99 euros que cuesta es uno de esos títulos que no habría que dejar pasar, especialmente si eres un amante de los desafíos. Por lo menos, es más seguro que ponerse a “grindear” las barandillas del parque del barrio. O no…

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