AlfaBetaRETRO: Shining in the Darkness – Dentro del laberinto

Los juegos de rol tienen toda una historia en lo que a su adaptación a videojuegos se refiere. A día de hoy es uno de los géneros de mayor aceptación y éxito, pero hasta llegar a este punto ha habido que pasar antes por estadios que requerían de algo más de imaginación, pero que igualmente se las han apañado para despertar pasiones. En pos de acortar distancias entre las aventuras de lápiz y papel y los videojuegos, entran en escena los dungeon crawlers, los juegos consistentes en recorrer mazmorras y luchar con enemigos de manera sistemática la tiempo que el grupo de héroes progresa y mejora sus habilidades y equipo.

Si por dungeon crawler no te termina de venir nada a la mente, piensa más bien en clásicos como Ishar, Bloodwych, Wizardry o el legendario Eye of the Beholder. Juegos que más pronto se asocian a un ordenador personal, a un PC o un Amiga por afinar más, pese a que abarcaron más sistemas.  No parece el tipo que juegos que se lanzaría en una consola, pero por otro lado, Mega Drive no era una consola cualquiera. La serie Shining, de Climax Entertainment, pese a ser más conocida por su segunda entrega, Shining Force, y su paso al RPG táctico, nace con Shining in the Darkness en 1991 para sumergir a los usuarios de la negra de Sega en los caminos de los dungeon crawlers.

El reino de Thornwood se enfrenta a tiempos aciagos cuando su princesa desaparece. En cambio, al que le da por aparecer es al brujo maligno Dark Sol, quien desvela al rey que si quiere recuperar a su hija deberá cederle el trono y largarse con viento fresco para así poder gobernar y tiranizar a su antojo. La útima esperanza de Thornwood es el mejor espadachín de la región, un héroe que se embarcará en un viaje al laberínto donde mora el mal con dos de sus amigos en una búsqueda en la que deberá derrotar a las fuerzas de Dark Sol, rescatar a la princesa, y con suerte, saber qué ha sido de su propio padre, también extraviado en el laberinto. Pero solo el poder la Luz puede derrotar a la oscuridad.

 

Es bastante curioso, aunque no un caso aislado, ver un dungeon crawler en primera persona en una consola de 16 bits, y es precisamente una de las cosas que más llamó la atención de Shining in the Darkness en 1991. Como ya hemos dicho otras ocasiones, los jugadores de estos sistemas estaban más por otro tipo de juegos que no les complicaban tanto la vida. La opción de una aventura que requiera de coger lápiz y papel e ir confeccionando un mapa casi a cada paso para no perderse no parece muy apetecible, pero Shining in the Darkness mostró a muchos las virtudes de este género, que por otro lado, hay que saber amar incondicionalmente.

El juego comienza yendo al grano, con el protagonista teniendo que ir a una audiencia real donde se le expone el problema. Como uno de los caballeros más prometedores de Thornwood, dar con el paradero de la princesa Jessa, la cuál se sospecha que está en el laberinto cercano, es nuestra misión, pero no tardará en verse ampliada cuando sepamos casi de inmediato que un poderoso hechicero ha regresado y exige tomar el control del reino aprovechando sus poderes y el control sobre las criaturas que moran en el laberinto. En palacio nos darán unos fondos iniciales para poder pertrecharnos como es debido y entrar en el laberinto de marras para confirmar los peores temores.

Bastante convencional para un juego de rol occidental, pero he aquí la particularidad. Este es un juego japonés, y de hecho, muestra una fuerte estética anime en los diseños de sus personajes, que se presentan en pantalla de manera realmente vistosa. Algo que luego se mantendría como seña de indentidad de la serie en secuelas como los Shining Force. Ahora bien, en este caso, la acción se desarrollará mayormente en el interior del laberinto, y se resumirá en ir de la aldea hacia allá y de allá a la aldea para fortalecernos, salvar la partida, comprar provisiones y pasar por la posada para reunir información útil. Lo que se ahorra en escenario, no obstante, Shining in the Darkness lo vuelca en sus personajes y en la narración de ciertos eventos a modo de escena de corte.

En la parte con más sustancia de la aventura, yendo por el laberinto, el juego se nos muestra en primera persona para que veamos cómo avanzamos por pasillos y recovecos en los cuales asomarán al azar criaturas de variado aspecto y poder para presentar batalla. Pero la dificultad no radica tanto en lo duros que sean como en la posibilidad muy real de terminar perdiéndonos en los pasillos del laberinto. No hay mapa en el juego, hay que hacérselo a mano, ni indicador visual ni de ninguna clase que nos diga a dónde hay que ir. El único indicio que da el laberinto son los propios enemigos, puesto que según las zonas en las que se divide es más probable que aparezcan unos u otros.

El control en el juego se realiza, aparte del movimiento, íntegramente a base de menús con los que podremos usar objetos y habilidades, atacar, defender o huir en combate, traspasar objetos entre miembros del grupo, cambiar las piezas de equipo, buscar en los alrededores o entrar y salir de determinado sitios. Y lo cierto es que es algo más amigable que los juegos occidentales del mismo pelaje, aunque también es justo señalar que a algunos les saca años de diferencia en los que ha podido pulirse. Pero dado que Shining in the Darkness puede implicar morir frecuentemente (y resucitar en el pueblo previa penalización de la mitad del oro que llevemos encima) conviene que manejarnos por sus entornos sea fácil.

De otro modo, nos perderíamos un buen juego que a los amantes de la acción directa puede que no les enganche, pero a los amigos de la aventura y a quienes no les asuste luchar con lo desconocido, tomarse las batallas y la exploración de una manera más estratégica y pasar un buen rato a base de machacar masas pringosas con conciencia propia para subir niveles y guardar unos ahorrillos, les puede dejar más que satisfechos. Además, su aspecto técnico es de lo mejorcito que se había visto en Mega Drive. Aquellos que podemos ver el sencillo placer de aporrear alimañas por turnos y en vista subjetiva mientras se pone a prueba el sentido de la orientación a cada giro somos el público de Shining in the Darkness. Y qué bien nos los pasamos con este cartucho, o con sus recientes reediciones en formato digital.

Juan Elías Fernández

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