El viejo ninja de SEGA

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Esta semana preparamos un buen montón de shurikens y afilamos nuestra ninjato para enfundarnos en el oscuro uniforme de los ninja. Contamos con la compañía de uno de los mejores: Joe Musashi, protagonista de un clásico de Sega con mayúsculas como es Shinobi.

En tiempos del Japón feudal, los shinobi, también llamados ninja, son un grupo para estudiar aparte. En medio de una sociedad regida por nobles con samuráis a su servicio, frente a la rectitud y devoción de éstos, que valoraban el honor por encima de todo, las operaciones menos ortodoxas y más de subterfugio y técnicas de guerrilla podían dar una ventaja táctica, pero a ver quién le pide a uno de estos valerosos pero rectísimos guerreros que vaya a desempeñar tareas tan deshonrosas como espiar o asesinar. Ahí es donde entraban nuestros amigos de negro, aunque a nosotros, jóvenes de los ochenta, nos gustaba mucho más su versión popular.

Y esta no era otra que, lejos de ser esos mercenarios de incógnito a los que encargar el trabajo sucio, la de verdaderos señores de la noche con miles de técnicas mortales en su mente. Con un solo vistazo, el ninja de los ochenta podía pensar en decenas de maneras de hacer pìcadillo a su adversario antes de que éste se diese cuenta siquiera, y todas ellas muy dolorosas. Es más, el ninja de los ochenta era capaz de proezas sobrehumanas. Podía saltar varios metros de un solo salto vertical sin apenas tomar impulso, caminar sobre las aguas o sobre superficies verticales, fundirse con su entorno, multiplicar su cuerpo y hasta invocar la furia de los elementos en su favor en verdaderos ataques mágicos.



Y todo ello, y si esto no es un superpoder no sabemos qué es, mientras se pasea impunemente por la calle con uniformes cantosos de colores chillones. Parémonos a pensar en esto, porque si un ninja de negro que es capaz de ocultarse en las sombras ya impone lo suyo, cómo debía gastárselas uno que vistiese de azul cielo o de verde fosforito y que desdeñase con ello el sigilo y la discreción. Para echar a correr y no parar.

El ninja, lectores y lectoras, era un ser misterioso a más no poder. En apariencia todopoderoso, pero de naturaleza ciertamente humana y, por tanto, vulnerable, que no fácilmente derrotable. Un ser de tantos y tan ricos matices capaz de disparar la imaginación a niveles estratosféricos no podía quedarse sin su pertinente reflejo en los videojuegos, la manera más asequible de meternos bajo la capucha de estos demonios invisibles y ahorrarnos la parte del entrenamiento y las penurias. Bueno, este reflejo lo tuvo en muchas ocasiones.

En Saboteur, por ejemplo, un juego mítico donde los haya, tomábamos el control con nuestro ordenador de un ninja con la misión de infiltrarse en una base enemiga y recuperar un disco. Desde el Commodore 64 nos llegaba también la trilogía The Last Ninja, posiblemente la saga más exitosa de este sistema que en su segunda entrega tenía hasta un viaje en el tiempo para llevar la acción desde el Japón medieval a la Nueva York de finales del siglo XX. Es que no hay nada que suene mal ahí. Juegos con ninjas de por medio había a puñados, pero uno de ellos brilló durante muchos años con luz propia.



Tomando como título el nombre genérico que designaba a estos guerreros, Shinobi fue una recreativa de Sega que, si bien no se estudiará en las universidades por su fidelidad histórica, es todo un poema de amor y una oda compuesta de rodillas a esa imagen del ninja cinematográfico que generó toda una oleada de subproductos de baja estofa y una imagen grabada con láser en las impresionables mentes adolescentes. El ninja mágico, prácticamente invencible, inverosímil y teatral era el protagonista absoluto en un arcade de plataformas en el que se hubiese podido incluir a Chuck Norris sin dar el cante en absoluto. Y qué caray, eso era justo lo que queríamos, ese aire a película de serie B salida de rosca que era lo que de verdad nos divertía.

Así pues, el argumento de Shinobi es el siguiente. Una nueva organización terrorista llamada Zeed comienza a sembrar el terror por doquier y, mientras están en ello, raptan a todos los discípulos del clan ninja al que pertenece Joe Musashi, el protagonista de esta historia. Joe se calza su uniforme y sale a la búsqueda de los chavales y del misterioso líder de Zeed, que parece tener que ver con este submundo de los ninja.



Quizá porque en sus filas hay, en efecto, ninjas de toda clase y de variado colorido entre otros variopintos enemigos propios del momento más alto dentro del momento más bajo en las producciones de videoclub. Militares y policías corruptos, los punkis de rigor sin lo que un juego de los ochenta no tiene enemigos ni tiene nada, unos extraños y enormes tipos protegidos por un escudo que custodian a los niños y que nos lanzarán sus sables como si fueran un boomerang; y ya hacia el final del juego el despiporre se hace patente cuando nos enfrentamos a esqueletos resucitados o a una especie de seres anfibios.

La mecánica consiste en avanzar por el nivel rescatando a todos los niños hasta alcanzar la salida, que cada cuatro escenarios nos llevará al combate con el jefe de cada una de las cinco zonas. Enemigos como el gigantesco Ken Oh, capaz de lanzar bolas de fuego, el helicóptero, como suena, Black Turtle, el inclasificable sistema defensivo Mandala, el samurai Lobster y, por último, el ninja misterioso fundador de Zeed. Contra todos ellos, Joe solo aguantaría un impacto, aunque sí podía chocar contra ellos para que tanto él como su enemigo sufrieran un retroceso que los dejase brevemente desprotegidos. A cambio, podía agacharse o mantenerse a resguardo detrás de cajas u otros obstáculos, además de contar con un minijuego entre misión y misión en el que, si conseguimos eliminar a todos los ninjas que intentarán acercársenos desde unas tarimas, se nos recompensa con una vida extra.

Para hacerles frente, Joe cuenta con sus certeros shuriken que serán el arma por defecto. Eventualmente, alguno de los niños que rescatemos nos concederá un potenciador que cambiará nuestras estrellas por un arma automática con la que dispararemos balas explosivas. Cuando tengamos a algún enemigo cuerpo a cuerpo, Joe optará o bien por una patada o por sacar a pasear su espada si es que contamos con el disparo potenciado. Y si todo lo anterior no basta, en cada nivel Joe contará con una técnica especial de un solo uso que podremos emplear para limpiar la pantalla, y en la que veremos como tras recitar una especie de conjuro se desencadena alguno de estos tres efectos: la multiplicación de Joe Musashi, una descarga eléctrica o un feroz tornado. 

Precisamente estas “magias” eran uno de los elementos característicos de Shinobi, junto a la posibilidad gracias a los grandes saltos ninja de pasar a otra altura o plano del escenario y alcanzar partes a las que de otra manera no tendríamos acceso. La verdad sea dicha es que Shinobi no iba muy corto de curiosidades, ya que además de lo peculiar de los enemigos se cuenta con una aparición estelar, la de nuestro amigo y vecino Spider-Man que, aunque no oficialmente, aparecerá pegado algún que otro muro dispuesto a saltarnos encima a la menor ocasión.

Los gráficos de Shinobi, bastante elegantes y estilizados para la época, sumados a una gran banda sonora y una jugabilidad magnífica hicieron de Shinobi un superéxito que acabó alcanzando también los sistemas domésticos. Spectrum, Amstrad, Commodore 64, Atari ST y Commodore Amiga contaron con su versión para regocijo de la chavalada, y en consolas, Master System tuvo en este cartucho uno de sus buques insignia para atraer al público a la sección de videojuegos de los grandes almacenes.

Otra curiosidad para este juego: pese a ser obra de Sega, vio la luz en la consola NES gracias a una conversión llevada a cabo por Tengen. La PC Engine de NEC también albergó al ninja en sus circuitos antes de que, ya en tiempos modernos, las pertinentes reediciones lo hayan devuelto a los sistemas actuales. 



Shinobi es un exponente de una época en la que la cultura popular estaba conquistada por estos personajes de habilidades imposibles que a todos nos hubiera gustado ser, y su éxito se tradujo en varias secuelas. Un éxito que, llegado cierto momento, pasó a otras marcas como Ninja Gaiden como herederos de su trono. A día de hoy nos cuesta tomar en serio como amenaza a señores vestidos de colorines dando saltos de 10 metros, pero si su aparición ha de dar juegos como Shinobi, que no nos falten nunca.

Juan Elías Fernández Fabra, colaborador de AlfaBetaJuega

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No te quedes solo en el juego:

Película: Ninja Assassin, de James McTeigue

Cómic: Basilisk: The Kouga Ninja Scrolls, de Masaka Segawa

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