Round one, fight!

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Afortunadamente, mi señora madre no leerá este texto. Y digo afortunadamente, porque si lo lee descubrirá que Street Fighter II fue el culpable de que muchas pagas semanales acabaran en la recreativa del bar de la esquina de casa, que por una extraña razón se había convertido en el epicentro del ocio social durante el verano de 1992. Esa recreativa no era otra que Street Fighter II.

Street Fighter II lo partió porque en su momento fue capaz de mezclar varios conceptos que hoy en día nos parecen el a-b-c de los juegos de lucha pero que en su momento todavía no se habían explotado. Para comenzar, la recreativa tenía un aspecto gráfico soberbio, tanto en animaciones como en decorados. Especialmente recuerdo haber babeado en exceso con el de Guile, en aquel aeródromo del ejército con un caza a sus espaldas. Y las músicas… ah, esa banda sonora, que no hacía otra cosa que acelerarse para ponerte nervioso cuando los combates se acercaban al final.

Pero no nos detengamos en minucias, porque además del apartado técnico, el título de Capcom nos daba a escoger entre una variedad considerable de personajes para el momento. Nada más y nada menos que ocho tipos (Ken, Ryu, Blanka, Guile, Zangief, Dalshim, Chun-li y E. Honda) que representaban, a excepción de Ken y Ryu, estilos de combate totalmente diferentes. A ellos había que sumarle los villanos finales: Ballrog, Vega, Sagat y M. Bison.

Por primera vez se abría la veda: no había una única forma de jugar y ganar a tus rivales sino que el título permitía una cierta mezcla de táctica en función de las habilidades de cada uno y de los personajes. Y además, por si fuera poco, Capcom supo crear el número justo de magias por personaje y de hacerlas lo suficientemente sencillas para que la curva de dificultad fuera bastante ajustada. Y ojo, que hablamos de un juego que ha cumplido poco más de veinte años y que sigue las premisas básicas que se le exigen a un superventas de hoy en día, pero que en su momento casi ningún estudio respetaba.

Eso sí, acabarse el juego era una tarea titánica. En la recreativa del barrio ya era un reto acabar con los siete rivales principales, pero cuando llegaban los cuatro últimos la cosa se ponía realmente fea. No tanto con Balrog, el boxeador era de los personajes más flojos, pero sí con Vega (esa bandera de España con el aguilucho demostraba que Capcom estaba más que puesta en nuestra historia), Sagat o M. Bison, siendo estos dos últimos de una dificultad exasperante.

La traca final a la carrera de Street Fighter II la puso el anuncio de su conversión para Super Nintendo. Si a lo largo del 92 los vicios a la recreativa fueron interminables en todo nuestro país, a partir de esas navidades nos los pudimos llevar a casa. La buena noticia es que aunque nuestra economía se resintió el día de la compra, descansó durante los meses siguientes. La mala, desgraciadamente para nuestras madres, es que las televisiones del salón quedaron secuestradas eternamente para contemplar una continua sucesión de hadoukens y shoriukens. El callo de nuestros dedos pulgares podía dar fe de ello.

Jaume Esteve

(Twitter: @jaumeesteve)

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