Jóvenes aunque sobradamente tuneados

En el 2016, las noches de ocio son para salir con amigos, ir a tomar algo, cenar, ver una película, o por qué no, entregarse al romanticismo. En el Estados Unidos de 1963, la juventud hierve a ritmo de rock’n roll mientras rugen los motores de los coches junto a la hamburguesería con autoservicio más cercana. Un estilo de hace medio siglo que nos propone Street Rod.



Los simuladores de conducción tienden a la modernidad en todos los sentidos. En incorporar los últimos avances tecnológicos, porque al fin y al cabo es un género que se beneficia mucho del poderío técnico, y también los coches más avanzados, porque quién no quiere conducir lo mejorcito que sale de los departamentos de ingeniería de las principales marcas. También suele optarse o bien por licencias de competición como en la serie F1 de Codemasters, o directamente por conseguir licencias de marcas y liberar a estas bestias de cuatro ruedas sobre el asfalto como en Forza Motorsport o Gran Turismo. Es interesante, sin embargo, ver qué sale cuando no puedes recurrir ni a una cosa ni a la otra.

Lógicamente, esto no ha sido obstáculo para que haya habido juegos de conducción casi desde que existen los videojuegos. Pero claro, el realismo llega hasta donde pueden permitir las máquinas del momento. El resto depende del ingenio, de cómo se plantea el juego y de qué puede ofrecer al jugador. Por ejemplo, Sega ha tenido pulso maestro en crear arcades que han sido emocionantísimos sin siquiera recurrir a una simulación especialmente fiel. Y en el otro lado de la balanza, el primer y legendario Test Drive se sobraba y bastaba con cinco vehículos para convertirse en un simulador mítico allá por 1987. En cambio, Street Rod, de 1989, cortaba la baraja con otra apuesta muy original: un marco temporal que se remontaba 36 años atrás.



¿Dónde estabas el verano de 1963? Seguramente, en la gran mayoría de casos de nuestro público la respuesta sea “en ninguna parte”. Street Rod le pone remedio trasladándote a Estados Unidos en los calurosos meses de asueto de este año para vivir la fiebre por el motor, las carreras y las modificaciones al estilo más desenfadado. Partiendo de un coche usado y realizando ajustes, recambios y personalizaciones varias en nuestro garaje al ritmo del rock más clásico, tendremos que hacernos un nombre entre los corredores apostando dinero y los propios vehículos hasta conseguir llegar a correr contra El Rey, al que si somos lo bastante buenos podremos arrebatarle el mejor coche… y la mejor chica.

Fue todo un acierto por parte de Magic Partners y California Dreams el concepto que dieron los primeros a Street Rod. En su momento fue algo diferente y atractivo dentro de un género que tenía sus pesos pesados y que aún le costaba subir ese escalón que le llevaría a perfeccionarse y dar pie a otras franquicias hoy de sobra conocidas. Mientras, como se decía antes, se jugaba la carta de la originalidad y el detalle. Y es que si ahora hay voces que se alzan contra el uso y abuso de la nostalgia de los ochenta, Street Rod ya se abonaba a ese caballo tirando del ambiente sesentero de individuos que no salen de casa sin el llevar el peine junto a la cartera porque nunca se sabe cuando habrá que retocarse el tupé. Un mundo de canciones de gramola y de miradas cruzadas en el aparcamiento del autoservicio que harán que alguien regrese a pié a su casa.

En Street Rod, lo que está claro es que sin coche no somos nadie. El verano no tiene sentido si no tenemos un vehículo en el garaje, por lo que lo primero que hay que hacer es poner a funcionar nuestros ahorros mirando ofertas de segunda mano en el periódico. A partir de ahí el garaje será el centro neurálgico de nuestros progresos. Allí podremos revisar, redecorar y poner a punto nuestro vehículo simplemente haciendo clic en varios de los objetos que hay a la vista o en el propio coche. El citado periódico nos servirá también para buscar piezas de repuesto, con el gato hidráulico podremos cambiar las ruedas, la pistola de pintura y las pegatinas nos servirán para personalizar el coche y la radio activa o desactiva las marchosas canciones que nos puede ofrecer la tarjeta de sonido de nuestro equipo.



Con el coche puesto a punto, lo siguiente es salir a la calle. Para desplazarnos a la gasolinera a llenar el depósito o a la hamburguesería, donde se cocina todo el meollo, la transición es automática y no tendremos el control de vehículo. Para ello hay que dar con alguien dispuesto a echar una carrera. Podemos correr por simple diversión o pasar a mayores y apostar. Desde unos pocos dólares a 100 machacantes o nuestra fiel montura. Podremos echar un vistazo a lo que hay bajo el capó del rival por si no nos interesa lanzarnos a una carrera perdida de antemano, pero habrá conductores que no estarán por la labor hasta que no nos hagamos un reputación. A base de ganar carreras, con mejores fondos y coches más poderosos, habrá un momento en el que El Rey, el tipo más chulo del pueblo, haga su aparición en su cochazo. Una belleza que será nuestra si ganamos. Y no será la única, puesto que su novia no parecerá muy interesada en él tras la derrota y la pérdida del coche. A fin de cuentas, esta chica no le conviene…

Pero lo que son las carreras en sí, lo cierto es que no hacen historia. Los controles de Street Rod son muy sencillos, tanto que se podía jugar con un joystick, y eso quiere decir que basta con cuatro direcciones, que en este caso sirven para acelerar, frenar y girar, y un botón para poder cambiar de marcha. Una vez en marcha, la competición no tiene mucho secreto. Sólo somos nosotros contra el desafiado, y si conseguimos dejarle atrás todo viene rodado. El único problema en este punto es chocarse contra algo y dejar el coche en siniestro total, o que la policía haga acto de presencia y quiera tener unas palabras, quizá para felicitarnos por haber conseguido batir el récord de velocidad del condado.



Es una sencillez que está presente en todo Street Rod, y que hace que incluso cambiar una transmisión o reemplazar un motor sea tan sencillo que se pueda hacer con el ratón. Es un detalle tan simple como quitar y poner tornillos, pero que contribuye a dar empaque a un juego que se basa fuertemente en la puesta a punto de los vehículos. Y es que tener un Corvette en el garaje ya mola de por sí. Pero un Corvette tuneado a nuestro gusto… amigo, eso no tiene precio. Bueno, sí, cerca de unos 1000 dólares…

Juan Elías Fernández

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Street Rod 2

 

Película: American Graffiti

Canción: The Beach Boys – Fun, Fun, Fun

Juan Montes

Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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