Dentro del laberinto

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Mucho antes que Diablo, pero con algo de regusto a HeroQuest, un arcade isométrico nos llevaba en un poco confortable paseo por una laberíntica mazmorra bajo las faldas y el sombrero de un poderoso mago. Hoy volvemos a 1990 para recordar The Immortal.

Es posible que te sucede algo parecido. Habitualmente, cuando pensamos en el concepto de llamémoslo “mazmorreo”, lo primero que nos viene a la mente es un fornido guerrero con espada en ristre dando buena cuenta de monstruos mientras evita trampas y recoge tesoros. Es altamente posible también que esa imagen incluya un grupo con varias clases de personaje, pero invariamente se encontrará entre ellos ese arquetípico armario ropero de dientes prietos. En el mejor de los casos puede que lo sustituya, que para esas cosas está, un/a pícaro/a, o lo que es lo mismo, el ladrón de toda la vida. Hábil en la detección de trampas, ágil para la esquiva, sigiloso para el ataque y con unos dedos largos e inquietos hacia todo lo que brille.

Pero los magos, ah, los magos son harina de otro costal. Capaces, sí, pero pocas veces vistos, al menos a las alturas de 1990, mostrando de lo que son capaces en una aventura en solitario. No suele ser la primera elección, lo cual no quita para que en ciertos casos lo sea. No obstante, hay que admitir que para el aventurero timorato o que se inicia en estas lides, es preferible arreglar las cosas rápida y contundentemente de un mandoblazo que confiar en que al venerable señor de sombrero picudo y larga blanca no se le agote su reserva de maná, puntos de magia o lo que se tercie.



Por otro lado, para contar la gran aventura en forma de videojuego que tenía en mente, el diseñador Will Harvey optó por esta mítica clase de personaje para protagonizar The Immortal, un juego creado en un primero momento para el Apple II y que tomaba apuntes de los dungeon crawlers más curtidos para presentarnos el lado más echado para adelante de estos sabios místicos. De hecho, el personaje principal de The Immortal tiene un cierto aire a Gandalf, y no va precisamente indefenso. Lo cierto es que más que su magia, este mago cuyo nombre no se nos comunica suele confiar más en la espada corta que lleva consigo en una mano por encima del báculo que porta en la otra. Y es una acertada decisión sabiendo lo que tiene por delante.

En The Immortal pronto entramos en materia, empezando ya el juego en una fría estancia donde solo hay una mesa circular y una vela encendida. Parecería que estamos en una mazmorra, y sí, solo que en el sentido más amplio y rolero del término. Una visión del mago Mordamir, mentor del protagonista, nos indica que espera en las profundidades de un laberinto que se compone de varios niveles (siete u ocho según la versión) y que necesita de la ayuda de un tal Dunric que por lo visto ya va de camino. Nuestro barbudo héroe decide seguir sus pasos y no tardaremos en ver contra qué nos jugamos los cuartos. El laberinto está poblado por trampas para todos los gustos, y por si fuera poco, una selección de criaturas monstruosas empezando por orcos y goblins, que andan a la greña entre sí, querrán un trozo de nuestro pellejo.

Por el camino daremos con objetos que nos serán de ayuda en la misión, no solo riquezas y artefactos tales como amuletos, sino también notas que nos darán pistas sobre las trampas y el laberinto en sí. Y, cómo no, hechizos con los que podremos sacar a relucir la vena mágica de nuestro personaje y ahorrarnos en algún caso una confrontación directa, o cuanto menos mermar al adversario lanzándole un par de bolas de fuego con nuestros mejores saludos. La cuestión es que tenemos que usar la cabeza y no solo las ganas de guerrear para salir bien parados del laberinto, una tarea que no es nada fácil.



Pero si hay que pelear, pues qué remedio. Si uno de los monstruos entra en contacto con nosotros, se abre una ventana en la que vemos a nuestro mago y al adversario frente a frente, con sendas barras que indican su salud y su fatiga. La primera disminuye con cada impacto recibido y la segunda aumenta si lanzamos golpes al aire, y es que lo que tenemos aquí es una mecánica de combate basada en esquivas y ataques, maniobras para las cuales hay diferentes inputs basados en las direcciones del mando en combinación, en ciertos casos, con alguno de los botones. El secreto del combate está en esquivar los golpes del adversario y cuando éste deje una apertura, lanzar nuestro golpe, Quién lo hubiese dicho, ¿verdad?

De cualquier modo, el laberinto castiga lo suyo, con estancias que nos van a costar algún que otro rasguño sí o sí, eso si no caemos en alguna trampa mortal de necesidad. La misma habitación inicial esconde una desagradable sorpresa en algunas versiones, y eso que el propio juego nos avisa de que “mejor sería moverse” si pisamos determinada losa. Si no lo hacemos, un gigantesco gusano hará que lo último que lamentemos en esta vida será no haber hecho caso. Más adelante hay fosos ocultos en los que nuestro mago caerá si los pisa, pero tendrá los reflejos suficientes para sostenerse gracias a su báculo. Ahí es donde entramos nosotros para usar el mando o el joystick y conseguir que vuelve a poner pie en tierra firme, en una animación como muchas otras que esconde este juego y que añade una nota de variedad muy curiosa para 1990.

Eso sí, en la prensa de la época ya se decía que Immortal no era cosa de broma, y no porque sea difícil como preparar granizado en el infierno, sino porque en ciertas versiones del juego hay toda una verbena de sangre y tripas a la que todo el mundo está invitado. En Mega Drive es, quizá, donde Electronic Arts y Harvey se soltaron más la melena presentando escenas en las que el mago da golpes de gracia a los adversarios usando la magia y provocando que les estalle la cabeza, con salto de sesos incluido, que se conviertan en piedra o que ardan entre otras diversas y dolorosas opciones de muerte entre las que no faltan una sencilla y directa decapitación, que al fin y al cabo es el remedio a todos los males. Ahí donde se ve, no obstante, The Immortal es más que un arcade visceral y exigente. Esconde una trama y una serie de personajes secundarios como el mencionado Dunric, su propia hija, y hasta las mismísimas razas que moran el laberinto las cuales, si jugamos bien nuestras cartas, pueden obrar en nuestro favor y volverse aliadas ante la propiedad asociativa del enemigo de mi enemigo. No es por adelantar nada, pero si la cosa de da bien, hasta puede que salgamos del laberinto dejando atrás la soltería…



En realidad, como ha pasado tantas veces, el peor enemigo de The Immortal fue el propio The Immortal. Un juego que perfectamente podía haber aparecido cuatro o cinco años después pero al que lastraba un sistema de combate que no era el ideal. No para los usuarios de ese año 90 (91 en algunos ports) que se encontraban con que no tenían el control deseado sobre los combates y que eso jugaba en su contra en un juego que ya de por sí es difícil. Al menos hay “certificados”, que no son sino contraseñas, para poder retomar el juego desde ciertos puntos en un futuro. Una gran calidad técnica y un diseño muy interesante quedaron ensombrecidos por un control que no le hacía justicia, y es una pena, porque The Immortal esconde toda una joya en su interior que le hubiese convertido en un juego inmortal. Por otro lado, ¿quién quiere vivir para siempre?

Juan Elías Fernández

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No te quedes solo en el juego:

Película: Dentro del laberinto

Novela: El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo

Canción: Eagles – Journey of the Sorcerer

Juan Montes

Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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