Ave que no vuela, a la recreativa

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Si al pensar en Taito te vienen a la mente juegos con mucho colorido y adorables personajes, es posible que entre ellos esté The NewZealand Story. Pero cuidado, porque aquí donde lo ves, este juego tiene una dificultad endiablada.

No debería ser necesario presentar a la compañía Taito, culpables de dejarnos buena parte de la semana en más de una de y de dos de sus máquinas recreativas. Hoy propiedad de Square Enix, Taito vivió un particular momento de gloria en la segunda mitad de los años ochenta gracias a explorar una fórmula que les permitiese abrir su mercado y ampliar el espectro de jugadores. Ya no serían solo los chicos de más de trece años los susceptibles de caer en la tentación y echar su moneda en el cajetín. Las chicas jóvenes e incluso los niños de menos edad pasaban a entrar en la diana de Taito.

Después de que el tristemente desaparecido Fukio Mitsuji abriese la veda con el insigne Bubble Bobble en 1986, Taito vió verdes pastos ante sí. Verdes entre otros muchos y muy vivos colores, ya que ese atractivo a toda clase de género, edad y condición conseguido a través de una estética cómica y una jugabilidad incontestable iba a convertirse en su arma no tan secreta. Sin renunciar a juegos de otros tintes, como el famosísimo Rastan, un acercamiento al mundo bárbaro que había sido uno de los temas de moda no mucho antes, Taito no quería dejar que la senda pavimentada por Mitsuji, que estaba quedando asentada con Rainbow Islands, no llevase a ninguna parte.



Así que para su próximo gran juego nos íbamos a tener que dejar a mano una jeringuilla de insulina cargada, porque los japoneses estaban dispuestos a subirnos el azúcar hasta niveles estratosféricos, como les habíamos demostrado que nos gustaba. Buena prueba de que todo valía era una de las recreativas de aquel año 1988, Insector X. Un shoot’em up de scroll lateral que no pretendía codearse con Darius, otro de los pesos pesados de la compañía. No, en su lugar presentaba diversas clases de insectos debidamente caricaturizados y convertidos en simpaticotes y abrazables seres de muchas patas y sonrosados mofletes. Pues aún hubo otro que le ganó por la mano. El año 1988 se recordaría en Taito como el año en que lanzaron The NewZealand Story y pusieron (otra vez) los recreativos patas arriba.

No parece muy claro cómo se llegó al concepto de The NewZealand Story, porque lo cierto es que mientras que el resto de juegos de Taito se caracteriza por tener unas ambientaciones irreales y plenamente fantásticas, el caso es que los eventos de este juego están perfectamente ubicados en cinco ciudades de Nueva Zelanda dándole un inusitado marco real. Una de las teorías al respecto es la inspiración fue el souvenir que uno de los miembros del equipo de desarrollo se trajo de sus vacaciones a Oceanía, y que el juego no es ni más ni menos que un tributo a cada uno de los sitios que había visitado. Eso sí, sería el único nexo con la realidad, porque The NewZealand Story nos presenta la disparatada historia de Tiki el kiwi, miembro de la raza de aves autóctona de Nueva Zelanda que son incapaces de volar. Nuestro amigo suple esa carencia con unas zapatillas deportivas que, suponemos, le ayudan a saltar y una notable afición al tiro con arco.

Tiki se hallaba con sus congéneres tan ricamente echando la tarde cuando apareció Wally, una foca leopardo originaria de la Antártida, que en vez de limitarse a disfrutar del clima decide sacarse unos dineros vendiendo a los kiwis a lo largo y ancho del país. Así que Tiki ha de viajar a cinco puntos de Nueva Zelanda, que concretamente son Auckland, Rotorua, Waitomo Caves, Strait Cook y Mt. Cook. En ellos aguardan un sin fin de enemigos, plataformas, obstáculos en forma de pinchos y lo más importante, un compañero kiwi que rescatar al final del nivel. El quid de la cuestión no es solo abrirse camino a base de saltos y flechazos, sino que el diseño de estos niveles es laberíntico y hay que encontrar la jaula siguiendo el camino correcto.



Para ello, y en la más clásica tradición de Taito, Tiki puede recoger de sus enemigos derrotados dulces frutas que aumentan el casillero de puntos, pero también nuevas armas y objetos de efectos variados para ayudarse en su misión. Entre las primeras encontramos bombas, un láser que podemos disparar a través de las paredes o un bastón que hará que lancemos hasta dos bolas de fuego simultáneas que podrán ir rebotando por la pantalla. Pero además, resulta que Tiki puede marcarse un grand theft auto y, cuando en puntos determinados del nivel se abran portales de los que emergen enemigos a bordo de vehículos como globos, patos inflables, dirigibles u OVNIs, podemos robarles su medio de transporte y usarlo en nuestro provecho para darnos aire hasta la meta. Para esto encontramos también ayudas como un joystick que nos permite dirigir el vehículo en cuestión sin preocuparnos por los efectos de la gravedad y la inercia, como sucede normalmente con la mayoría de ellos.

The NewZealand Story comparte algunas reglas con otros de sus juegos. No podemos tomarnos todo el tiempo del mundo para completar los niveles. Si tardamos demasiado, sonará una alarma que nos empezará a meter prisas. Y si dejamos pasar más tiempo, un pequeño diablillo, monísimo como él solo, aparecerá tridente en ristre para convertir a Tiki en un kebab de kiwi. Tenemos la posibilidad de obtener una vida extra si reunimos las letras que conforman la palabra EXTEND, aunque en ocasiones no estarán muy al alcance. Y no podían faltar los secreto, uno de los más importantes las puertas ocultas. En puntos vacíos donde supuestamente debería haber aire, podemos ver como las flechas de Tiki chocan con algo invisible. Varios disparos rebelan estos portales que nos transportan a otras zonas ocultas del decorado que nos pueden servir como atajo.

Sumémosle a lo anterior un diseño de personajes que lleva la palabra “mono” a un nuevo nivel y que nos enfrenta los enemigos más adorables seguramente jamás creados en forma de pequeños aborígenes lanzadores de boomerangs, babosas que lanzan misiles, osos punkies, estrellas y toda una gama de criaturas tan surrealistas como graciosas; dando como resultado un juego de Taito sacado de su manual de estilo al milímetro. Pero The NewZealand Story, sin embargo, no se queda aquí e introduce algunas ideas no tan habituales. Para empezar, su dificultad es seguramente de las más elevadas de su catálogo. Con poco que envidiar a exponentes del berrinche y el siroco como son Ghouls’n Ghosts o Mega Man, de la entonces exigentísima Capcom, The NewZealand Story estaba hecho para atraer a gente de toda edad, pero también para hacer llorar a adultos hechos y derechos. Por otro lado, sus jefes de nivel son tremendamente raros.

Raros como enfrentarse a una ballena congelada que nos traga y a la que hay que reventar desde dentro. Y por último, entre todos los colorines, seres rechonchos y algarabía, hay un cierto final que muestra un lado un tanto deprimente del juego. Y es que el acceso a una zona oculta requiere que Tiki muera entre determinados niveles del juego y su alma suba al Cielo, que es justo donde transcurre este nivel. En el otro barrio hay una salida para regresar a la Tierra y seguir donde nos despedimos de este mundo, pero si no damos con ella, al concluir el nivel se nos muestra un deprimente mensaje que deja implícito que Tiki es kiwi muerto y que jamás cumplió su misión.

Jugar a The NewZealand Story hace un cuarto de siglo, año arriba, año abajo, preferiblemente en recreativa pero vale alguna de sus muchas versiones domésticas, es de esas cosas que acaba dejando huella. Tanto por su diseño visual como por su pegadiza melodía, que se instala en el cerebro hasta el fin de los tiempos, pero sobre todo por la diversión que ofrece. Y eso pese a tener una dificultad que raya lo permitido por las asociaciones de derechos humanos. Pero es que mira esas caritas de pájaros regordetes. ¿Cómo decirles que no?

Juan Elías Fernández

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No te quedes solo en el juego:


Canción: Maria Jesús – Los Pajaritos
 

Juan Montes

Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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