El héroe del pelo rosa

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A finales de la década de los noventa, cuando parecía que los juegos de plataformas ya eran un género totalmente quemado, Whoopee Camp dio una lección de creatividad y frescura con Tombi, un juego tan extraño como divertido y visualmente distintivo.

Vaya mala prensa que se están labrando los cerdos últimamente, así sin comerlo ni beberlo. La reputación les viene principalmente por Angry Birds, y no es para menos, es que está muy feo eso de robar huevos así porque sí. Los puercos, admitámoslo, son animales que resultan propicios para ejercer de malos por un lado y de carne de cañón por otro. Da lo mismo que sea a base de lanzarles pajarracos con un tirachinas gigante que de ser arrojados por los aires con una rara pirueta por una especie de individuo asilvestrado de pelo rosa. Nuestros porcinos adversarios ya sirvieron de antítesis en el juego Tombi, uno de los títulos de plataformas que mayor huella dejó ya por la época de la primera PlayStation.

El caso de Tombi es uno de aquellos que convalidan directamente con el status de juego de culto. Sus desarrolladores, Whoopee Camp, no es que fueran precisamente famosos, de hecho eran completos desconocidos. Precisamente Tombi, originalmente llamado Ore! Tomba en Japón y Tomba! En Estados Unidos, era su primer juego. Y quiso la desgracia que solo hubiera un segundo, precisamente la secuela de éste, antes de que la compañía terminara su corta vida echando un triste cierre. Y como suele pasar en estos casos, la ironía acaba siendo, al final, la reina de la fiesta. A posteriori, pese a recibir buenas críticas por parte de los medios pero recibir menos ventas de las merecidas, Tombi ha terminado por convertirse en uno de esos juegos que se recuerdan con cierta nostalgia en las charlas entre aficionados.



Hay un por qué para ello, claro está. Sobre el papel, no resultaría extraño ver por qué este juego, empeñado en anclarse a un género caduco como el de las plataformas, se la pegó comercialmente de no ser porque Tombi es de esos juegos que esconden muchísimo más de lo que se ve a simple vista. No estamos hablando únicamente de un juego en el que correr y brincar sin apenas parar lo sea todo, sino que Whoopee Camp supo incluir y mezclar magistralmente otros elementos, algunos directamente sacados de los RPGs, como para poder fascinar y divertir al público a partes iguales, aún con efecto retardado.

Pero entendamos mejor lo que tenemos entre manos ilustrándolo un poco. Tombi es vuesto hombre salvaje habitual, por tanto un macho inclinado a la acción, de los de atizar primero, luego atizar una segunda vez por si acaso y por último, ya si eso, preguntar. El objetivo favorito de las trifulcas de este buen hombre son, como no, los cerdos, pero en esta ocasión hay excusa: se trata de cerdos malvados, lo suficiente como para robar el brazalete dorado de Tombi que le fue legado por su abuelo. La búsqueda de esta reliquia familiar llevará a este héroe de rosada cabellera emprender la búsqueda de siete marranos diabólicos que son los causantes de sus desgracias y confinarlos en sus respectivos sacos. Y si esto os parece fuera de lo normal, aún no habéis leído nada.

Durante el viaje de Tombi, y pese a que el objetivo principal será encontrar el mencionado brazalete, conoceríamos a gente la mar de extraña con sus propios y numerosos problemas y peticiones, las cuales pasarían a ser parte de las numerosas búsquedas que, de nuevo imitando al género de los RPGs, podríamos realizar en el juego. Éstas saltan ante nuestros ojos en forma de eventos que deberemos solucionar para seguir avanzando en la aventura. Por ejemplo, poco después de empezar nos toparemos con un estrambótico señor que nos habla de una niebla que nos cierra el paso. Y en efecto, hay una densa niebla más adelante que imposibilita nuestro avance. Si tan solo este caballero tuviera una cosa que pidió por catálogo… ¿Por qué no ir a recogerla a su buzón mientras por el camino damos buena cuenta de cerdos e interactuamos con otros elementos? El objeto resulta ser, oh maravilla, un Tornado Furioso, sí, como leéis, un Tornado Furioso, que debidamente usado barrerá la niebla permitiéndonos proseguir. Y esto son solo los primeros minutos de juego.

Todo en Tombi tiene un aire ligeramente surrealista, absurdo, pero a la par encantador. Desde los diálogos que tengamos con la gente que nos vayamos encontrando (el primero incluso le preguntará a Tombi si su color de pelo es natural o se lo tiñe) hasta las propias situaciones en las que nos veamos envueltos, con un glorioso momento de “tira del dedo” o con la satisfacción de obtener una sombrilla de manos de un mono por devolverle sus pantalones perdidos, algo que servidor jamás podrá agradecer lo bastante a Whoopee Camp por la oportunidad de poder describir una situación como esa en un artículo. Todo es mejor con monos, amigos, Tombi es la prueba.

En cuanto a su jugabilidad, pese a que el juego grita orgulloso y a pleno pulmón que es un juego diseñado según los sacrosantos patrones de los arcades en 2D, sus escenarios en 3D hicieron que viésemos lo que nos habíamos estado perdiendo por renunciar a la profundidad. Tombi es capaz de saltar hacia el fondo del escenario para agarrarse cual lapa a pareder u otros elementos y trepar por ellos, dando lugar a zooms y movimientos de cámara poco habituales en este tipo de juegos. Tampoco era común el que un título que por momentos parece un action RPG, como de hecho es posible que sea realmente, esté bien trufado de movimientos y posibilidades para su protagonista, tanto con su habilidad para el salto como con el uso de sus armas secundarias como una maza o unos boomerangs. Llevaremos hasta un inventario, que se guardará en el propio buche de Tombi, ya que el muy bestia no dudará en zamparse cualquier objeto que pille para luego regurgitarlo íntegro sin complejos.

Tombi tiene dos grandes acompañamientos. En el aspecto visual, al colorido de juego y sus diseños de corte clásico hay que sumar unas secuencias intermedias de animación en las que se nos irá relatando la historia conforme avancemos. Estas secuencias mezclan animación tradicional con elementos generados por CGI y contienen una técnica de coloreado que le da un aspecto realmente distintivo. Nuestros oídos también son regalados con una banda sonora acorde con el juego, es decir, rara pero condenadamente pegadiza. Y es que todo en Tombi nos invita a jugarlo una y otra vez, incluso aunque en ciertos momentos nos quedemos atascados y nos entre el antojo de imitar a su protagonista y subirnos por las paredes.



Pese a que Tombi fue uno de esos juegos incomprendidos en su momento, los fans ahora lo recuerdan como el gran juego de PlayStation que realmente fue y no se supo apreciar. Por fortuna, Tombi no ha dicho la última palabra todavía ya que aunque la prematura muerte de Whoopee Camp hizo que se retiraran los ejemplares de las tiendas y conseguir un ejemplar pasase a ser misión delicada si no imposible, aún podemos disfrutar de él en formato digital gracias a los Clásicos de PS One de la Store de PlayStation Network, donde se puede encontrar ahora mismo bajo su título americano Tomba! por 7,99€, y nosotros decimos: ¿qué es eso comparado con la satisfacción de devolverle los pantalones a un mono?


Juan Elías Fernández

 

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No te quedes solo en el juego:

Película: George de la Jungla, de Sam Weisman

Canción: Baltimora – Tarzan Boy

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