Los supercamorristas

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Data East vuelve a unos derroteros similares a los que recorría en Bad Dudes vs Dragon Ninja, pero lo hace en un futuro distante y en una Nueva York devastada y asolada por criminales mutantes. Nada que no se solucione con una buena ración de nudillos en recreativa y Mega Drive.

Los juegos del género beat’em up seguramente los hayas conocido con el apodo de “yo contra el barrio”, porque básicamente es eso lo que pasaba en ellos. Que el protagonista, por lo general un jovenzuelo rebelde y con un serio problema de agresividad, se veía impelido a partirse la cara con todos cuanto le salieran al paso para rescatar a su novia, a algún amigo o al mismísimo presidente de los Estados Unidos para ir a tomarse una hamburguesa. Generalmente, a este protagonista le solía acompañar, como poco, un sosías prácticamente idéntico que hacía las veces de segundo jugador, hasta que juegos como Final Fight o Crime Fighters dieron una nota de color y variedad a la pandilla de justicieros a nuestra disposición.

Esto está bien para las peligrosas calles de un suburbio cualquiera de finales de los ochenta, donde acechan los punkies y los tipos con chalecos de cuero raídas y gafas de sol que sin mediar palabra van a intentar aplastar la cabeza de nuestros héroes. Pero si así están las cosas en el moderno y conocido presente de, pongamos, 1991 ¿cómo estarían en el lejano 2030 y con una ristra de explosiones atómicas de por medio, que como todo el mundo sabe son causa de aparición de guerreros del asfalto y mutantes grotescos y deformes? Data East decidió asomarse a este terreno y darnos la respuesta de la mejor forma que sabían, con un juego bastante pasado de rosca.



En 1988. Data East se había anotado un gran tanto en los salones arcade con Bad Dudes vs Dragon Ninja, un juego que por tomarse más bien nada en serio a sí mismo acabó por alcanzar altas cotas de popularidad. Recapitulando, dos tipos duros y muy malos, pero que muy malos, eran reclutados por el gobierno de los Estados Unidos para rescatar al presidente Ronnie, porque solo uno o dos tíos lo bastante malos podían cumplir esta misión frente al peligroso clan del misterioso y mortal Dragon Ninja. La cuestión es si eres un tío lo bastante malo para rescatar a Ronnie e irse luego todos juntos de merendola a echar unos Big Macs. Como la jugada le salió bien, tres años después Data East dobló la apuesta.

Al final lo de rescatar al presidente de una organización dirigida por un ninja con superpoderes, pues chico, que se queda desfasado. Acabamos de entrar en los noventa y todo ha de ser más radical y extremo en esta especie de medio heredero espiritual. Así que en lugar de un rescate presidencial en 1988, marchando un holocausto nuclear en la Nueva York de comienzos del siglo XXI. Porque si los ninjas eran un género popular, el postapocalipsis tampoco le iba mucho a la zaga. Y como aquí ya no bastaba con ser malo, la solución pasaba por dos tíos brutos. Justo lo que reza su título en la versión doméstica, Two Crude Dudes



En el año 2010, la ciudad de Nueva York se vió asolada por una serie de ataques nucleares que dejaron la gran urbe en ruinas. Convertida en un cementerio devastado, la Gran Manzana que conocemos ha pasado a la historia y es una zona no habitable. Pero 20 años después, en el 2030, comienza a perfilarse una nuevas composición de gobierno. Las incipientes fuerzas vivas tienen un plan de reconstrucción para la nueva Nueva York. Pero hay un problema, y es que ahora es el dominio de una banda llamada Big Valley, que planea convertir la antaño gloriosa ciudad en su territorio con la ayuda de sus recursos militares, su poder de fuego y sus líderes mutados con increíbles habilidades. Los Crude Busters, dos musculosos tipos de rocoso mentón y dura pegada, son la única esperanza de que Nueva York vuelva a ser la ciudad que nunca duerme.

Crude Buster, el título que recibió la máquina recreativa de Data East, no necesita mucho más que darle un vistazo para tener bien claro lo que hay entre manos. Una vez más, el algodón no engaña, y si Bad Dudes vs Dragon Ninja era una excusa para divertirse con un beat’em up descontrolado basado en el género de moda en las pelis de acción cayendo casi hasta en lo autoparódico, este alumno aventajado tiene incluso menos complejos todavía. Tanto Crude Buster como su conversión a Mega Drive, Two Crude Dudes, siguen muchos de los esquemas de Dragon Ninja. Dos personajes capaces de repartir puñetazos y patadas a diferentes alturas y de servirse de objetos recogidos del suelo para emplearlos como armas contra una legión de lo peorcito que puede ofrecer un páramo radiactivo en este caso. De hecho, el control en ambos es bastante similar, aunque Crude Buster/Two Crude Dudes se refocila especialmente en una maniobra de la que su precursor carecía. Dos si contamos rodar por el suelo, que siempre viene bien.

Y es que para qué querríamos tener a dos trasuntos de Arnold Schwarzenegger como sendos armarios empotrados si éstos no hicieran gala de su poderío físico desoyendo los consejos que toda madre ha dado alguna vez y recogiendo las cosas del suelo para lanzarlas. Ya sean escombros, tuberías, vigas, coches o hasta los propios enemigos, en Two Crude Dudes la mitad del tiempo nos la podemos pasar perfectamente levantando algo por encima de la cabeza presto a ser lanzado o empleado como arma para atizar garrotazos o latigazos. ¿Se te resiste un vehículo aéreo que no deja de transportar enemigos a la refriega? Pues cógelo y mándalo a la porra, como haría cualquier Mr. T de la vida. Ojalá todo tuviera tan fácil arreglo.

El juego en sí la verdad es que no es ninguna revolución, pero cumplir cumple lo suyo. No es que vaya a inventar nada que no se haya visto ya, es el clásico arcade de saltar y golpear, y ahí todo está en orden. Es más bien el trasfondo y la ambientación donde más se sostiene el juego. Visualmente, no puede negar montones de influencias estéticas de la más casposa serie B, por lo que no faltan ni los grafittis en las paredes a medio derruir, porque que haya un apocalipsis no quita para que muera el arte urbano, ni los parajes destartalados ni por supuesto una desfile de monstruos de feria reminiscentes de querer jugar con la fisión atómica más de la cuenta. Que no te engañen los primeros sicarios de aspecto relativamente presentable, porque luego vendrán enanos jorobados saltarines, tipos orondos con la misma afición al agarre de nuestros protagonistas, gente embutida en trajes aislantes con un lanzallamas a cuestas, esbirros que lanzan granadas, punks que atacan arrojando una especie de frisbee con pinchos y enormes perros de presa, entre otros.



Pero los que nos recuerdan que estamos en una parte del mundo que se ha ido por el sumidero son, como no podía ser de otra forma, los jefes de nivel. Los verdaderos engendros de la naturaleza son los que aguardan para repartir mayor castigo, y nos podremos encontrar con elementos como un tipo espigado con los brazos alargados y guadañas en lugar de manos que se comportará como una verdadera mantis humana, un gigantón amante de las serpientes o un hombre rinoceronte bastante feo que se empleará a fondo para ensartar a los héroes en su cornamenta.

Aunque la conversión para Mega Drive se deja algunos detalles por el camino, incorpora una especie de fase de bonus entre niveles que en la recreativa solamente es una secuencia animada para tomarse un respiro hasta volver a la refriega. En el arcade, nuestro mostrenco se sirve a trompazos una lata de Power Cola de una máquina expendedora por un trabajo bien hecho, pero en Mega Drive tenemos 30 segundos para desatar nuestro lado vándalo y sacar a golpes todas las latas que podamos, porque cada una nos recupera una pequeña porción de salud. De esta manera, nuestro Crude Buster puede recargar las pilas para seguir dando leña.

Es el tipo de desfase del que hace gala el juego sin ninguna vergüenza, de hecho se revuelca en estas cosas con una facilidad que casi recuerda al 1999: Rescate en Los Ángeles de John Carpenter y su momentazo surf. Es extremo, es radical y mola, son los mismos tres pilares en los que se apoya Two Crude Dudes. Es un juego que plantea una situación extrema, tiene gráficos muy vistosos pero claramente más propios de la caricatura, apoyados por onomatopeyas para los golpes como si del Batman de los 60 se tratase; cuenta con una banda sonora correcta y solamente aspira a divertir a miles de adolescentes en sus casas o en los recreativos, en un momento en el que las versiones domésticas de estos juegos, recordemos que Super Nintendo usaba Final Fight como particular caballo de batalla en su lanzamiento, estaban en demanda. Porque una cosa es verse America 3000 o el Cyborg de Van Damme, si es que alguien tiene los suficientes redaños, y otra ponerse a los mandos y repartir manteca en pro de Nueva York. Lo cierto es que unos son el complemento ideal para el otro para una tarde donde no tengamos precisamente cuerpo de Góngora ni de Faulkner. Tampoco está mal divertirse tras el apocalipsis.

Juan Elías Fernández

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Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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