25 años de Mega Drive

Un cuarto de siglo no se cumple todos los días. Dicho así puede parecer mucho, pero si hablamos de un sistema de videojuegos, se antoja una edad ya venerable. Los que vivimos la explosión de los 16 bits celebramos ayer el 25 cumpleaños de Mega Drive, la consola negra de Sega, con recuerdos como éstos que os vamos a contar.

Cómo pasa el tiempo, amigos. Parece que fue ayer cuando estábamos en casa de ese amigo nuestro de clase jugando, por ejemplo, al FIFA y hoy resulta que la consola en la que nos disputábamos el Mundial cuenta más de dos décadas.. Claro, leyendo esta frase de nuevo pensaréis “Un momento, ¿cómo que 25 años? ¡Pero si fue ayer!”. Sí, pero es que nosotros nos referimos a FIFA International Soccer, al original, al que descubrimos muchos en una Mega Drive de Sega, la máquina negra que nos introdujo de cabeza en la era de los 16 bits con este y otros cartuchos memorables.

Seguro que los lectores que ya soplen un buen puñado de velas en sus cumpleaños recordarán esa fabulosa sensación al ver anuncios en televisión o prensa, o directamente al contemplar la consola en acción en los comercios o en casa de algún afortunado propietario. Era esa oleada de asombro, combinada con un leve cosquilleo que ascendía por la columna vertebral mientras los párpados se abrían todo lo que daban de sí y la mandíbula se dejaba caer para que, casi inconscientemente, pronunciásemos La Frase. Así, con mayúsculas. Y La Frase no era otra que la siguiente: “Es como una recreativa…”.

Buena parte de culpa la tenían las adaptaciones que Sega introdujo hábilmente en su catálogo y que acompañó la llegada y primeros años de Mega Drive con algunos títulos que el jugador más dedicado ya conocía de los salones recreativos. Jugar a Golden Axe, Altered Beast o Super Hang On es, seguro, un recuerdo muy preciado de quienes se estrenaron en el entretenimiento doméstico con esta consola. Pero aunque en España el pastel de los 16 bits en el salón estaba todavía por repartir para cuando hizo su aparición, su lanzamiento en su país de origen fue otra historia muy diferente.

Nacida de la fusión de las empresas Service Games y Rosen Enterprises, Sega tuvo un ojo puesto en sus orígenes estadounidenses a la hora de decidir entrar al trapo de la industria del ocio electrónico. Lo que estaba entusiasmando a los chavales americanos eran esas máquinas arcade, en las que se dejaban cantidades de dinero que en algunos casos llegaban a ser obscenas. Y en Japón no eran algo extraño ni mucho menos, baste recordar aquella supuesta escasez de monedas que se produjo por culpa de Taito y su Space Invaders. Sea cierto o no, los marcianitos, benditos sean, marcaban el camino a seguir, de modo que Sega no se quedó de brazos cruzados y comenzó a desarrollar juegos tanto domésticos como destinados a los salones arcade. Tras el enorme batacazo, casi mortal, que se dio la industria en 1983, Sega tomó nota de los movimientos de Nintendo y su Famicom Disk System, posteriormente comercializado como el todopoderoso Nintendo Entertaintment System en los mercados occidentales. Hayao Nakayama, al frente por aquel entonces de la oficina japonesa de la compañía, vio que ahí había tela que cortar.

Así, el mercado doméstico japonés recibió la SG-1000, la primera consola doméstica de la compañía… que se quedó con dos palmos de narices. Era difícil entrar de cabeza a un mercado que ya estaba dominado, sojuzgado y gobernado con mano de hierro por Nintendo, incluso con una revisión posterior como fue la Mark III, rebautizada como Master System para su exportación, y un catálogo con no pocas conversiones de recreativas. Pero las estocadas de Sega seguían pinchando en hueso. Se imponía un cambio de táctica y el explorar nuevas posibilidades, y lo cierto es que la placa System 16 que Sega estaba usando para sus arcades estaba triunfando de lo lindo. Dicen que se van a llevar los 16 bits, pensaron los directivos de la compañía…

La nueva consola, más potente que la temida Famicom, estaba ya en marcha. Pero debían darse prisa y estar ágiles para colocarla en los hogares porque NEC ya les había ganado la mano en este campo con la primera consola doméstica de 16 bits que vio la luz. La PC Engine, en realidad, no era un sistema de 16 bits puros, pero su popularidad en Japón subía como la espuma. Si Sega conseguía tomar esa referencia y mejorarla para luego adelantarse en otros territorios, su posición en la industria daría un salto significativo, pero para ello hacía falta distribución. Atari parecía dispuesta a ello. La empresa de Jack Tramiel era una de las veteranas de los videojuegos y uno de sus primeros grandes nombres, pero por desgracia para Sega ya tenían sus propios planes con el Atari ST, un ordenador de, qué coincidencia, 16 bits. El futuro está en los ordenadores, decían, ese Commodore Amiga tiene muy buena pinta y hay que hacerle sombra mientras se pueda. Sega tuvo que proceder por su cuenta y riesgo, y de sus propios medios llegó en 1988 para Japón la consola Sega Mega Drive. Un año después, en 1989, la máquina negra desembarcaría en Estados Unidos, pero por motivos legales tuvo que pasar a llamarse Sega Genesis. En Europa, donde hizo pie en 1990, no le hizo falta seudónimo y llegó con su nombre real.

Con un mando más robusto y muy diferente del de esa NES que le llevaba a mal traer en las listas de ventas, Mega Drive puso a los jugadores frente a la artillería pesada de los estudios de software de sus responsables durante la que posiblemente haya sido su mejor época a nivel doméstico. Estamos hablando de una generación de consolas, la cuarta, en donde con el paso de los de Osaka y su fontanero a los 16 bits, la guerra entre Nintendo y Sega pasó a ser totalmente abierta, a cara de perro, y a recrudecerse en los terrenos del marketing con agresivas propagandas en donde las puyas entre una y otra volaban por doquier.

Los anuncios de Mega Drive dejaron frases que todavía hoy son recordadas por los usuarios de aquel entonces: “Sega does what NintenDON’T” (Sega hace lo que Nintendo no hace). “To be this good takes ages. To be this good takes Sega” (Para ser así de bueno hacen falta eras. Para ser así de bueno hace falta Sega”). Si Nintendo promocionaba su consola con un cartucho de Street Fighter II, el vendeconsolas de la época, Sega contraatacaba con Street Fighter II’: Champion Edition. Posteriormente, Nintendo se aseguró una conversión de Super Street Fighter II de 32 megabits de capacidad. 32 megas en un solo cartucho, la repanocha. A Sega le daba igual. El suyo iba a tener 40 megas. Lo que Sega no quería era que su público perdiese jamás esa percepción de que Mega Drive podía plantarle cara a Super Nintendo cuando quisiera y donde quisiera, aunque las especificaciones técnicas y las comparaciones entre ciertos títulos multiplataforma dijeran cosas muy distintas. 

Lo cierto es que la lucha era un tanto desigual. Pero Mega Drive iba a luchar como un jabato y a lanzar sus mejores golpes en forma de juegos. No buenos, eso no bastaba. Tenían que ser excelentes. Tenían que ser como ese Sonic The Hedgehog que daba un nuevo sentido al término “veloz” dentro de los videojuegos. O como Streets of Rage 2, que elevaba el beat’em up a la categoría de arte. Casi lo mismo lograron Alien Soldier y Gunstar Heroes con los run ’n gun. EA Sports contribuía con sus simuladores deportivos y en el terreno de los JRPG, Phantasy Star mantenía viva la llama. Y por el camino fueron llegando Rocket Knight Adventures, Shinobi III, Ristar, Dynamite Headdy, Moonwalker, Columns, Ghouls ‘n Ghosts, Lemmings, Castlevania: The New Generation, Contra Hard Corps, Quackshot, Virtua Racing…

Tras haber tenido varias revisiones, una conversión en consola portátil llamada Nomad y otra en ordenador personal bajo el nombre de Teradrive, los últimos días de Mega Drive estuvieron marcados por dos añadidos destinados a alargar artificialmente la vida de una consola que había servido con honores y que ya se merecía un relevo. La era de los polígonos y los 32 bits estaba a la vuelta de la esquina, pero Sega se resistía a enterrar su sistema. En su lugar le conectó el Mega CD, un lector de discos compactos que permitía, al estilo del PC Engine Duo de NEC, cargar juegos de mayor capacidad con secuencias de vídeo digitalizadas, lo que daba pie a un nuevo tipo de juegos como Night Trap o Road Blaster en los que mediante la pulsación concreta en el momento adecuado se desencadenaba una acción que reproducía una secuencia u otra. Más capacidad no conlleva más potencia, así que el 32X trató de solucionar eso. El resultado era una especie de conglomerado aparatoso que no resultó del agrado de un público que ya se dejaba seducir por una quinta generación de consolas que iba a tener nuevos contendientes en disputa.

Finalmente, Mega Drive tuvo que ceder el testigo a Saturn en 1994. A sus espaldas, 6 grandes años, quizá los mejores en la historia de Sega en lo que a sistemas domésticos se refiere, repletos de verdaderos juegazos que han sido versionados en más de una ocasión para las plataformas de la actual y de la anterior generación, y apostaríamos a que alguno que otro veremos en la que nos viene. Una trayectoria que comenzó hace 25 años tal día como ayer y que ha significado que hoy sea un dispositivo memorable que aún es recordado con cariño. No es algo que puedan decir todos, ni con tanta justicia. Mega Drive resultó ser realmente Mega y nos dio sus mejores años para que dieran color a los nuestros. Y es que para ser así de bueno, hacía falta Sega.

Juan Elías Fernández

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