Dark Souls: Así fue como el herrero Andre de Astora arruinó mi partida de la forma más absurda

Hay videojuegos y videojuegos. Y Dark Souls es uno de esos que llevan al límite la paciencia de cada jugador que tenga la osadía de adentrarse en su universo. Nunca pensé que sería uno de esos “huecos” o no muertos que se introduciría en Lordran para emprender una aventura contra la habilidad y los nervios. Corría el año 2014 cuando, por primera vez, y tras la presión de varios amigos, decidí que era hora de darle una oportunidad a la gran obra de From Software. Algo tarde, sí, pero después de lo que viví en esos primeros días, casi que hubiera preferido esperar unos años más.

Como supongo que le ocurrirá a todo el mundo que juega por primera vez a Dark Souls comencé el juego con mucha cautela. Escudo arriba, paso, paso, paso, escudo arriba. Una secuencia que se repetía constantemente y me obligaba a permanecer con los cinco sentidos en alerta hacia la pantalla. Conseguí avanzar con pocas dificultades por el Burgo de los No Muertos, seguir hasta el Santuario del Enlace de Fuego e incluso ascender con soltura hacia la Parroquia de los No Muertos. Todo ello con el esfuerzo justo, avanzaba a buen ritmo.

Cuando vencí a las gárgolas y toqué la primera de las campanas experimenté una gran satisfacción. Estaba superando con ligereza uno de los videojuegos más difíciles de la historia, según la crítica y el público. Como suele ocurrir en estos casos, me vine arriba: empecé a comentar a los amigos que me convencieron para jugarlo que Dark Souls era un juego más, una secuencia de ensayo y error y que solo había que fijarse en el patrón de ataques de los enemigos. Por supuesto, el karma tenía que devolverme la soberbia, pero no esperaba que lo hiciera de la manera más ridícula y humillante que implementó From Software en su jueguecito.

Tras internarme en el Jardín Tenebroso y vencer a la Mariposa Lunar, regresé sobre mis pasos con la intención de hacer frente a Sif el Gran Lobo Gris, algo para lo que requería una preparación mayor de la que disponía en ese momento. Así que decidí hacerle una visita al bueno de Andre de Astora, el herrero de la Parroquia de los No Muertos, siempre tan servicial y amigable. Fue el mayor error de mi partida. De hecho, ahí fue donde terminó la aventura de aquel pobre piromántico que pretendía comerse el mundo.

Cuando me acerqué a Andre para reparar mi equipo y mejorar algunas de las armas, mi dedo decidió escurrirse hacia el botón de ataque con tal tino que golpeó a Andre de lleno con la estocada. Lo que vino después es lo más tenso que haya podido vivir junto a un videojuego en los últimos años. No supe reaccionar: Andre se levantó, soltó un par de improperios y preparó los puños para dejarle la cara como un mapa al piromántico. Como os obvio, no deseaba matarlo, así que intenté huir por las escaleras para alcanzar la hoguera más cercana, pero fue inútil. El herrero me cerró el paso y acribilló a mi personaje con sus puños. La pantalla de “Has muertos” más ridículo de la historia; de mi historia, al menos.

Cuando regresé a la hoguera anterior, pensé que todo había pasado. Así que volví a bajar las escaleras con la esperanza de encontrar a Andre forjando como siempre, aunque al no escuchar el sonido del martillo contra el acero y el yunque, comencé a preocuparme. Y, en efecto, allí estaba Andre, esperándome con sus puños de hierro para volver a mandar al piromántico de vuelta a la muerte. Sí, me volvió a matar. Una y otra vez. Lo suficiente para que tuviera que plantearme que no iba a poder vencerlo, así que la opción más sensata sería correr y escapar de allí. Algo que pareció una buena solución en su momento; ahora, sabiendo que todo el mapa de Dark Souls está interconectado, sé que era algo inútil. Aun así, conseguí pasar de largo y volver camino hacia el Jardín Tenebroso, aunque había olvidado al demonio de titanita que se encontraba justo en la sala inferior. Estaba rodeado: si no me mataba Andre, lo hacía el demonio de titanita. No sé cuántas veces perecí en aquella estancia, pero fueron muchas.

Hasta que finalmente conseguí esquivarlos a ambos y, como una centella, me dirigí a la puerta tras la que se encuentra Sif el Gran Lobo Gris. Pero para aumentar la mala suerte, al desconocer el mapa, llegué a la Cuenca Tenebrosa. Conseguí avanzar a duras penas, hasta que me topé con un Caballero Negro, ¡el alabardero! El combate fue ridículo, intenté cogerle la espalda para vencerlo con facilidad y con dos envites consiguió que mordiera el polvo. No me preocupé en exceso en ese instante, sabía que podía hacerle frente. Al menos, hasta que me di cuenta del enésimo error que había cometido…

El momento en el que decidí apagar la consola llegó cuando fui consciente de que no descansé en la hoguera del Jardín Tenebroso. Así que allí estaba de nuevo, con Andre y sus puños esperándome bajo las escaleras, el demonio de titanita deseando electrificarle el culo a mi piromántico y un largo camino hasta volver a encontrarme con el maldito Caballero Negro que había protagonizado mi última muerte. Tiempo después supe que podría haber regresado hasta el enlace y escoger otros caminos más placenteros y avanzar lo suficiente hasta que esa zona fuera un paseo. Pero eso sucedió en mi segunda partida, cuando conseguí llegar hasta Gwyn y reavivar la llama. Para eso han tenido que pasar casi tres años hasta que volviera a tocar el juego desde aquella fatídica primera toma de contacto. Tampoco hubo nadie con piedad que me informara de que existe un Perdonador en el juego para estas situaciones.

Mientras tanto, el pobre piromántico sigue descansando en aquella hoguera de la Parroquia de los No Muertos por mi extrema torpeza esperando para ser el No Muerto elegido. Al menos aprendió una valiosa lección de Dark Souls: nunca le toques los NPCs a From Software.

 

Juan Montes

Comunicador y apasionado de los videojuegos de aventuras, rol y plataformas. Crecí junto a un marsupial y blandiendo la llave espada; ahora acompaño a cazarrecompensas, asaltatumbas y luciérnagas con la misma pasión.
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