Diablo, la saga. Las raíces del infierno.

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Cuando hoy en día nos encontramos con un juego como Torchlight, con su planteamiento, nos parece prácticamente un clásico. Pero lo cierto es que este esquema, creado por Blizzard allá por 1996, supuso algo rompedor en su momento. Algo que ha convertido a Diablo en una de las series de rol más jugadas de la historia. Y en un grande entre los grandes, claro.

El concepto básico de este mítico juego es, en principio, sencillo. Lo fue también cuando vio la luz en su momento, si bien aún así pudo convertirse en toda una influencia que sigue durando hasta nuestros días. Principalmente consistía en crear un personaje y recorrer un sinfín de mazmorras eliminando cientos de enemigos. Más o menos como en el clásico de los ocho bits Gauntlet, sólo que madurando su jugabilidad y haciéndola en gran medida online.

Para ello, Blizzard optó por una herramienta propia, el servidor Battle.net, que ponía en bandeja a los usuarios el jugar en red sin necesidad de sufrir ninguna complicación o pagar por ello. Por otro lado, el jugador podía elegir entre tres personajes ya más o menos clásicos dentro de la épica de corte medieval: el guerrero, la arquera y el mago. Cada uno de ellos con sus propias características: más habilidad en la lucha cuerpo a cuerpo, destreza en los enfrentamientos a distancia o una mayor facilidad para reponer magia.

La historia de Diablo, al igual que su jugabilidad, partía de un concepto relativamente básico, aunque tenebroso, fantástico y muy bien ambientado. El juego nos llevaba hasta el reino de Tristán, un lugar amenazado por el mismísimo Diablo y sus hordas demoníacas. Nuestro deber, claro, consistía en acabar con él, superando misiones y recorriendo lugares de manera aleatoria. De hecho, era esta otra de las características más innovadoras del juego, una mezcla entre la libertad de acción y lo imprevisible, pero también un objetivo final -te

rminar con Diablo-, que podíamos conseguir en unas diez o doce horas de juego. Algo relativamente rápido para lo que es este género.

Por supuesto, como gran juego de rol, el ir personalizando y equipando a nuestro personaje era uno de los elementos más divertidos de la aventura. Tanto si jugábamos acompañados, intercambiando armas y objetos, como si lo hacíamos solos y recurríamos a las tiendas o los ítems dejados por los enemigos vencidos. Todo ello expuesto de una manera que hoy en día -y tal vez ya entonces- podría parecer algo simple y repetitiva, pero que en la práctica resultaba tremendamente adictiva. Y es que su enorme equilibrio era otra de las virtudes de Diablo.

Y de su secuela.

Porque lo cierto es que, dentro del género, solamente un lanzamiento logró eclipsar e incluso superar el éxito de Diablo, y ese fue Diablo 2. Hablamos del año 2000, cuando el título vio la luz para PC y Mac.

Éste y su expansión –Lord of Destruction– supusieron una auténtica locura en su momento entre los usuarios de PC, a pesar de partir de un concepto muy similar al de la primera parte, ampliando aspectos como más razas de héroes entre los que elegir -hasta siete, por los tres del original- y un desarrollo dividido en diferentes actos. De nuevo el título resultaba realmente adictivo, tanto jugando en solitario como en línea con otros usuarios, y llegó a atrapar, ya decimos, a multitud de jugadores de ordenador, que han seguido fieles a él hasta prácticamente ahora, con Diablo III asomando cada vez más cerca en el horizonte.

Una última entrega que, por lo que hemos visto hasta ahora, repetirá una de las mayores filosofías de Blizzard: si algo va bien, no lo cambies. Aunque esto, Diablo 3, ya será otro capítulo en la historia de los videojuegos que aún tiene que contarse. De momento, nosotros nos quedamos con las dos primeras partes, su enorme influencia en el mundo de rol occidental, sus míticas partidas eliminando enemigos, superando misiones y evolucionando a nuestros personajes… y, por supuesto, con esa música y ambientaciones que aún a día de hoy tenemos tan frescas al cerrar los ojos.

No sabemos qué futuro le espera a la serie Diablo, aunque parece que Diablo 3 volverá a ser un gran juego. Pero de lo que desde luego no hay duda es de que su nombre ya ha quedado para siempre incluido entre los grandes de este sector, y que su legado crece año tras año, generación tras generación.

 

Enrique Luque de Gregorio

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