Diez juegos clásicos tan raros que te llorarán los ojos

A veces lo extraño es también apasionante. Quizá esto lo tuvieran en cuenta algunos de los desarrolladores de los juegos que vamos a tratar a continuación, pero si fue así los hubo que se pasaron de frenada. Descendamos a los abismos de lo bizarro para rescatar diez juegos clásicos que os harán llevaros las manos a la cabeza.

Deus Ex Machina

9806

Que no os engañen las dos primeras palabras de su título, Deus Ex Machina no tiene nada que ver con la obra de Warren Spector ni con su puesta al día en manos de Square Enix. No, Deus Ex Machina es muy sui generis, por decirlo finamente. El término “raro” apenas le hace justicia, de hecho bien se le quedarían cortos otros términos como “chanante”, “tróspido” o “chiripitifláutico” incluso. Y es que Deus Ex Machina quiso trascender las propias barreras del videojuego desde nuestro tan amado como vetusto ZX Spectrum proponiendo una experiencia interactiva en forma de musical.

El juego data de 1984 y, para sortear las limitaciones técnicas, incluía una cinta adicional con su banda sonora, que el jugador debería reproducir desde un radiocasete al mismo tiempo que el juego para que le diera instrucciones acerca de cuándo pausar o reanudar la carga de éste. Además, contenía la música y narración de una historia acerca de la creación de una forma de vida artificial a raíz de un accidente de laboratorio, una nueva vida a la que deberíamos desarrollar tanto a nivel físico como mental a lo largo de todas las etapas de su vida y encauzarla hacia aspectos como el amor o la guerra a través de minijuegos tan simples como delirantes como hacer girar cadenas de ADN o guiar a nuestra “creación”, convertida en una especie de coloso, por un camino haciendo que asimile, en sentido literal, las palabras y conceptos que encuentra en él pasando por encima.

Deus Ex Machina no es un juego como para echarse una partidita por el simple placer de hacerlo, a menos que se tenga a la mano ansiolíticos y el teléfono de un psiquiatra por las posibles secuelas que provoque. Pero encarado objetivamente y con la mente tan abierta como para volverla del revés, no deja de ser una curiosidad la mar de interesante no solo por su fórmula, ciertamente original, sino también por un reparto de voces británicas verdaderamente estelares en su país de origen compuesto por músicos, actores y hasta historiadores, destacando entre ellos John Pertwee, el tercer actor en dar vida al Doctor en la serie de la BBC Doctor Who. Resumiendo: tenemos un juego musical para Spectrum a base de minijuegos abstractos con la voz del tercer Doctor. A ver quién da más.



Jet Set Willy

9803

Ay, estos ricachones. Qué gente tan deliciosamente extravagante, ¿verdad? No lo sabéis bien, en especial los nuevos ricos que obtienen la fama tras protagonizar un videojuego para 8 bits. Es verdad que nuestro amigo Willy se lo ganó a pulso con Manic Miner, uno de los juegos más destacados del catálogo de Spectrum y que se considera todo un hito en la industria. Inevitablemente, tras culminar con éxito su primera aventura, a Willy se le subió el éxito a la cabeza, junto con unas cuantas copas de más.

Y es que Willy, al que ahora Homer Simpson calificaría de muchimillonario, no ha tenido mejor ocurrencia que celebrar el paso a la buena vida con un fiestón de los que hacen antología. Ríanse ustedes de aquel guateque de Blake Edwards, de Proyecto X o de cualquiera de los Resacones sean donde sean, misa de doce todo comparado con la bacanal que Willy organiza en su recién comprada mansión y que la deja como si por allí hubiera pasado Atila, con multitud de objetos diseminados a lo largo y ancho de ésta. El problema es que Willy no está ahora para hacer limpieza, el pobre hombre solo quiere quitarse la chistera y la pajarita y tumbarse en la cama a dormirla, pero su señora ha dicho que hasta aquí hemos llegado y que si quiere irse al sobre antes va a tener que recoger todo.

Así que a Willy no le queda otra que recorrer las 60 pantallas de las que consta su propiedad y alrededores y recoger los objetos brillantes de cada una de ellas, teniendo que esquivar trampas mortales como pinchos, lanzas o dardos (no está uno tranquilo ni en su propia casa) así como a los surrealistas invitados que todavía quedan con ganas de juerga, y que abarcan desde pájaros a pies amputados o cabezas sonrientes con seis patitas. Y a todo esto, ¿qué clase de mansión tiene una lanzadera espacial en el tejado? ¿O un megaarbol, también en las alturas? ¡Hasta una entrada al inframundo! Jet Set Willy es también un juego que ha quedado para la posteridad, pero completarlo es lo más cercano a lo imposible. Más incluso que encontrarle sentido.



Bubbles

9809

El héroe de videojuego más extraño, pero también posiblemente el más pulcro que nos hayamos echado a la cara, bien podría ser el protagonista de Bubbles. No es un marine hipertrofiado, ni un grácil y simpático animalito saltarín. No, es simplemente una burbuja jabonosa que resbala por un fregadero. Como suena. Bubbles fue un arcade de la compañía Williams que de nuevo nos traslada a una época donde la palabra “originalidad” cobraba un sentido especial.

En Bubbles, teníamos que cumplir con nuestro papel desengrasante y desinfectante dando buena cuenta de la roña que se alojaba en el fregadero, con mucho cuidado de no irnos por el desagüe. Conforme limpiemos porquería, la burbuja aumentará de tamaño hasta el punto de desarrollar una cara y boca, algo que le permitirá aumentar su poder. Parece simple pero no lo es tanto, ya que no solo la grasilla es nuestro enemigo. También nos toparemos con hormiguitas que acuden a darse un festín, así como con cepillos errantes y cuchillas de afeitar que no nos facilitan nada nuestra labor y a las que, a menos que contemos con la citada boca, mejor no acercarse.

Para colmo de males, de tanto en tanto se colará una asquerosa cucaracha desde las tuberías. Por suerte para nuestro burbujeante amigo, también veremos pasar de tanto en tanto a una señora escoba en ristre (bruja, hada o profesional de la limpieza, las tres posibilidades son igual de bien recibidas) que nos cederá su instrumento para barrer, literalmente, a la citada cucaracha y al resto de plagas. Todo ello en una recreativa que pese a lo simple, incluso absurdo si se quiere, de su planteamiento, puede ofrecer raudales de diversión al estilo clásico.

 


Psycho Pigs UXB / Butasan

9808


¿Qué hacer si eres un cerdo y aún no te ha llegado el temido San Martín? Las posibilidades que la naturaleza ofrece a los gorrinos son variadas, desde revolcarse en un oloroso charco de fango a devorar berzas y bellotas como si no hubiera un mañana, cosa que seguramente acabe sucediendo de todas formas para deleite de algún fan del embutido. Pero hasta entre los puercos hay inconformistas que prefieren ir más allá, porque a ver, ¿quién querría hacer actividades propias de una piara corriente y moliente cuando podría liarse a bombazos al son de una genial música campestre?

Jaleco, con su arcade Butasan (Señor Cerdo, en japonés), el cual fue llevado a ordenadores domésticos bajo el título de Psycho Pigs UXB, nos planteó este escenario, el de montar la de Dios entre unos adorabilísimos y sumamente achuchables cerditos de colores que no tienen otra obsesión que volarse por los aires a bombazo limpio. Para ello, y a la señal de un arbitro para que todo esté debidamente en orden, los cochinillos podrán recoger cualquiera de las bombas dispersas por el escenario, con un número que indicará el número de segundos que faltan para que cada una de estas explote. Si conseguimos atizar a algún gorrino de lleno al lanzar una, ésta reventará directamente, pero si no es así dicho contador comenzará a ponerse en marcha, y cuando llegue a cero no querremos estar cerca.

Nuestras posibilidades de supervivencia aumentarán si estamos rápidos de reflejos para agacharnos en cuanto veamos venir alguna bomba, igual que si evitamos las explosiones en cadena o nos mantenemos fuera del alcance de ellas. Como es usual, algunos ítems nos facilitan la labor aumentando nuestra velocidad o provocando efectos como dejar fritos a los cerdos por la acción de un gas. En cada fase se nos presentará un nuevo modelo cromático de cochino que se unirá a la refriega, hasta que el corral vaya poblándose más y con cerdos de diferentes características. Es tan divertido como suena y ciertamente es un juego más que recomendable, aunque tristemente ya más que olvidado. Pero conste que esos cerditos dieron muchas horas de juego al que esto escribe en su Amstrad CPC. Quizá si algún alma caritativa rescatase esa licencia y le diese un pertinente lavado de cara y un componente online…



Exterminator

9805

“No era un vulgar operario de control de plagas. Él era… ¡El Exterminador!”. Con esta frase, cómo no deslizar esos buenos cinco duros para ver qué tal se las gastaba ese tal Exterminador de este arcade, del legendario fabricante de máquinas del millón Gottlieb. Suena a acción cruda, a algo épico… Bueno, no vamos a negar que el título cumple lo que promete. Exterminar, exterminamos. Pero con nuestras propias manos. Con las manos, a todos los efectos.

Exterminator nos conmina a librar una casa de la plaga de bichos varios que la asola. Pero esto lo haremos sin herramientas de ningún tipo, sino a la brava salvo por algún spray ocasional que obtendremos a modo de potenciador. El resto del tiempo, a manotazos y puñetazos, eso cuando los bicharracos se acerquen y se pongan a tiro. Pero ojo con la abeja, porque es capaz de picarnos y dejarnos escaldados. Raro ya de por sí con esta idea de juego, pero esperad porque la cosa se pone mejor: llegará un momento a base de recoger mejoras en que podremos disparar. Pero ¿no habíamos quedado en que nuestras manos iban a ser el arma principal? Precisamente. Dispararemos rayos desde los dedos índice de dichas manos. El hacer “piu piu” con la voz ya es opcional.

Puede que delirio, puede que genialidad, quizá mitad y mitad, Exterminator lo que sí puede decir es que aborda el género del shoot’em up desde otra óptica. La que proporcionan unas manos sin cuerpo alguno capaces de disparar láseres.



Cho Aniki

9807

Cuesta un poco decidir por dónde empezar a hablar de Cho Aniki (literalmente, “Super Hermano Mayor”). Se trata de un juego para PC Engine CD, relanzado posteriormente en la Consola Virtual de Wii. Una raza alienígena invade lo que supuestamente es nuestro mundo y corresponde a los dos protagonistas, Idaten y Benten, hacer las veces de nave justiciera y lanzarse volando a combatir a los invasores. En su labor podrán aumentar su potencia contando a su lado con un angelote, una especie de silueta humanoide azulada llamada Uminin o los que a la postre se han convertido en los personajes bandera de la serie en posteriores entregas: los musculados hermanos Samson y Adon, únicamente vestidos con un tanga.

De hecho, la presencia de señores de óptimo tono muscular y casi ninguna ropa es una constante tanto en Cho Aniki como en sus sucesores, es más, aparecerán cuando menos se espere sin venir a cuento. Pero no solo de homoerotismo vive este shooter. Tenemos otros delirios tan deliciosos como una nave espacial que es un cruce entre un submarino, un castillo, un cañón y el zombi gigante de Elvis, una locomotora con cara y brazos o una ostra gigante de cuyo interior asoma, lo adivinasteis, un señor musculoso en tanga.

Repetimos: este juego se publicó en la Consola Virtual de Wii, así que si no queréis perderos el desfile de hombres musculosos en tanga, ya sabéis qué hacer. Lo cierto es que el juego no está pero que nada mal, aunque su nivel de rareza está rozando los límites de toda escala conocida.



Frankie Goes To Hollywood

9804

Pues sí, hay un juego que comparte nombre con el famoso grupo de música techno que en los ochenta nos dejó ese temazo que es “Relax”. No es casualidad, es que se trata de una licencia de dicho grupo, y de hecho a lo largo de él reconoceremos partes de algunas de sus canciones. Pero vayamos por partes, porque lo que tenemos aquí es también un juego rocambolesco con ganas. A semejanza de Deus Ex Machina, también vamos a ser responsables de que en este caso una persona vaya desde Liverpool hasta Pleasuredome (la Cúpula del Placer) una vez que haya desarrollado al 99% los siguientes aspectos para convertirse en una persona completa: amor, sexo, guerra y fe.

Estos atributos, representados con iconos procedentes de las carátulas de los propios discos del grupo, progresarán cuando completemos determinados objetivos en un juego planteado como una especie de videoaventura de las de llevar y usar objetos en el momento adecuado, aunque, una vez más, sazonado con minijuegos que nos otorgarán puntos adicionales de placer. Y por si fuera poco esta tarea, nuestro protagonista se encuentra en un momento dado con que se ha producido un asesinato que debermos resolver.

Esto último lo haremos a través de las pistas que se nos comunicarán en el juego y que deberemos asociar para descartar sospechosos a la hora de hacer la acusación definitiva y señalar inquisidoramente a quien creamos que es el asesino. De acertar la acusación, recibiremos una gran inyección de puntos de placer que nos acercará más a Pleasuredome. Lo raro y conceptual de este juego hace que no sea en absoluto intuitivo y que ya en su época más de un jugador afrontara la primera pantalla como un marciano ante una langosta para al final poner su disco favorito de los Frankie y cargar otro juego más divertido.


Journey

9802

¡Otro grupo de música con juego propio! ¿Pero qué intrusismo es este? Y además, también es raro cual perro verde, amigos. En su descargo diremos que su factura técnica no está tan mal, que en aquella época (1983) en las recreativas prácticamente valía todo y que, caray, es Journey. Por desgracia, del resto de aspectos es difícil salvar algo. Se trata de una sucesión de minijuegos a cual más absurdo aunque con un objetivo loable, y es que cuando los Journey se disponían a dar un concierto, sus instrumentos han sido robados y diseminados por varios planetas, además del micro de su cantante, Steve Perry. Toca recuperarlos para que el planeta pueda vibrar al son de Separate Ways.

Viniendo de Midway, hay algo que siempre ha de reconocerse, y es que visualmente sus juegos destacaban por encima del resto por su colorido y su nivel de detalle. En este caso, cada uno de los Journey cuenta con su retrato digitalizado, y decimos bien, su retrato, porque eso es lo que es, una cara en blanco y negro recortada y puesta sobre un sprite en color para representar a Steve Perry, Neal Schon, Steve Smith, Jonathan Cain y Ross Valory. Como mención especial, hay que señalar que el mueble venía con un casete en su interior que reproducía en bucle un extracto de Separate Ways para darle más patina de autenticidad al juego, algo que es en este caso como echar azúcar al mar. Lo verdaderamente curioso es que los Journey ya tuvieron un juego en la consola Atari 2600 en el que tras terminar un concierto, el grupo debía huir como alma que lleva el diablo de groupies exaltadas, prensa, paparazzi y promotores sin escrúpulos. Ah, el mundo del espectáculo…



Monty Python’s Flying Circus

9801

Si grupos de música de los ochenta cuentan con su propio juego raro, ¿por qué no iban a tenerlo los maestros del absurdo? Monty Python’s Flying Circus era el juego oficial para ordenadores basado en el programa de televisión El circo volante de los Monty Python, y en el cual veíamos a uno de sus personajes, el señor Gumby, protagonista de algunos sketches animados que en su paso a los bits se convertía en el protagonista de un arcade de disparos en un mundo plagado de los elementos surrealistas surgidos de la mente de estos geniales cómicos.

La meta de Gumby es nada menos que recuperar sus sesos, repartidos por las diferentes fases del juego. Para ello, al comienzo de cada una de ellas, una máquina colocará la cabeza de Gumby en un cuerpo más adecuado para poder superar el desafío en condiciones, transformando al pobre hombre en un pez, un gallo o una bota saltadora con muelle. Todo vale si los Monty Python están por medio, y así será en este juego, donde lo asburdo es la norma, como debe de ser. Eso sí, es un juego frustrante, tanto que desearemos arrancarnos la cabeza como hace Gumby con tanta facilidad. Monty Python nos enseñó que nadie espera a la Inquisición Española, pero desde luego tampoco esperábamos semejante chifladura en nuestros ordenadores.



Jikyou Oshaberi Parodius

9800

Cualquier entrega de la saga Parodius, la autoparodia de Konami hacia su propio Gradius primero y ya en general y por el simple placer de hacerlo después, podría encajar sin problemas en este artículo. Pero el por qué elegimos Jikyou Oshaberi Parodius, juego que salió en Super Nintendo y PlayStation, por encima del resto es por dos únicos detalles. Uno: el juego tiene su propio presentador y comentarista. De hecho, ahí está el truco del Oshaberi (que vendría a significar “cháchara”) del título, y es que en una de las opciones del juego, que podemos activar o desactivar, se esconde la voz digitalizada de un nipón que nos radia y comenta los movimiento del personaje que hayamos elegido, por supuesto al estilo cómico y estrambótico de Parodius.

La otra es que los enemigos son, si cabe, incluso más pasados de rosca que en ediciones anteriores. Y si bien no puede faltar el panda metido a estrella del cante y baile que ya es un jefe recurrente en la serie, cuando superemos la fase del instituto y hagamos frente a esas colegialas gigantes nos daremos cuenta de que Konami no había superado aún los límites de su cordura. Solo los había borrado y pintado un par de kilómetros más allá. Añadámosle un nutrido plantel de personajes a elegir entre los que encontraremos un bebé capaz de disparar biberones, o a un esquema de persona llamado Koitsu montado en un avión de papel cuya mejora de escudo es un preservativo. Os juramos que esto es así. En suma, si Jikyou Oshaberi Parodius no es un juego de frenopático, no quisiéramos saber cuál lo es.

Y así termina nuestro recorrido por los dominios de la locura con estos diez juegos, diez, que exploran a fondo el significado del término “raro”. Lo cierto es que a pesar de su naturaleza particular, los hay que son altamente divertidos y muy recomendables. Para qué engañarnos, a veces el cuerpo también nos pide un poquito de locura. Como decía el filósofo, a veces miras al abismo y el abismo te reta a echar una partida. Quienes somos para decirle que no.

Juan Elías Fernández.

Publicaciones relacionadas

Cerrar