Gravity, una odisea de soledad

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Decían hace un buen puñado de años ya, en uno de los reclamos más interesantes que ha parido la historia del marketing cinematográfico aquello de que: "en el espacio nadie puede oír tus gritos". Si estás siendo perseguido por un Xenomorfo con sangre de ácido y una lengua que tiene boca a su vez, claro que el grito estaba asegurado, independientemente de quién lo oyese.

El último trabajo de Alfonso Cuarón, Gravity, que se estrena hoy mismo en cines y que nosotros ya hemos tenido la suerte de ver en las oficinas de Warner, a buen seguro os hará gritar por dentro sin la necesidad de criaturas extraterrestres, simplemente por el terror de la inmensidad del espacio.

Porque no sabemos vosotros, pero a quien esto suscribe hay dos cosas relativamente anodinas que nos dan verdadero pavor: el océano y su sin fin de profundidades y el dichoso espacio donde no tienes nada a lo que asirte.

Cuarón ha logrado algo en Gravity que hasta ahora solo había rozado un tal Kubrick con esa obra maestra indiscutible que es 2001, Una Odisea en el espacio: retratar la sensación que tendríamos si estuviéramos perdidos en el espacio. Y lo hace sin un exceso de efectismos, elementos artificiosos ni engaños de guión, simplemente mostrando qué pasa cuándo te quedas a la deriva en el espacio.

La película nos narra la odisea de dos astronautas encarnados por Sandra Bullock y George Clooney que están haciendo una misión de mantenimiento en una estación espacial y tratando de instalar un cacharro del que se supone que es especialista Bullock pero que ni nos interesa a nosotros, ni al director (un Mcguffin en toda regla, oiga).

Ella está viviendo su primera misión en el espacio y Clooney la última, para que os hagáis a la idea de las connotaciones narrativas que tendrá este hecho en cuanto las cosas se pongan difíciles y queden ambos perdidos en el espacio, sobreviviendo simplemente con sus trajes.

Gravity nos ofrece una primera hora de metraje que es una verdadera maravilla para los sentidos: es como subirse a una montaña rusa en un parque de atracciones pero sin que nos maree en demasía. Una experiencia que rara vez se ve en el cine y una de las películas que más tensión y más agarrado os tendrá a la butaca hasta a los más duchos en este tipo de propuestas.

Es todo un acierto optar porque no haya naves y por un verismo absoluto tanto en las interpretaciones como en la plasmación en imágenes de lo que debe ser un paseo por el espacio cuando uno no tiene una nave para vivir tranquilamente.

Una primera hora, como decimos, que prácticamente carece de argumento y prácticamente carece de diálogos y es un verdadero motivo de alegría, porque la película no solo es cuando más ritmo tiene, sino que tampoco tiene demasiado sentido intentar mantener una charleta intelectualoide y moral cuando uno se está quedando sin oxígeno.

Y precisamente esas conversaciones vienen justificadas por el hecho de evitar que uno de los personajes muera por no estar despierto. Aunque también nos está preparando para el flojo tramo final de la película (no adelantemos acontecimientos).

Cuarón, que es un maestro técnico y que su barroquismo tras la cámara es palpable en su corta filmografía (ya demostró en la genial Los Hijos de los Hombres como se las gastaba con sus planos secuencia) es el director perfecto para llevar a cabo lo que quiere transmitir Gravity. ¿Por qué?

Porque la cámara siempre está perfectamente colocada permitiéndonos ver toda la acción con un lujo de detalles fascinante y con ese ritmo espacial lento pero no por ello menos tenso. De ahí que se rinda a planos larguísimos con muy pocos cortes que hacen que la moda de hacer cine-videoclip o cine-tráiler se demuestre como todo un error para el cine comercial sin aspiraciones de autoría.

Para que veáis un poco a qué nos referimos, la película arranca con un plano-secuencia (es decir, una secuencia sin cortes) de unos 17 minutos que no solo es una proeza técnica puesto que no puedes hacer trampas de montaje para ocultar los errores de rodaje, sino que tiene todo un sentido sensorial.

En esos 17 minutos estamos viendo el trabajo de los astronautas y la tranquilidad que reina en el espacio. Esa tranquilidad en la que sabes que seguro que va a pasar algo malo pero que no sabes cuando. Y todo este minutaje sin cortes lo que hace es crearnos la sensación de que realmente necesitamos que se anule la tensión, que pase lo que tenga que pasar, que lleguen los cortes. Pero durante esa primera hora ya os podéis agarrar fuerte a algo.

Insistimos en que la película lo fía todo a la técnica, pues es la imagen lo que debe primar y tenemos momentos que se os quedarán en la retina para siempre a lo Discovery Channel con el espacio mostrando toda su belleza. Es muy cierto que nadie había conseguido plasmar tanta belleza espacial desde 2001, Una Odisea en el espacio.

Probablemente Gravity nos pueda servir a los más jóvenes como algo similar a esa experiencia alucinante que se vivió en el cine en el estreno del filme de Kubrick.

Pero Kubrick era un maestro que nos dio una película de un riesgo máximo en una época en que el cine sí se permitía producciones de presupuestos altísimos con atrevimientos autorales inusitados.

Y en esto Gravity no puede competir. Quede constancia de que la película es una de esas obligadas de ir al cine por la experiencia que supone y, en este caso, su visionado en 3D es recomendable puesto que parece que la tecnología nació para darnos una vivencia como la de Gravity (y no como la de ciertos monstruos azules en una planeta a punto de ser colonizado).

Pero la película no es perfecta y es una lástima. ¿Por qué? Hay unos cuantos elementos que si bien no tiran por la borda el filme, consiguen que no podamos hablar de una película maestra (pero sí de una de las experiencias más estimulantes a disfrutar este año en el cine).

Una de ellas, es el remarcar en demasiadas ocasiones momentos que ya son lo suficientemente angustiosos por imagen con una banda sonora cargada de melodrama. La imagen aquí debería primar, y cuando Cuarón se fía de dejar simplemente los ruidos ambientales o ciertas notas estridentes es cuando consigue los planos más fascinantes.

Pero el problema mayor viene de su flojo y excesivamente largo tramo final. ¿Por qué? Fundamentalmente porque Gravity se traiciona a sí misma y al estilo que ha reinado en su fascinante primera hora.

Donde teníamos silencios, espacios abiertos y ausencia de cualquier tipo de trama o idea preconcebida o moraleja para la sencilla historia que nos estaban contando, empiezan los tópicos, los lugares comunes y el exceso de moralina.

¿Era necesario convertir a Gravity en un manual de autoayuda o una sesión de gabinete psicológico para vendernos el más que manido mensaje de "sigue adelante, vive aunque la vida te haya tratado como un trapo? No.

¿Era necesario meter a un personaje abiertamente no creyente en una simplísima espiral de "voy a rezar por si las moscas"? No. Aunque también hay que alabar en cierta medida que Cuarón haya sido listo y haya mostrado varias religiones en el espacio para evitar que se le acuse de panfletario en pos de un bando y deje la cuestión en una defensa espiritual.

No se trata de una cuestión de gustos ni militancias sino de ser excesivamente evidente en tu mensaje plagado de moralina cuando en realidad llevas una hora sin hacer ese tipo de menciones simplemente regalándonos la experiencia de sufrir en el espacio.

Lo peor es que los diálogos no ayudan. Podríamos echarle la culpa a Sandra Bullock, pues es precisamente en el momento en el ella lleva la mayor parte del peso dramático cuando la película más se desinfla. Pero sería injusto pues un actor ,sino tiene una buenos diálogos que defender, muy difícilmente va a poder mantener el tipo en pantalla.

Por culpa de los lugares comunes y de su mensaje obvio Gravity no puede ser considerada como una película magistral. Pero no ir al cine a verla y, a ser posible en 3D, sería un absurdo, ya que os perderíais una de las experiencias más fascinantes que el cine ha dado en mucho tiempo. Independientemente de que tenga que rendirse a las concesiones de la comercialidad para poder justificar una verdadera hora mágica.
 

Néstor García

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