Kratos y su nuevo God of War han hecho que cambie el salón de casa

Llevo un par de semanas jugando, o más bien, disfrutando de God of War. Fruto del hype generado en los últimos meses y de las enormes y geniales críticas que se estaba llevando, decidí sumergirme de lleno en esta historia de un padre con un horrible pasado y un hijo que trata de estar a la altura de sus exigencias. Pensaba que el experimento de Cory Barlog no me iba a convencer demasiado, ya que dejaba a un lado el hack 'n slash cañero y descerebrado por algo con una mayor carga argumental.

Lo que me he encontrado ha sido algo gratamente sorprendente. Aunque no lo he completado, todo lo que llevo disfrutado con este espartano domado me hace subrayar aquella frase con la que el compañero Juan Montes concluía su análisis del videojuego: “esto es más que un juego, es mucho más que una historia de Dioses”. No voy a entrar en el argumento porque hay riesgo de spoilers, ni tampoco en su jugabilidad, porque no estamos aquí para eso; aunque sí voy a entrar en un aspecto que me ha sorprendido tanto a mí como a los que vivimos en casa: ha despertado el decorador de interiores que llevo dentro.

No, no me he vuelto loco ni nada por el estilo, ni tampoco he cumplido el sueño de mi pareja. Es Kratos quien me ha obligado a ello. Y no, tampoco hablo de que haya cogido su Leviatán y se haya venido a casa a amenazarme para que lo haga, ni que me haya soltado varios de esos “Chico…” con ese toque de resignación que tanto frecuenta en su nueva aventura. No soy Atreus, ni quiero parecerlo; solo soy alguien que ha descubierto que la mejor forma de disfrutar de God of War pasa por cambiar la disposición de los muebles del salón.

¿Y por qué? Porque no tengo manera de leer los textos sin poner cara de sospecha y sentirme como un halcón acechando a sus presas. Vaya por delante que no tengo problemas de visión ni nada por el estilo, de hecho puedo suspirar con tranquilidad por no necesitar gafas a pesar de pasar tantas horas juntando letras frente a pantallas. El problema es que, cuando me voy con este padre primerizo, las letras se juntan demasiado y son tan minúsculas que no hay forma de leerlas bien sin acercarme más de lo habitual al televisor.

Cuando era pequeño, solía acercarme demasiado a la tele. Recuerdo aquello de “te vas a dejar los ojos pegados” que me decía mi madre cuando infante. Ahora, más grande y con los televisores de los que disponemos, decidimos en casa que lo mejor era dar algo de distancia para disfrutar bien de las películas, las series y de los videojuegos… cuando nos lo permiten. Porque este problema de las letras es algo que pasa con God of War, pero que se viene arrastrando desde hace un buen tiempo con otros juegos.

Seguro que a más de uno os viene a la cabeza un título que se hizo especialmente complicado por esa genial y brillante idea de usar un tamaño de fuente ideal para David el Gnomo (recuerdo con especial inquina el caso de Xenoblade Chronicles X y el demoledor combo con una tele de tubo). Pero el caso más reciente y flagrante es el de Kratos. Entiendo que, cuando se trabaja en interfaces y en el diseño de un juego, se tienen las pantallas a una distancia cercana; pero hay que entender también que no todos colocamos la TV frente a nuestras narices en el hogar.

Suelto esta pataleta mientras tengo una hoja de libreta con un croquis que prefiero no enseñar para no dejar en evidencia mis dotes artísticas, tratando de ver cómo coloco los sofás y muevo el televisor para poder leer lo que me dicen las descripciones del menú de God of War, lo que me cuentan en Wolfenstein II o lo que gritan en Batman: Arkham Knight. Y por supuesto respetando el Feng-Shui, que aquí seremos jugones, pero ante todo somos jugones muy zen.

Tengo tres combinaciones posibles, aunque por ahora he decidido colocar una silla justo delante de la tv para ver bien a mi colega Kratos y a su retoño. Ya tenemos confianza, porque por su culpa estoy aquí pensando en que, para qué voy a mudarme y vivir en una casa más grande, si voy a necesitar unos prismáticos para poder leer los textos de mis juegos.

Juan Antonio Fonseca Serrano

Saltando sobre tortugas en los suburbios de Midgar, con una guadaña cerca del corazón, desde finales de los 80. Juego a lo que puedo, junto letras sobre lo que me apasiona y siempre tengo un ojo en las redes.

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