White Day in Asia, el videojuego coreano que presume de ser el más terrorífico

White Day in Asia, el videojuego coreano que presume de ser el más terrorífico

Hace unos años, ROI Games y Gachyon Soft unieron fuerzas para lanzar al mercado White Day: A Labyrinth Named School. Un videojuego que al poco tiempo fue relanzado en PlayStation 4 y que mezclaba dos tópicos como son los romances de instituto y el terror oriental; pero que ostentaba, y sigue ostentando, el honorable don de ser uno de los títulos más terroríficos que han salido al mercado.

El pretexto del que parte el argumento, como ilustran en Kotaku, es el papel del jugador de encarnar a Lee Hui Min, un joven que, un mes después de San Valentín, decide darle un regalo a la chica que le gusta y, de paso, devolverle el diario que perdió. Lo que ni él ni el usuario imaginan es que este cuaderno se encuentra en un instituto en el que habitan los fantasmas de los fallecidos durante la Guerra de Corea (1950-1953), y que las cosas, por supuesto, no tienen para nada buena pinta.

A partir de ahí, el resto es terror en estado puro. Fantasmas que se esconden en las taquillas, espíritus que vagan por los pasillos o incluso espectros que acechan en las ventanas. Todo está preparado para que, cuando menos te lo esperes, haya una aparición que te ponga el corazón en la boca, o para que te topes con un conserje homicida que no tendrá reparo alguno en acabar contigo con su bate. La escena en la que lo “conoces” lo muestra acabando con un estudiante sin piedad, y a partir de ahí el resto es tratar de evitarlo como sea posible para no caer muerto.

Puede que sea poco conocido, pero todo lo que le da forma destila el miedo y el terror por cada uno de sus poros. Los que lo han probado ya han sufrido en sus carnes la maldad de ROI Games y Gachyon Soft, y es que White Day: A Labyrinth Named School es de esos juegos que no recomendamos para nada jugar en mitad de la oscuridad y de noche si valoráis vuestros corazones.

 

Juan Antonio Fonseca Serrano

Saltando sobre tortugas en los suburbios de Midgar, con una guadaña cerca del corazón, desde finales de los 80. Juego a lo que puedo, junto letras sobre lo que me apasiona y siempre tengo un ojo en las redes.

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