Andreas Illiger y la esperanza móvil

Todavía recuerdo cuando hace años a nadie le importaban nada los juegos móviles. Y aunque todavía hay muchos jugadores a los que no les interesan, en el otro lado, el de las desarrolladoras, la historia es muy diferente. Y eso esta afectando al sector.

Llevo años defendiendo el medio de los juegos móviles ante la indiferencia y el desprecio de la mayoría. Antes era más fácil. Los juegos buenos brillaban entre la mediocridad reinante. Ideas interesantes bien ejecutadas. Pero todo se fué al traste con el éxito de Doodle Jump. De pronto el juego móvil se reveló como un terreno donde había dinero que ganar. Y empezó la fiebre del oro.

Historias de chavales ganando cientos de miles de dólares con su juego. Títulos descargados a millones. Cada día un nuevo titular que servía de reclamo a todo tipo de desarrolladoras. Todas buscando la fórmula para ser el nuevo Doodle Jump, Angry Birds o Flight Control. Y si nos hubiéramos quedado en ese punto todavía tendríamos un panorama más soportable. Los clones eran una molestia menor frente a lo que estaba por llegar.

Siempre lo hemos sabido. En Asia nos llevan ventaja en muchas cosas, aunque no todas sean buenas. Una de ellas nació para combatir la alta piratería del sudeste asiático, la otra para sacar más dinero de los jugadores más activos. Así, cuando los juegos móviles empezaron a prosperar no se miró hacia los hermanos mayores de sobremesa. No, lo que siguió al despertar fué la invasión del free to play y las CIG (compras in-game).

De repente todos los tops por ingresos móviles empezaron a coparse por versiones de juegos que o bien venían de facebook o tenían un ojo puesto en los reyes del free to play y las CIG. Por un tiempo conseguí esquivarlos. Mi vista se acostumbró a ignorarlos de la misma forma que ignoramos muchos anuncios que no nos interesan. Eran ruido blanco. No existían para mí. Por un tiempo pensé que esa era la frontera trazada. Ellos a ese lado y nosotros a este. Pero como la vida nos ha enseñado, todo puede ir a peor.

De repente, como salido del argumento de una película de terror, empezaron a aparecer infectados a este lado de la frontera entre free to play y los juegos que me gustaban. Poco a poco los juegos empezaron a incorporar CIG y aspectos free to play. La esperanza estaba perdida. A la hora de valorar un juego se convirtió en imprescindible el ver cuanto afectaban esos aspectos a la hora de jugar sin querer gastar un duro. Un triste panorama.

Pero en el último par de semanas me he llevado dos sorpresas que me han devuelto parte de la esperanza. Por un lado el lanzamiento de Fieldrunners 2. Secuela de uno de los mejores tower defense que he podido jugar en cualquier plataforma. Subatomic Studios sacó la primera parte en 2008 y alcanzó un gran éxito de ventas. En estos cuatro años han tenido tiempo de ver por dónde va el mercado. Así, cuando abrí Fieldrunners 2 y ví todas las opciones de compra in-game una lágrima recorrió mi mejilla. Una lágrima que se secó rápido al comprobar que todas esas compras sólo se podían desbloquear con puntos que conseguías jugando. El juego no incorpora ninguna forma de desbloquearlo con dinero.

Es Andreas Illiger el que ha terminado de devolverme la esperanza. Hace un año alcanzó la fama con Tiny Wings. Un juego sencillo, con encanto y tremendamente adictivo. Se forró. Cuando hace un mes anunció que Tiny Wings 2 estaba al caer, preparé mi cartera. Con gusto pagaría por la secuela de una de mis juegos preferidos de 2011. Y la sorpresa llegó cuando Tiny Wings 2 no apareció en la App Store por ningún lado. Este loco alemán decidió lanzar la secuela como una actualización gratuita del Tiny Wings original. ¡Eso es valentía! 

Rayos de esperanza, que nos enseñan que no todo está perdido. La fiebre del oro no ha disminuido, pero pese a la mayoría imperante seguiremos teniendo buenos juegos. Aunque tengamos que rebuscar más para encontrarlos.

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