Charlie Sheen y las Ciudades del Pecado de los videojuegos

Charlie sentó a la rubia en su Ferrari rojo, pisó el acelerador y lo último que vieron los mirones que se agolpaban fue el nombre en la matrícula: Out Run. Este era un viaje de ida sin vuelta al más puro estilo de Miedo y asco en las Vegas. Había sido el actor mejor pagado de la televisión mundial y ahora que en su serie le daban por muerto tocaba quemar el dinero. El destino: las ciudades del pecado de los videojuegos.

Paró en seco el coche en mitad del desierto cuando se hizo de noche. La besó, la desnudó, le hizo el amor y con el último grito echó mano de la botella y se ayudó a tragar lo que guardaba en el bolsillo del salpicadero. Cerró los ojos, se echó hacia un lado y antes incluso de subirse los pantalones la música ya sonaba en su cabeza.

Era una lira, un arpa, una flauta… Era el monte Olimpo. A su lado tres musas yacían desnudas. Fue a lavarse la cara y reflejado en la bandeja se vio calvo y con una línea roja atravesando su rostro.

Se vio caer en un remolino mientras alguien le llamaba “Kratos” a lo lejos. Al apoyar las manos notó el asfalto, levantó la mirada y se vio en un cruce de caminos. En el cartel que pudo ver al borde de la cuneta ponía carretera de Bright Falls a Silent Hill. Andó un par de kilómetros por la oscuridad, entumecido, con frío y las piernas agarrotadas hasta que alcanzó la entrada a una población. Bienvenido a Raccoon City le pareció leer unos metros atrás. Esto no es lo que había soñado ver cuando por la mañana se levantó entre billetes en una cama de agua entre mujeres de distintas razas.

No le vio llegar. Ni siquiera oyó las pisadas. Pero reaccionó lo suficientemente rápido como para esquivar el zarpazo y el mordisco del zombi. Corrió como un poseso hasta alcanzar un Mustang desvencijado y cerró con fuerza la puerta. El dueño estaba muerto en el asiento de atrás, buscó en los bolsillos hasta dar con unas llaves y no se lo pensó: salió zumbando atravesando toda la ciudad destrozando muertos vivientes a su paso.

Cuando se relajó enchufó la radio. Sonaban Max Romeo y los Upsetters cantando I chase the devil en la onda de K-Jah West. Amanecía, echó hacia atrás el asiento, encontró unas gafas en la guantera y disfrutó del camino. A su paso fue dejando atrás Liberty City, San Fierro, Las Venturas, Los Santos… Para cuando en Bounce FM sonaron Ohio Players había llegado a la playa y la atravesó a toda pastilla. Primero el paseo, luego el malecón y finalmente el puente hasta caer al agua y hundirse.

Cerro los ojos, aguantó la respiración y a lo lejos alcanzó a ver un destello, una luz, una forma, un cartel. No veía la superficie y aquellas letras estaban más cerca. Buceó con fuerza, se esforzó, se sumergió más y más pero el aire se le acababa en los pulmones. No llegaría, no llegaría, NO LLEGARÍA…

Despertó. El sol del desierto le quemaba la cara. No había coche, no había rubia, no había pantalones, solo una lengua áspera como la de un gato en la boca y mucho dolor de cabeza. Solo eso y… una tarjeta de visita sobre el pecho. Se la llevó cerca de los ojos y leyó: Andrew Ryan, fundador de Rapture. La dio la vuelta y vio escrito con letra elegante: le esperamos Mister Sheen.

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