Don Kong

Como parece que todo el mundo tiene derecho a exponer sus teorías sobre la fundación del universo… si Dios creó a los hombres, King Kong inventó los videojuegos. Al final resulta que nuestro amigo Charles iba a llevar más razón de la que pensamos cuando dijo que todos veníamos de los monos.

Este año hace 80 que un gorila gigante se encaramó a lo alto del Empire State Building por perder la cabeza por una rubia despampanante y, ya de paso, se creó una influencia sobre la cultura Pop que pocos han podido igualar. La rubia no se llamaba Pauline, pero…

Nadie pensaría que es cosa de tontos caer prendado por una rubia salvo el gran Miyamoto y su Donkey Kong. Con la misma idea, pero añadiendo una corbata y cambiando la destrucción de aviones por el lanzamiento de barriles, ya teníamos un nuevo arte en nuestras vidas aunque en ese momento no lo supiéramos.

Y lo curioso es que tal vez toda la historia de los videojuegos hubiese cambiado si la idea original de hacer una adaptación de Popeye el marino hubiera prosperado en lugar de chocar frontalmente con el copyright. Hoy en lugar de reverenciar los champiñones y al gremio de los fontaneros, estaríamos todos comiendo espinacas y no odiándolas; y gritando»¡Arg!» o «¡Jou, Jou, Jou, una botella de ron!» Aunque puede que sin un pad entre las manos.

Ya sabéis que se suele decir que de tal palo tal astilla, pues bien, entre papá King Kong e hijo Donkey hay menos diferencias que entre el Call of Duty de este año con el del año pasado y el del que viene.

Ambas fueron un éxito comercial inmediato. Ambas crearon una forma de producción que hizo escuela. Ambas cuentan con secuelas a las que ya hemos perdido la cuenta: de King Kong oficialmente se cuentan ocho películas pero no vais a negar que títulos como Mi Gran Amigo Joe o El Mundo Perdido (la secuela de Parque Jurásico) no son preciosos calcos de Kong, aunque sin corbata.

E incluso ambas han generado enemigos en la competencia que han terminado en crossovers. «¿En serio nos lo estás diciendo?» En serio os lo digo: preguntadle si no a los estudios Tōhō, de dónde sacaron la idea de Godzilla. Y si estáis pensando cómo concebir un Mario y Sonic en los Juegos Olímpicos es que aún no le habéis echado un vistazo a la inimaginable King Kong Vs Godzilla.

No pensar que la existencia de los videojuegos se la debemos al cine es tan osado como pensar que el cine no se lo debemos al teatro y a la literatura. Y como pasó con el cine, convertir una barraca de feria sin ningún tipo de aspiración a un arte lleva tiempo. Concretamente el cine lo lleva intentando desde hace más de cien años y no siempre lo consigue ni lo necesita. Mientras, los videojuegos no llegan a cuarenta y van repitiendo punto por punto los mismos aciertos y errores que su padre.

Esto no es solo un homenaje a los ochenta años de King Kong, ni una consideración de germen de a lo que ahora llamamos videojuegos (lástima que Donkey Kong solo cumpla treinta y dos años, si hubiera sido una cifra redonda esto sería una «columna de arte»).

La idea está en que si Dios creó a los hombres y King Kong inventó los videojuegos, ¿qué videojuego hará nacer una nueva forma de arte hasta ahora inconcebible? Esa es la historia que nos toca vivir.

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