Elegía a la séptima generación

Nacer, crecer, reproducirse y morir. Este es el ciclo vital de todo ser vivo, el único propósito real por el que estamos en la faz de la Tierra, la única verdad absoluta. ¿Es la única? La respuesta es no, porque las consolas también están sometidas a este proceso. No crecen ni se reproducen, vale, pero evolucionan, y el resto de fases las siguen igual.

Pongamos por ejemplo la séptima generación de consolas, la que vio nacer en 2005 a Playstation 3 y Xbox 360. Durante años, no hicieron si no subir como la espuma, actualizarse en base a las exigencias del mercado y mejorar más y más en la que ha sido una de las más cruentas guerras de consolas de la historia del videojuego. Eso es evolucionar. Y ahora parece que toca la muerte, que empieza con pequeñas señales: versiones canceladas, menos o ninguna aparición en ferias y eventos de la industria, se la deja de nombrar cuando tienen versión de cierto juego, etc. Esto es lo que podríamos llamar la “fase de agonía”, que precede, como no, al fin.



Muchos jugadores, entre los que me incluyo, nos empeñamos en aferrarnos a la anterior generación, creyendo que existe aún una chispa de vida en esos procesadores pasados de moda y esas interfaces poco minimalistas. ¿Tenemos razón? No sé si soy quién para emitir un juicio, pero diría que no. El panorama al que se enfrentan estos jugadores es sencillo: pasarse a la octava generación (Playstation 4 y Xbox One), o quedarse aislados en un mundo en el que los lanzamientos sólo pueden ser objeto de “futuras adquisiciones”, y las versiones parecen ser cada vez de menor calidad por lo mucho que se centran las desarrolladoras en la nueva generación. Y es lo natural, porque ya no se trata de la “nueva generación”, sino de la “actual generación”.

Pero ¿ha muerto realmente la ya antigua generación”? ¿Puede siquiera dejar de existir el concepto abstracto que es una generación? A nivel de cobertura mediática y simpatía de las desarrolladoras (por así decirlo), está muy claro que sí, porque si no aún veríamos lanzamientos de SNES en los medios especializados, y las versiones de Playstation One estarían a la orden del día. La pregunta que verdaderamente nos debemos hacer es si los jugadores mantienen una relación antinatural con el mercado de videojuegos a la hora de anclarse en la anterior generación.



Este mercado sigue un flujo muy sencillo: un estudio desarrolla un juego, un distribuidor lo pone a nuestro alcance, y nosotros lo adquirimos, todo esto en un período determinado y en unos canales más o menos oficiales, con una política de reservas y compras que recompensa la adquisición temprana de los títulos. Y, ¿qué ocurre si ya no hay novedades en mi consola y me dedico a comprar juegos de hace tres, cuatro, seis años? Más allá de algún pase online caducado o logros bloqueados, nada en absoluto.

Así, basándonos en una visión poética y romántica del mundo del videojuego, las generaciones nunca mueren, porque los jugadores siempre son capaces de dejar atrás la disonancia que causa “no estar al día”, y siempre habrá un mercado para una generación agonizante. Sin embargo, esta teoría tiene un “problema”: nos gustan demasiado los videojuegos como para rechazar lo nuevo que nos tienen que ofrecer, y eventualmente siempre aceptaremos una octava generación que en realidad nunca habíamos rechazado, sólo la habíamos dejado en “Pause” para despedir con fanfarrias y confeti a una séptima, que tanto nos ha dado a cambio de tan relativamente poco. Bienvenida, actual generación, date la vuelta y echa un vistazo a tu futuro.

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