Hablaremos de los 90 y no nos creerán

Imaginad que tenéis que contarle a vuestro hijo, cuando tenga vuestra edad actual, cómo era vuestra vida en los 90. No os vayáis a los 80, que ya parecen tan lejanos, hacedlo con una década que todavía parece que está aquí al lado. Hablamos de Pulp Fiction, Radiohead o Final Fantasy VII sintiéndonos modernos y los chavales nos miran de arriba abajo echándose unas risas porque eso es cosa de “puretas”.

Voy a intentar imaginar lo que sería cualquier día normal en los 90, seguro que coincidimos en muchas cosas:

Te despertabas por la mañana encendiendo la radio, no el ordenador, y no era raro que en los 40 Principales el número uno fuese Nirvana (veis como la cosa ya empieza a sonar increíble). Echabas un ojo a la consola que había estado encendida toda la noche para no perder partida y comprobabas que todo estaba en orden. Hacía cuatro horas que te habías acostado, dos más que la noche anterior cuando los colegas se habían pasado para dejarse el pulgar izquierdo en la maligna cruceta de la Master System, pero el Kick Off lo merecía, un juego de fútbol más simple que el cerebro de Dinio y más adictivo que los peta zetas.

Si te habías despertado era porque tu madre estaba pasando una enorme aspirador, que hacía más ruido que Kratos cabreado, y con su mismo impulso había entrado en tu habitación al grito de “¿a qué hora te acostaste?” o “¡aquí huele a tigre!”. Esta es de las pocas cosas que seguirán igual dentro de 200 años.

Tirabas para el insti con un walkman gigantesco, auto-reverse si habías ahorrado y si no con el boli BIC a mano. Un objeto genial de triple uso: era cerbatana, rebobinador de casetes (otro objeto que no sabremos explicar) y vicio puro si lo mordisqueabas. La cuarta gran opción de ese boli era dispensador de “chuletas”, ¿cómo explicar en el futuro que sin Internet toda nuestra sapiencia cabía en un objeto así de rechupeteado?

El bolsillo de al lado del walkman, en el que cascabas rápido la cinta de Pantera y los cascos de esponjilla naranja, era para la Game Boy. A ver como le explicamos dentro de 10 años a alguien que nuestra consola portátil chupaba pilas al ritmo que come Goku, que pesaba como un disco duro, y que la imagen era una pantallita entre amarillenta y verde, con los gráficos en blanco y negro. Pero lo mejor de todo: con una cruceta y dos botones éramos capaces de alucinar, y con una ruletilla de contraste hacíamos nuestros sueños realidad. Esa consola era gloria bendita.

Te vestías con los mismos vaqueros Lois durante 4 semanas, y solo cambiabas cada día de ropa interior y de camiseta negra de tu grupo favorito. El mandamiento era “viste como Eddie Vedder y, si te dejan, desviste como Winona”.

Pero la principal diferencia que yo le veo a los 90 y a la actualidad era que todo nos emocionaba, éramos inocentes, cada novedad la cogíamos con fuerza y entusiasmo, la devorábamos. Tengo la impresión de que el jugón «guay» del siglo XXI es el que hace ver que no se emociona/impresiona con nada nuevo… ¡Qué triste leches!

Con cada lanzamiento, noticia, nueva consola… todo son quejas y frases del tipo “vaya estafa”, “mola pero…”, “estaría mejor si…”. Yo también lo he hecho, y mucho, eso de criticar a la mínima, pero os propongo que de vez en cuando volvamos a ser los que éramos en los 90. Esos tipos locos por conocer cosas nuevas y que se lanzaban a la aventura a probar videojuegos. Hoy tenemos las demos, antes ni siquiera existían, como mucho las que te regalaba Micromanía y que tardabas horas en cargar en tu cutre ordenador,

Nos estamos cargando grandes juegos antes de tiempo por opinar antes de probarlos, o por estar siempre con el “todo juego pasado fue mejor”. Pues eso, cojamos lo mejor de los 90, y traigámoslo de vuelta al siglo XXI. Con la música hicimos eso, no parar de meternos con lo nuevo y mirad, los grandes grupos del siglo XX continúan sin tener un relevo a la altura. No caigamos en el mismo error con los videojuegos.

No se puede estar siempre con esa cara de odiarlo todo. Y como diría Ford Fairlane: si te quejas de todo y por todo eres un cansino, eso te convierte en un “menos mola”.

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