Jueguículas

El sentido común nos dice que no es una buena idea hacernos un bocata de chorizo con nocilla o un helado de fabada o un sándwich de espaguetis. Ahora habrá alguno que se escandalizará y dirá que estas cosas son las que merienda todos los días. Por suerte, las reglas están para romperlas, el sentido común para ignorarlo y la alta concina para vendernos aire como si fuera un manjar solo digno del paladar de los dioses.

Detrás de este bello prólogo metafórico que remueve el estómago se esconde una columna de opinión de cine y videojuegos, tranquilos.

Cuando a las oficinas de un productor de Hollywood llega un guión de un videojuego para hacer una película, esta es la reacción en cadena de acontecimientos que se cumple paso a paso: al productor le sale fuego de las manos porque la fricción y el material con el que están hechos los billetes provocan una combustión; esta combustión acaba en el cerebro de un guionista que no entiende por qué si Mario es un fontanero en un mundo de color y fantasía acaba de escribir la secuela de Blade Runner que Ridley Scott hubiera hecho como la precuela de Alien; y nosotros, los jugones, terminamos en el funeral del pobre guionista llorando el fallecimiento de su vida y obra. ¿Se podría haber desafiado a la muerte y evitar este fatal destino cual Orfeo en busca de su esposa?

Supongamos que la aspiración máxima de un productor de cine es hacer arte (no os riáis, por favor). Bajo este postulado, el problema está en que los videojuegos no tienen guión.

Según 9 de cada 10 expertos, 9 de cada 10 videojuegos tienen una premisa similar a esta: estamos en un punto A de partida y nuestro objetivo es llegar a B aniquilando a todo lo que nos encontremos por medio. ¿Es esto malo? Pues cuando lo cedes todo a la invención del gran Alfred Hitchcock malinterpretando lo que es un Mcguffin (aquello que interesa a los espías y mueve sus acciones pero que al espectador se la trae al pairo), sí, es muy malo.

Pero lo más horrendo es que cuando un juego sí que tiene una trama argumental, el hermano mayor cine ya tiene miles de obras maestras iguales o su lenguaje no lo entiende. Uno: Grand Theft Auto o Red Dead Redemption molarían mucho en pantalla grande si no existieran Francis Ford Coppola, Sidney Lumet o John Ford.

Dos: Hideo Kojima va a sufrir al descubrir que se equivoca de medio (Metal Gear daría más para una serie de televisión) igual que el descalabro que sufrió Hironobu Sakaguchi por intentar abarcar el concepto de Final Fantasy en menos de dos horas.

De ahí la confusión: hay películas que son videojuegos y videojuegos que son películas. Filmes como Los Mercenarios o Avatar se equivocaron al pretender ser películas y videojuegos como Heavy Rain o Shadow of the Colossus al pretender ser solo videojuegos.

Por eso deberíamos inventar algo que no existe: las jueguículas. El hijo perfecto. Un concepto difuso en el que se os invita a participar y a crear ahora mismo desde aquí. Por ejemplo, la profundidad y perfección de El Padrino unido al carisma, el frenetismo y la emoción jugable de Gears of War.

O un bocadillo de paella.

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