La brecha cultural (o el conflicto japonés)

Hace no mucho, uno de los líderes de Platinum Games, Tatsuya Minami, criticaba el estado en el que se encuentra la industria japonesa del videojuego, su falta de innovación creativa. El presidente atacaba duramente la ausencia de ideas nuevas, la repetición de las mismas mecánicas una y otra vez y, sobre todo, la existencia de demasiadas secuelas. Algo que muchos usuarios y profesionales venimos advirtiendo también desde hace bastante tiempo.

Pero las críticas de Minami no terminaban ahí. El padre de juegos como Bayonetta o Vanquish fue contundente: “El negocio pasa por un momento difícil”. Y tiene razón. Simplemente hace falta echar un vistazo a las listas de juegos más vendidos de hace diez o quince años y ver las actuales. Es fácil darse cuenta de que los juegos occidentales están ganando en popularidad y, en muchos casos, en calidad a los nacidos en tierras niponas. Una situación a la que hay que sumar el hecho de que muchos géneros, como el mismísimo rol, nunca hayan terminado de cuajar entre el gran público de estos lares, con la excepción, quizás, de algunos Final Fantasy.

Muchos estudios han visto como una solución a este problema el pedir ayuda fuera. Actualmente no es raro ver a equipos occidentales desarrollando series “sagradas”, como Castlevania o Devil May Cry. Una idea que da la impresión de no estar funcionando mal del todo, pero que tampoco parece ir a mejorar la situación a largo plazo. Mientras tanto, los juegos “made in USA”, como Uncharted, Batman o Gears of War aumentan su dominio, a la vez que incluso series míticas como Final Fantasy o Metal Gear han bajado sí o sí un escalón. Eso por no hablar de antiguos éxitos como Silent Hill, que no son ni la sombra de lo que eran.

El caso es que en Japón, un país cultural y tradicionalmente opuesto al nuestro, sus juegos siguen vendiendo bien, muy bien. En la mayoría de los casos, títulos que aquí ni siquiera llegan a ver la luz o, si lo hacen, apenas tienen repercusión alguna. Lo cual también da bastante que pensar. Si orientales y occidentales somos, en muchos sentidos, radicalmente distintos, ¿qué nos hace suponer que vamos a querer jugar a lo mismo? O dicho de otra forma, ¿por qué no disfrutar cada uno sus propios lanzamientos? Pero claro, es complicado entender algo así cuando, apenas hace unos años, la gran mayoría de “must have” de la industria venían con sello japonés. Y tampoco podemos olvidar que muchas compañías del país asiático tienen carácter internacional, y mucho tendrían que cambiar su filosofía comercial si concentraran cada vez más sus ventas únicamente entre sus propios compatriotas.

Esta realidad -porque resulta algo incuestionable, eso seguro-, también hace que pensemos en otros debates. Rutinas inamovibles dentro del mundo de los videojuegos que, poco a poco, empiezan a verse como menos inmutables. Preguntas como ¿por qué cualquier aficionado a los videojuegos debe de sentir interés por la práctica totalidad de los géneros y lanzamientos que existen? Algo que, en el mundo del cine, la música o la literatura parecería absurdo. ¿Imagináis a un aficionado al cine de Stanley Kubrick yendo a ver Fuga de Cerebros? ¿O a un amante de La Odisea leyendo Crepúsculo?

El caso es que, reflexiones aparte, está claro que Japón ya no es lo que era, en términos globales. Y en opinión de quien firma estas líneas, no hay más remedio que dar la razón al señor Minami y a tantos otros creativos japoneses que están lamentando la situación por la que pasa el ocio electrónico en su país. O algo cambio en las mentes de los desarrolladores nipones, o la brecha cultural irá aumentando día tras día, para bien o para mal. Y si no, al tiempo…

 

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