Lo violento

Lo violento, lo maligno, lo macabro y lo morboso son, y siempre serán, tan válidos y admirables para el arte como lo bello. La cultura se alimenta de aquello que nace de las tripas, del odio, de lo malvado, y no solo de la razón.

Lo que late en el pecho a veces es más válido para la cultura por sangrar que por sentir.

Por eso Goya nos enseñó a Saturno devorando a sus hijos. Por eso Haneke nos hizo apartar la mirada de la pantalla en Funny Games. Por eso lo primero que pintamos en piedras fueron bisontes ensartados. Por eso Cormac McCarthy nos hace revolvernos en The Road y por eso Johnny Cash convirtió las canciones de asesinos en joyas musicales tan enormes como Delia´s gone, Cocaine Blues o The long black veil.

La violencia está tan relacionada con el ser humano como la caridad y no se puede desligar de tantas y tantas obras de la cultura universal.

Así que, ¿por qué no se le concede el mismo derecho de expresión que a la pintura, la literatura, el cine o la música a los videojuegos? Al igual que todo tipo de arte audiovisual que nace de los sentimientos más primarios, los videojuegos tienen derecho a expresar miedo, ira, angustia, violencia, a hacernos revolver en el sillón, a obligarnos a reflexionar ante una masacre, a llevar nuestras sensaciones al límite una y otra vez. Y no por eso nos convierten en asesinos o psicópatas.

En esas estamos. Cada vez que surge una tragedia salen «bocachanclas» y «sabelotodos» por doquier recordando que el asesino o agresor le daba caña a los videojuegos violentos. A nadie se le ocurre decir que venía de una exposición de Francis Bacon, o que sus lecturas preferidas eran los poemas de William Blake. Sonaría absurdo y pedante. Es siempre más fácil atacar a algo que en los ámbitos sociales mayoritarios suena a «juego de niños» y «capricho de adolescentes inmaduros».

¡Cuanto nos queda por educar a esta sociedad y a los medios de comunicación mayoritarios sobre nuestra cultura de ocio electrónico!



Los videojuegos son de los pocos bienes culturales que vienen con la edad óptima para su consumo en la misma portada, cosa que en contadas ocasiones veremos en un DVD de Tarantino o un disco de Pantera (más allá del famoso logo de Parental Advisory en EE.UU.). ¿Por qué narices entonces se los ataca de ese modo?

Es más. Podemos contar con los dedos de una mano las películas o discos que en los últimos años han sufrido censura en países como Australia o Alemania, y sin embargo el tijeretazo o la eliminación de escenas están a la orden del día en muchos países si hablamos de títulos tan recientes como, por ejemplo, Far Cry 3.

La oreja cortada en Reservoir Dogs es cultura pop de los 90, los discos de Black Flag es cultura hardcore de los 80, Sex Pistols son cultura punk de los 70, y escenas como «Nada de ruso» en Call of Duty o la muerte de la familia de Max Payne son cultura audiovisual del siglo XXI. Por crudas y terribles que puedan parecer ante ojos inexpertos, no son nada que no se haya mostrado antes en una sala de cine, un concierto o un museo.

La mente engaña, el corazón puede mentir. Las pulsiones más sinceras nacen de las tripas, de la entrepierna, del estómago.

Lo violento puede ser arte, lo violento puede ser cultura.

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