Mi primera consola 2: La Venganza

Vamos a intentar no recurrir al tópico aquel que asegura que segundas partes nunca fueron buenas. Y, por su puesto, antes de entrar en materia, cualquier culpa o elogio debe pesar en primer lugar sobre mi hermano espiritual David Navarro y su columna mueve-sentimientos "Mi primera consola" (servidor la ha leído con lagrimitas en los ojos).

Si me preguntáis qué comí ayer es probable que no tenga ni repajolera idea (por más que lo pienso ahora, no la tengo). Pero hay recuerdos que se mantienen intactos en la memoria. Y si no son como se recuerdan, nos los podemos inventar, total, no tiene por qué llevarnos nadie la contraria.

Por ejemplo, la primera película que fui a ver al cine y que recuerde, no esas veces que vas al cine siendo bebé, para no enterarte de nada, a llorar y fastidiar al resto de la sala (sí, tengo resquemor latente de lunes) fue Parque Jurásico. Corrección: la primera media película que vi en el cine fue Parque Jurásico. Fue salir los velociraptores y mi principal fuente de interés dejó de ser la pantalla para pasar a ser mis zapatillas Naikiki del mercadillo y a ratos la salida de emergencia. Eso sí, lo que sonaba parecía interesante.

Una experiencia así de fuerte, por narices, te tiene que crear un trauma o una afición desmesurada por algo. Con las consolas me pasa lo mismo, y soy todo un clásico aunque mis recuerdos sean algo difusos por ser aún más tempranos que los seis años con los que disfruté media Parque Jurásico.

Mis primeras consolas fueron una Spectrum (y lo llamo consola porque en mi casa solo se usaba para eso) y la mítica NES.

¿Qué os voy a contar a los abuelos cebolleta de la Spectrum que no sepáis ya? Un teclado que cargaba casettes y nada más. Los más jóvenes podéis ir a ver lo que es un casette en este punto y alucinar: sí, los juegos primigenios eran casettes.

Lo que molaba de la Spectrum no era el jugar en sí, si no todo su ceremonial de tensión y frustración asociada: tú metías la cinta, le dabas al play, no sonaban los éxitos de la época por desgracia, y esperabas. Esa es la palabra: esperar.

Veías como la pantalla poco a poco iba cargando una ilustración artística que se construía píxel a píxel. Y esperabas. Tu madre te llamaba a cenar. Ibas a cenar, volvías, y aquella imagen seguía cargando. Tu madre te decía que te fueras a lavar los dientes. Chistabas un par de veces. Te ibas a lavar los dientes y… la imagen seguía cargando. Ibas a prepararte un Colacao por no estampar el teclado contra algo y, a la vuelta, por fin podías empezar a jugar. Era algo así como los tiempos primigenios de interneeeet en los que hacer una conexión era un logro y más divertido en sí que navegar por la red.

Lo mejor de todo es que cuando te animabas a jugar había altas probabilidades de que la Spectrum se bloqueara y tuvieras que empezar el proceso otra vez… pero ya al día siguiente.

Con la NES (consola bautizada así en mi honor, todo tengo que decirlo) el problema no era ese sino el de soplar los cartuchos cuando no querían cargarse (para que años después pseudocientíficos listillos vinieran a decirnos que soplar cartuchos no valía para nada… ¡un jamón! ¡Los juegos cargaban mejor y punto!).

La NES llegó a mis manos porque mi padre la pidió por un promoción del banco (detalles económicos concretos no puedo daros, pero si queréis me los invento). Sí niños, hubo un tiempo en que los bancos no eran, o no aparentaban ser, entes diabólicos que generaban crisis financieras y que además de juegos de cacerolas podían darnos este oscuro objeto de deseo.

El mejor y primer recuerdo que tengo de la NES, que ha estado años enchufada y que cada cierto tiempo vuelve a ser enchufada de nuevo hasta que llegue el día en que, por desgracia, no quiera encenderse, fue el de jugar con mi padre. No hay cosa más genial que el hecho de que tu padre se siente a jugar a la consola contigo. Y aunque ahora él no sea un jugón (porque no hacía más que ganarle o se cansó de dejarme ganar) por su culpa me tenéis aquí, para bien o para mal.

¿Que a qué jugábamos? Por supuesto a Mario, pero también a un mítico cartucho (el tiempo del casette murió, por suerte) doble con Duck Hunt (y la zapper) y Golf.

Lo que me queda claro al recordar esta historia basada en hechos reales es lo siguiente: con cuatro píxeles mal puestos éramos capaces de construirnos toda una película compleja en nuestra cabeza que luego reproducíamos en la plaza del pueblo; cualquier tiempo pasado no fue mejor; y que el día que olvidemos que los videojuegos son para jugar y no para fardar de nuestras televisiones Full HD, servidor se baja del tren y se dedicará a… no sé, ¿el macramé?

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