Mi tío Oscar

Os voy a contar un secreto íntimo de familia y os agradecería que no lo fuerais pregonando por ahí: tengo un tío llamado Oscar con el que discuto cada vez que nos juntamos todos a comer. ¿Que por qué discuto con él? Muy sencillo: tiene la odiosa manía de decir que los videojuegos son solo una cosa de chavales raritos, una pérdida de tiempo, un entretenimiento banal que no puede formar parte del pedante abanico que forma la palabra cultura.

Tal vez no debería enfurecerme con él, más si tenemos en cuenta que suele ser un fanático de las odas de lo corriente cada vez que comenta cuál ha sido el mejor cine del año. Porque poner el foco a los de siempre y ningunear una película tan magistral como The Master (por cierto, ¿me podéis explicar cómo una película en la que todo el reparto tiene su nominación no ha optado a la estatuilla de mejor dirección?), que será recordada hasta el final de los tiempos, es tan absurdo como querer ignorar que los videojuegos son ahora mismo, al menos económicamente, la industria cultural más importante del planeta.

¿Entonces como es que los videojuegos no tienen un hueco en la fiesta del cine más importante del globo? Si hasta el primo británico de mi tío Oscar, al que conoceréis menos y sin embargo tiene más prestigio, BAFTA, ya reparte reconocimientos al ocio electrónico.

Pues porque mi tío vive en el pasado y aún piensa que las fotografías te roban el alma, los niños no tienen infancia porque no salen a jugar al parque o que si lo dice la tele solo puede ser cierto.

De lo que no duda prácticamente ningún año es de otorgar su beneplácito a un flexo, un estudio llamado Pixar, que hasta cuando se hace una película de lo más regular, de esas que te hace Disney desde que el mundo es Disney, se lleva premio. Hasta un año mi tío se debió dar un golpe en la cabeza y dijo que Toy Story 3 debía ser una de las mejores películas del año, no de animación, de película así a plomo. Lo que demuestra que por suerte las cosas pueden hasta cambiar, aunque sea un poco.

Pero lo que olvida es que su tan querida Pixar no existiría sin los videojuegos y que su impacto en nuestros cerebros no se podría comprender si antes muchos (o pocos según como se mire) no se nos hubieran salido las cuencas de los ojos con un fontanero que tenía que rescatar a su princesa de un mono gigante.

Porque el cine se lo ha dado todo a los videojuegos: su lenguaje, su narrativa, su capacidad de generar emociones desde el hecho más irreal… Y ahora el cine, y uno de sus portavoces con la voz más alta y estridente, mi tío Oscar, no quiere reconocer todo lo que le está dando los videojuegos.

Puede que tenga que llegar una secretaria, como pasó en 1931, mirar una consola y decir: “oíd, ¿esta cosa no se parece a la película a la que acabamos de dar un Oscar?”. Por hechos tan anodinos como estos bautizaron a mi tío Oscar.

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