Nadie habla de El Club de la Lucha

 

Soy un “negao”, un zote, no hago más que recibir palos… los juegos de lucha no son lo mío. Esta semana sorteamos packs con SoulCalibur V, y mira que le he puesto ganas pero he vuelto a chocar con la realidad: en el cole dí y me dieron de lo lindo, pero en la consola no alcanzo a soltar una galleta.

Es así, tengo que reconocerlo. Le pego al rol, a la acción, a los shooters, a la estrategia, a lo que se ponga en mi camino socios, me atrevo con cualquier cosa, sea necromorfo o zombi. En FIFA 12 os doy para el pelo, en NBA 2K12 machaco en el “gepeto” de cualquiera, a mi Dohahkiin hace tiempo que le calcé la armadura de dragón y en Mass Effect 2 no hay nadie de la tripulación que no haya pasado por mi catre porque yo ese logro lo consigo por lo civil o por lo militar. Pero en un juego de lucha, pocas serán las veces que no termine descuartizado con un Fatality o con un colega subiendo el volumen de la tele para que se oiga bien lo de Perfect.

Y mira que lo he intentado, ya sea con Baraka en Mortal Kombat (que mira que se parece a Pepe…), con Ken en Street Fighter o con Vegeta en Dragon Ball, acabo siempre con el lomo calentito y la cara “colorá”. Me da igual un Kame hame ha! que un Hadouken!, ni con magias la pelea me sale rentable.

Creo que es por las recreativas, ahí sí que se podía jugar, una moneda de cinco duros era la mejor entrada para los combates que un niño en los 90 podía ver. Había bares que valían sólo por la máquina que hubiese dentro. El camarero decía “pasen jóvenes, al fondo hay sitio”. Esquivabas todo tipo de suelos llenos de cáscaras peladas, atravesabas la columna de humo formada por la mesa de abuelos jugando al mus con el Farias y allí estaba ella: mugrosa, aceitosa, con olor a fritanga y la pantalla sucia como el palo de un churrero. Pero era tu momento, metías la moneda y de allí no te ibas hasta haber pateado barriles, destrozado el coche y pasado todas las peleas hasta enfrentarte con Bison de Street Fighter.

Ahora no es lo mismo, un mando de consola no se atasca, vale, estamos de acuerdo. Pero ahí residía la pericia. Si veías en la recreativa que tu oponente elegía lado es que tus botones se iban a quedar encajados a cada golpe, no había nada que hacer, ese tío conocía el bar que pisaba. Ahora en casa estás cómodo, huele bien, no hay nadie detrás tuya incordiando con caña y ración de alitas, pero es meterte en el online y el primer coreano te deja los morros más calientes que una consola en agosto después de 24 horas dándole amor a Catherine.

Sí, sé que muchos ahora me tendréis ganas, os apetecerá encontraros conmigo en Marvel Vs. Capcom 3 y no darme ninguna opción. Es lo que hay, lo comprendo, pero antes de sentiros fuertes recordad la película: “Únicamente cuando se pierde todo somos libres para actuar”.

Y es que la primera regla del club de la lucha es: nadie habla sobre el club de la lucha. Y yo me he ido de la boca, así me va.

 

Tomás McNulty

(Twitter: @TomasMcNulty)

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