¡No somos tontos!

 

Los dichosos tutoriales. Siempre lo mismo. Cada vez que pongo un juego, por simple y sencillo que resulte, ahí los encuentro. ¿Por qué suponen los estudios hoy en día que no vamos a saber cómo jugar a sus juegos si no nos lo ponen en bandeja? Más aún cuando estos vienen acompañados de un manual de instrucciones y, sobre todo, no pasamos por una época en la que precisamente la dificultad sea lo que se dice alta. Atrás quedaron los durísimos tiempos en los que uno tenía que haberse forjado en los salones recreativos para plantar cara a los juegos de ocho o dieciséis bits. ¡Y sin Internet! Años en los que solo se podía pedir ayuda en las pocas revistas de papel que existían, sin foros, guías de cien páginas ni nada por el estilo.

No, hoy en día no es necesario que nos expliquen cómo jugar a un juego a lo Call of Duty, Uncharted o Dead Space con cada nueva compra. En primer lugar, porque ya hemos probado mil entregas anteriores antes, y en segundo porque, en serio, no hacen falta más de dos minutos con el mando en las manos para hacerse con el manejo de cualquier título actual.

Vale, seré compasivo. Es cierto que puede que existan usuarios que nunca hayan probado un videojuego y tengan alguna que otra dificultad inicial; pero, sinceramente, ¿por ese cinco por ciento tenemos los demás que soportar la tortuosa tarea de pasar por un entrenamiento aburridísimo que, en la mayoría de los casos, hay que tragarse sí o sí y encima rompe la coherencia narrativa? Eso por no hablar de que me cuesta mucho imaginar a alguien comprando Ace Combat y sin capacidad para descubrir por sí mismo qué botón es el disparo de largo alcance y cuál la ametralladora, por ejemplo.

Cuando yo era niño, supongo que por una cuestión de capacidad de almacenamiento, los tutoriales no existían. Si uno quería saber cómo hacer algo simplemente tenía que mirar las instrucciones. Y, en lo que a mí respecta, y si la memoria no me falla, yo jamás miré ningunas. O casi ningunas, si exceptuamos algún juego de lucha y sus dichosos combos.

El caso es que cuando voy a la tienda a comprar un juego, lo abro, voy mirando las instrucciones en el autobús, llego a casa, lo meto en la consola y, finalmente, me pongo a jugar, lo que menos me apetece es encontrarme con un insípido tutorial. Todo lo contrario, es precisamente que me sorprendan lo que busco de un juego. Es más, ¿qué usuario veterano no siente a día de hoy que los videojuegos son excesivamente fáciles? No me refiero a que existan tres niveles de dificultad y las balas nos puedan hacer más o menos daño; lo que quiero decir es que los caminos están muy prefijados, todo parece que esté puesto con pinzas para que, queramos o no, no haya manera posible de confundirnos. Y eso, claro, hace que la satisfacción a la hora de superar un reto no sea tan grande. ¿Quién no recuerda lo bien que nos sentíamos cuando, en tiempos de PSOne, superábamos ese momento en el que nos habíamos “quedado pillados” de la forma más tonta?

En serio, no es por ponerme nostálgico. Sé que en esta industria cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero también me da cierta impresión de que, en ocasiones, los desarrolladores de videojuegos están infravalorando peligrosamente nuestra inteligencia. Y tampoco puedo evitar que me asuste un poco que llegue el día en que las compañías den por hecho que somos tontos o que ellos deben pensar por nosotros. Al fin y al cabo para eso ya tenemos a los políticos…

 

Enrique Luque

Redactor AlfaBetaJuega

 

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