Sí, ya voy, ahora mismo la apago… ¡LO PROMETO!

 

¿Cuántas veces habéis dicho esto? ¿Cuántas veces habéis engañado a vuestra madre con esta frase? ¿En cuántas ocasiones acabasteis de guajes con la Mega Drive desconectada y guardada en el armario?

Pues sí, han pasado los años y la cosa no ha cambiado mucho. Los hay que todavía salís con vuestra famosa frasecita: “jo cariño, es que donde estoy todavía no me da opción de guardar”. Pero si tienes una pareja que le pega duro a los videojuegos no la vas a engañar: apagas y punto.

¿Por qué hoy reflexiono sobre estos dimes y diretes? Muy sencillo: en mi opinión, el que un juego sea bueno o malo debería medirse en gran parte por la facilidad o dificultad con que sueltas el mando, y punto. Puede ser una castaña pilonga gráficamente, más pasillero que un  Carrefour en navidad, o con una historia menos atractiva que un retrete en Dead Space después de que haya pasado por ahí un necromorfo, pero si el mando se te pega a las manos como Marc Anthony a Jennifer López hasta el punto de mentir a tu madre para no apagar la consola, ese juego es gloria bendita.

Y es que el Homo Consolerus vive por y para ese momento. Es lo que nos hace distintos, es el ABC del vicio lo mires como lo mires: ese instante en el que no eres persona, se te puede caer la baba que no te limpias, la necesidad más básica (comer, dormir, beber… ahí lo dejamos) no tiene importancia, y a las personas que te hablan las contestas todo el rato con un “vale, vale”, aunque te estén preguntando si les vendes la casa por un cromo de Phoskitos.

¿Tu perro ladra? No dejas de jugar ¿Tu novia te dice que te ha puesto los cuernos? No dejas de jugar ¿Tu hermano pequeño está delante mirando lo que no debería? No dejas de jugar ¿El Tour de Francia pasa por delante de tu balcón en Albacete, y en cabeza del pelotón van Pamela Anderson, Sylvester Stallone y Zapatero? No dejas de jugar… Bueno, igual en ese último caso sí.

Pero es que no hay nada en el mundo que te impida ayudar a tu Little Sister, vengarte de Zeus, salvar a tu padre de los Locust, ganar las 24 horas de Le Mans, darle cera a Bowser, escapar de los templarios, vestirte de Nathan Drake, acompañar al Capitán Price… No hay nada comparable. Nada.

Yo ahora ando liado en Skyrim, hasta el punto de que he llegado a pensar en un rollo tipo Matrix. Es decir, que mi personaje en Skyrim soy yo en realidad, y que Tomás McNulty sólo es el avatar que creó ese bárbaro con hacha un día que se encontró una Xbox 360 en el páramo.

Sí, vale, de acuerdo, estoy de atar y no debería dejar la medicación, pero seguro que si os gustan los videojuegos, movidas así se os pasan por la cabeza todos los días. Es más, mejor no os pregunto qué seríais capaces de hacer si un día vuestra pareja os deja y se lleva la consola…

En fin, mejor termino con la palabra que más escucha un jugón en su vida: ¡APAGA!

 

Tomás McNulty

(Twitter: @TomasMcNulty)

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